31 julio 2005

Videntes

Denunciaba hace unos meses un vidente con negocio en Palma que dos tunantes habían utilizado su prestigioso nombre para estafar a tres incautos a razón de 6.000 euros por cabeza. El valioso sortilegio consistía en “una caja con un rollito de gasa en el interior, fijado con cera y aderezado con unas hierbas”, cuyos beneficios, según aseguraban los dos sinvergüenzas, “eran inmediatos y fabulosos”. Lo primero que se me ocurrió fue preguntar a los lectores, a modo de concurso bobo, cuántos artículos creen que tendría yo que publicar en Última Hora para ganar 18.000 euros. Pueden escribirme: al que dé con el número le regalaré una cajita con gasa, cera, hierbas y pelo de pequinés, un recurso infalible para la adivinación de la bonoloto y de los antojos de embarazada.

Lo segundo que se me viene a las mientes lo dijo ya hace mucho tiempo Nietzsche, quien en El gay saber señaló uno de los síntomas de la corrupción de un pueblo: la fe en “todo lo que está bien dicho”, con independencia de su contenido o, lo que viene a ser lo mismo, la legitimación de la superstición y el prejuicio en el discurso público. Cuando brujas, videntes y curanderos dan tanto trabajo a los medios de comunicación, y no precisamente en los espacios cómicos en que deberían permanecer confinados, es que algo muy grave nos sucede. Lo único que ahora nos falta es que uno de estos personajes venga a protestar su honradez cuando alguien utiliza su nombre, tantas veces empleado en abusar de la buena fe del prójimo, para hacer lo mismo en su propio lucro.

En Internet encontrarán una página desopilante en la que un tipo con mucha guasa, de nombre Juan Dámaso, afirma tener un don. “Os digo lo que ocurrirá”, dice. “Si ocurre lo que predigo, gano yo. Si no ocurre, pues gana la banca”. A base de vaticinar majaderías como “Famoso presentador morirá el miércoles”, “Arnaldo Otegi y un virus asolarán el mundo”, “Michael Jackson intentará suicidarse” o “Ahora Euskadi querrá una atmósfera vasca”, consigue mantener con “la banca” un pulso apretado, garantizado por la táctica de predecir hechos para cuya resolución sólo caben dos salidas. El cálculo de probabilidades le asegura un cincuenta por ciento de tino, lo cual, para este tipo de profesionales (especialmente para aquellos con cierta capacidad retórica), suele ser más que suficiente... Hay un delito de estafa tipificado en nuestro Código Penal que nunca he entendido por qué la Justicia no aplica en estos casos. Porque con la sátira de Juan Dámaso nos reímos; pero que algunos timadores no estén entre rejas es para llorar. Última Hora.

30 julio 2005

Amistades peligrosas

Con la retirada de nuestras tropas de Irak, muchos creyeron que había llegado una etapa insólita de nuestra historia en que el gobierno iba a actuar impulsado por motivos éticos. Otros supusimos que la oportunidad electoral coincidía entonces con la voluntad popular, pero aplaudimos las promesas cumplidas... Hoy se confirma el fondo paleto y amoral de una política exterior desnortada. ¿Cómo se puede condenar Guantánamo y promover al mismo tiempo la venta de armas a un régimen que ejecuta diez mil ciudadanos al año? ¿Para que gane dinero Telefónica...? Última Hora.

26 julio 2005

Tiempo es lo que sobra

Si consideramos que en Vietnam o en las guerras mundiales murieron muchos más civiles (por no hablar de las campañas de Ramsés II), la verdad es que 25.000 víctimas civiles en Irak en dos años no son para tanto. Para alcanzar marcas históricas podemos esperar muchos años. No piensen en cada huérfano, viuda, violada o mutilado como si fueran ustedes mismos o sus hijos, condenados a vivir la muerte, segundo a segundo, el resto de sus vidas. Consideren todo en términos estadísticos: verán cómo el asunto mejora mucho. Última Hora.

12 julio 2005

Bodas, sin adjetivo

Cuando la alegría por la ley justa se diluya en la rutina y el primer alboroto se reduzca a un ritmo menos artificial, dejará de haber bodas hetero y bodas homo y todos seremos más personas. Probablemente las plumas y los tacones languidecerán y a nadie llamará la atención que en el restaurante, en la mesa de al lado, dos chicas se cojan de la mano y se miren a los ojos. Entre tanto, y dado que padecemos tantos folclores excesivos, suframos éste como signo de la deseable igualdad. Última Hora.

11 julio 2005

Con el pene hemos topado

Es perfectamente legítimo que los obispos españoles se manifiesten en público. Es más: uno diría que su condición de pastores los obliga a adoptar posturas visibles en defensa de su confesión. Ahora bien: ¿ustedes los recuerdan en las manifestaciones contra la participación española en la invasión de Irak? ¿Se manifestaron alguna vez contra los crímenes de Franco, Pinochet o Videla, contra la violencia misógina, contra los tráficos de armas, diamantes o pateras? Que cada uno saque sus consecuencias; a mí, sus prioridades no me parecen cristianas, sino enfermas. Última Hora.

04 julio 2005

Matices

Cuando Pere Bonnín matiza sus afirmaciones sobre Castilla y España se revela como lo que verdaderamente es: un hombre de matices; y entiéndase esto como sincero elogio. Sí: Austrias y Borbones escogieron una de las lenguas, una de las religiones y uno de los modelos administrativos de los que disponía su imperio; en particular, los que más garantías de modernidad le ofrecían en aquel momento. Similar procedimiento fue empleado en todos los estados (todavía no naciones) que maduraron en la Edad Moderna: la monarquía francesa arrinconó el provenzal y el bretón y masacró a los hugonotes; la británica se desentendió de las lenguas gaélicas y persiguió los católicos; y los judíos fueron exterminados por doquier. En estos comportamientos públicos influyeron, desde luego, los factores ideológicos, pero sobre todo los más pragmáticos intereses de las clases dominantes. Responsabilizar a los pueblos presuntamente favorecidos (castellanos, ingleses, franceses del norte) de decisiones históricas a las que fueron tan ajenos como las minorías presuntamente ninguneadas, sobre injusto, sería poco inteligente.

Desde el siglo XIX, no obstante, se incorporan al ideario colectivo los conceptos de nación y de soberanía nacional, y luego los de libertades públicas y democracia, y hoy día los errores sí son perfectamente atribuibles a los pueblos que los cometen o los toleran... Qué triste espectáculo el de mi querida Plaza Mayor de Salamanca, el otro día. Triste e indignante. Me consta, y así lo gritaré mientras pueda, que los castellanos que allí se manifestaron no son todos los castellanos; que muchos se avergüenzan de los vítores fascistas, las proclamas anticatalanas, los argumentos gruesos y los insultos personales. Pero ello no me consuela ante la constatación de que tan numerosa grey (porque otro nombre no cabe darle) corra al llamado de un Partido Popular cuyos actuales líderes, desnortados, no saben diferenciar entre la firmeza en la defensa de postulados legítimos y la coz al interlocutor; y es que para manipular sin escrúpulos los sentimientos de la gente ya teníamos a Arnaldo Otegi. Alguien debería explicar a quienes respondieron a la convocatoria que su gesto equivalía a legitimar un saqueo y una dictadura que en Castilla también dejó muertos y represaliados. El problema técnico que supone la devolución de los papeles catalanes a la Generalidad requiere en todo caso una solución técnica; y, con buena voluntad y no mediando el hambre, casi todo es reductible a un problema técnico. Lo demás son los anzuelos envenenados de la demagogia. Que pique quien quiera; yo, sinceramente, prefiero los matices. Última Hora.

03 julio 2005

Criar cuervos

ETA, que bajo los gobiernos Aznar se vio en los peores momentos de su historia –hostigada simultáneamente por legisladores, jueces y policía–, hoy tiene una representación parlamentaria que premia sus carnicerías e injuria a sus víctimas y a quienes defienden sus ideas sin recurrir a la violencia. Por si fuera poco, sus diputados están en posición de decidir qué iniciativas prosperarán y cuáles no... Entrar en tratos con una banda mafiosa es un error muy grave, que ella sabrá aprovechar y otros habremos de llorar amargamente. Última Hora.

26 junio 2005

Matrimonio, claro

El argumento de que el matrimonio siempre fue heterosexual es semejante al ya superado de que las mujeres nunca ostentaron cargos públicos: porque un fenómeno que consideramos imperfecto lo haya sido siempre no dejaremos de desear su reforma. El lenguaje busca las formas de que nos entendamos, y que el contenido de la palabra “matrimonio” se amplíe no inducirá a confusión mayor que la que produjo la palabra “coche” cuando dejó de designar un vehículo arrastrado por caballos para significar “automóvil”: en eso consiste el progreso. Última Hora.

13 junio 2005

En tren o a solas

Hay un momento para que hablen ingenieros y contables y delimiten los requisitos técnicos y presupuestarios de un proyecto ferroviario; y hay también, o debería haber, un momento para los políticos: para confirmar que deseamos un modelo de sociedad insolidaria, despreocupada de valores ambientales y humanos o, al contrario, apostar –en la parcela correspondiente– por una comunidad más auténtica. En un vagón de tren se ahorra, se lee, se conversa, se comparte un espacio: se es. En el asfalto se consume; se es veloz. Qué pobreza. Última Hora.

11 junio 2005

Mezquindades

La Europa que nació en 1957 en Roma nunca fue un proyecto popular. A menudo creció contra las mezquindades –o generosidades– de sus miembros, forzada por voluntad de las elites económicas, que no conocen fronteras. Por ello no parece que la negativa francoholandesa (como las que vendrán) pueda determinar otra cosa que cierta demora. Lo más triste es que el componente progresista que encierra ese no masivo será desatendido: con o sin Constitución, antes o después, tendremos Europa; mas no necesariamente una Europa social y solidaria. Última Hora.

08 junio 2005

¿Colonialistas?

Duele comprobar cómo un excelente columnista como Pere Bonnín toma la polémica acerca del Archivo de Salamanca como excusa para arremeter contra el “espíritu colonialista castellano” y la “España profunda que grita vivan las caenas” partiendo, cómo no, de la premisa de que “España es una ampliación de Castilla”.

Tal afirmación, que obra en la conciencia de multitud de españoles y, desde luego, de todos los nacionalistas periféricos, no por repetida es más cierta. Lo cierto es, más bien, que una monarquía absoluta de aspiraciones universales escogió como modelo administrativo, referencia cultural y fuente de recursos económicos y demográficos aquél de sus territorios que se los ofrecía a su mejor conveniencia. Esta política, cuajada en distintas fases (los Austrias, los Borbones, el liberalismo, el franquismo) en diversos sentidos e intensidades, tuvo como consecuencia, entre otras, una Castilla esquilmada en provecho del conjunto. ¿Hablamos de greuges, de deudas históricas?

En cuanto al “espíritu colonialista” de los castellanos y a su afición por las caenas, ¿a qué castellanos se refiere el señor Bonnín? ¿A los ajusticiados por Carlos V tras las Comunidades? ¿A los perseguidos por luteranos o judaizantes? ¿A los que combatieron a Fernando VII? ¿A los que dieron su vida por la República en el frente? ¿A los que luego fueron víctimas del franquismo, muertos, desaparecidos o exiliados? Por otro lado, hay que recordar que muchos mallorquines consideran colonialistas a quienes hablan de Països Catalans. ¿De esto se trata? ¿De enfrentarnos los unos a los otros en bloque, como si no existieran los matices?

Reducir la historia de la lucha de clases –que es, en definitiva, en lo que consiste la Historia– a un enfrentamiento entre pueblos, y atribuir a éstos los comportamientos que caracterizan a aquéllas, es un error que sólo cometen los nacionalistas; entre ellos, muchos castellanos que defienden la permanencia en Salamanca de los documentos expoliados tras la guerra. Pero me consta que otros castellanos no opinan así. España es mucho más que una ampliación de Castilla, afortunadamente y pese a quienes la han utilizado como cuartel general o, por el contrario, como blanco de sus iras. Y Castilla mucho más que una cueva de reaccionarios. Hay que conocerla. Última Hora.

07 junio 2005

Un final seguro

Parece evidente que hace tiempo que ETA dejó de interesarse por las ideologías. Su inercia es la de las mafias: ¿de qué vivirían los terroristas sin el poder que da el gatillo, sin el dinero fácil de la extorsión? Si admitimos que se trata de una banda de delincuentes comunes, no debemos esperar otra cosa que su acabamiento a manos de la justicia y resulta imprescindible, por tanto, arrinconarlos. Y si estamos convencidos de que algún día venceremos, toda concesión hoy habrá sido un regalo innecesario. Última Hora.

31 mayo 2005

Humanidades, ¿para qué?

Ya que hablamos de ello, hoy me ahorro pensar. Me limito a citar el último libro de José Antonio Marina, La inteligencia fracasada. Cuando comenta los fenómenos que permiten hablar de fracaso de la “inteligencia social” o comunitaria en el contexto de las sociedades modernas (las que dicen defender los derechos individuales), Marina afirma: “Sociedades estúpidas son aquellas en que las creencias vigentes, los modos de resolver conflictos, los sistemas de evaluación y los modos de vida disminuyen las posibilidades de las inteligencias privadas”. Pues eso. Última Hora.

25 mayo 2005

Crudo

Ni los civiles afganos e iraquíes ni los militares negros y chicanos que mueren cada día significan nada para quienes deciden las invasiones. Sólo, tal vez, estadísticas al servicio de la rentabilidad política. En Irak nadie defendió la justicia. Unos, podridos de corrupción, quisieron perpetuar un régimen tiránico que los beneficiaba. Otros, hambrientos de dinero, ansiaban extender sus tentáculos –léase oleoductos– sobre los enormes yacimientos de Oriente Medio. En medio, los muertos. En este escenario, ¿qué solución cabe sino la fe, la autoinmolación, la tortura, la aniquilación del enemigo? Última Hora.

20 mayo 2005

No sirvió de nada

Si analizamos la segunda mitad del siglo XX, concluiremos que no fue más pródiga en guerras sólo por temor a la definitiva. Y, sin embargo, entonces creíamos que, justas o enloquecidas, existían causas ideológicas. Caído el muro, las cosas vuelven a estar claras: las guerras las determina el afán de lucro. Ni siquiera la búsqueda de una prosperidad común; sólo la de unos pocos indeseables –júzguense las implicaciones empresariales en Afganistán o Irak–. Somos lo que siempre fuimos: carnaza para tiburones. Pero no como en 1939; como en 1914. Última Hora.

08 mayo 2005

Todo es relativo

Cuando interpretamos la disminución de los escaños laboristas en las pasadas elecciones como un “castigo relativo”, explicable por la participación del Reino Unido en la invasión de Irak, olvidamos que se trata de una segunda reelección. Obtener un tercer mandato siempre es un triunfo, pese al desgaste. Lo notoriamente relativo es el aprecio que la mayoría de los británicos demuestra hacia los derechos humanos y la ley internacional, enfrentados a la actuación del gobierno Blair –mentiras incluidas– en su última e innoble aventura imperial. Nada nuevo, desde luego. Última Hora.

21 abril 2005

¿Un papa de transición?

Se equivocaban quienes pronosticaban un papa de transición, y mucho más quienes argumentaban que Joseph Ratzinger, debido a su edad, podría serlo. El cardenal alemán, por su poder dentro de la Iglesia, por su entidad intelectual, por su buena salud y por su trayectoria reciente, no parece llamado a desempeñar un reinado intrascendente. De ello habla la elección de su nombre: desmarcándose desde luego de quienes pretendían un Juan XXIV más progresista, pero también de quienes habrían encontrado en un Juan Pablo III un tranquilizador continuismo, el hasta ahora prefecto de la Congregación para la Doctrina y la Fe –es decir, el guardián de la ortodoxia– ha escogido un nombre desprovisto de esas connotaciones. El último Benedicto (1914-1922) fue un papa diplomático, pero también legislador. Sin duda Ratzinger, a cuya influencia muchos atribuyen la elección de Karol Wojtyla en 1978, no tendrá la intención de pasar por el timón de la nave de San Pedro sin gobernarlo: lleva demasiados años tirando de los hilos desde la sombra para no albergar criterios propios. Y su edad, setenta y ocho años, no supone hoy día un grave obstáculo para un anciano física e intelectualmente tan activo; el brillo de sus ojos pequeños e inteligentes así lo proclama. ¿Un papa de transición? Lo veremos. Ratzinger se ha distinguido en el combate al laicismo, al comunismo, al sacerdocio de las mujeres, al matrimonio de los sacerdotes, al de los homosexuales, a los mismos homosexuales... Es seguro que Benedicto XVI será tan conservador –pero tal vez no tan amable– como Juan Pablo II. Última Hora.

19 abril 2005

Golpes de martillo

Estos días hemos recordado la tradición conforme a la que el papa difunto es convocado tres veces por su nombre y golpeado en la frente con un martillito de plata, a fin de comprobar ritualmente que efectivamente ha fallecido. La tradición del martillazo, sin embargo, tiene ingratos antecedentes. Juan VIII (875-882), un papa enérgico –aunque mundano– en un siglo de extrema violencia y corrupción en Roma, fue asesinado por uno de sus acompañantes, que envidiaba sus riquezas. El traidor, no contento con haberle administrado un veneno, que a su juicio demoraba demasiado el desenlace, descalabró al moribundo a golpes de martillo. Suponemos que no hay relación entre estos hechos y el actual rito...

18 abril 2005

De labore solis

Como es sabido, allá por 1595 el benedictino Arnoldo de Wion publicó un manuscrito que circulaba atribuido a san Malaquías, arzobispo irlandés del siglo XII, según el cual a todos y cada uno de los papas de la historia –pasados y futuros- se les asignaba un lema. Casualmente, los papas en aquel momento históricos recibían en la presunta profecía lemas muy adecuados a sus virtudes o deméritos. En cambio y sospechosamente, los papas posteriores a la fecha en que empezó a circular el manuscrito ostentan lemas oscuros, traducibles con gran dificultad a rasgos concretos de los papas a los que corresponden, a no ser mediante el ejercicio de la metáfora o la transigencia (que vienen a ser lo mismo).

Estos días se ha repetido el error que se viene repitiendo en las informaciones acerca del Vaticano cada vez que salen a relucir las famosas profecías. Según éstas, Juan Pablo II habría sido el antepenúltimo: tras su sucesor (De gloria olivae), habría de venir un último pontífice, Petrus Romanus, con el que se cerraría circularmente la nómina de los papas y se anunciaría el Día del Juicio. Es decir que, a veinte años por papa, con suerte, nos quedarían cuarenta años. Después, la hecatombe: el deshielo definitivo de los polos, la guerra nuclear, tal vez un meteorito o –cielo santo– un nuevo programa de Leticia Sabater...

El caso es que el lema asociado al número de Juan Pablo II en la profecía, De labore solis, viene siendo traducido como “el trabajo del sol” y, claro, enigmático sí resulta. Los comentaristas, incluso en algún estudio pretendidamente serio, han hecho verdaderos prodigios exegéticos para intentar deducir qué cosa quiso decir el apócrifo irlandés con semejante acertijo. Los curas, no sé si se han dado cuenta, callan. Y es que los curas saben latín. En ambos sentidos. Porque aquí labor no quiere decir “labor, trabajo” (se trata de un falso amigo, como diría un traductor), sino lo que suele significar cuando acompañan a esta palabra la luna o el sol: “eclipse”. Así, el lema que resume el papado de Karol Wojtyla, “el eclipse de sol”, concordaría muy bien con el sentimiento de quienes, aparte los incuestionables méritos personales del pontífice difunto, creemos que el suyo fue un reinado regresivo, conservador, ajeno a muchas sensibilidades contemporáneas y a algunas necesidades elementales de muchos católicos: los millones de africanos enfermos de SIDA, las mujeres que desean acceder al sacerdocio, los homosexuales, los que desean una muerte digna... Tal parece que san Malaquías no hubiese aprobado el trabajo del que con toda probabilidad será el próximo santo polaco.

17 abril 2005

¿Raptar a la hija del papa?

Adriano II (867-872) vivía en su palacio lateranense con su mujer y su hija. Eran otros tiempos –que la actual jerarquía romana parece haber olvidado– y este pontífice había contraído nupcias antes de abrazar el sacerdocio. Elegido papa ya con 80 años, hubo que insistirle tres veces antes de que aceptase el compromiso; y no resultó mal papa. Sin embargo, un tal Eleuterio, hijo de obispo y sobrino de antipapa, vino a mancillar su reinado secuestrando a su hija y a su mujer. Perseguido por Adriano y por el emperador Luis, el raptor acabó asesinándolas y, a su vez, ejecutado por orden del carolingio; todo lo cual no contribuyó precisamente al prestigio del papado. Última Hora.

Humanos

A uno lo divierte la insistencia informativa en esos detalles que sugieren que los príncipes de la Iglesia son beatíficos y desinteresados seres: no pueden postularse, no pueden hacer campaña... Pero en ese cuerpo numerosísimo que es la Iglesia sólo llegan a cardenales unos pocos: los brillantes, los laboriosos, los portadores de criterio. Los discretos. Y, sí, los ambiciosos. Será papa quien más sutilmente se haya situado estos últimos años. Si ha de ser italiano o nigeriano, sexagenario o setentón –no me cabe ninguna duda–, es secundario. Última Hora.

14 abril 2005

Atila y san León Magno

En 452, Atila invadió Italia. El emperador Valentiniano se refugió en las murallas de Ravena y no quiso saber nada; sólo la autoridad del papa León podía salvar Roma. Rafael describe en un fresco vaticano el encuentro entre un pontífice sereno y magnífico y un bárbaro aterrorizado por la presencia en el cielo de san Pedro y san Pablo, armados de espadas. Los escépticos, en cambio, dicen que León compró con oro la retirada del huno... Fuese como fuese, no hubo la misma suerte tres años más tarde: el vándalo Genserico arrasó y saqueó Roma durante quince días, y miles de romanos fueron esclavizados. A León no le quedaba sino el trabajo de la reconstrucción. Última Hora.

08 abril 2005

Razón de peso

Carlos de Inglaterra es culpable de haber abandonado a una mujer joven y bella por otra fea y desgarbada. Que ésta sea una mujer interesante –la imaginamos, incluso, fascinante, dada la incendiaria y perdurable pasión que ha inspirado en el heredero británico, sin duda un hombre refinado–, mientras la princesa difunta se caracterizó por no tener en la cabeza otra cosa que abundantes pájaros, es lo de menos: los británicos no parecen conocer más alternativa a una reina hermosa que la república. Y así se hace la historia... Última Hora.

07 abril 2005

El nombre de los papas

En 532 murió Bonifacio II. Dos meses y medio pasaron antes que el clero de Roma hubiese elegido a su nuevo obispo. Finalmente, el 2 de enero de 533 fue promovido al solio papal un presbítero romano llamado Mercurio, como el dios pagano de los ladrones: naturalmente, el recién electo adoptó el nombre de Juan, y desde entonces fue frecuente que el nuevo papa escogiese un nombre diferente al propio y que significase algún tipo de devoción, homenaje o agradecimiento hacia un papa anterior. La tradición inaugurada por san Juan II se cumple a rajatabla desde 1009, con sólo dos excepciones. Última Hora.

02 abril 2005

El gesto

Yo no sé ustedes, pero este apóstata confeso guardará el resto de sus días la imagen del papa en su última aparición pública. Asomado al alféizar, se esfuerza por hablar, por respirar, y sólo le sale un frustrado ademán. Karol Wojtyla ha sido portador de una voluntad férrea y de la dignidad más humana: enérgico hasta el final, mas sin soberbia. Algunos han criticado esas imágenes y hablan de morbo, de ensañamiento; yo, sinceramente, deseo ese gesto y esa dignidad para mí, cuando el momento llegue. Última Hora.

28 marzo 2005

Reconocimiento

Si uno viaja a África, puede uno comprobar los trágicos efectos de la influencia del Vaticano en aquellos países estragados por decenios de colonialismo y poscolonialismo político, económico y cultural. Cuando el Papa predica en Luanda o en Yamoussoukro la incompatibilidad del uso del preservativo con la salvación del alma, contribuye a extender el SIDA en lo que es ya una pandemia brutal, la peor de las pestes de la Historia. Pueblos enteros se ven diezmados por la enfermedad, y el único consejo que el Papa y sus ministros saben dar es: “no pequéis”.

Si a uno le parece que la pena de muerte es un asesinato, que la eutanasia puede en algunos casos preservar la dignidad del moribundo, que la Iglesia y el Estado deben andar sus caminos por separado, que en las escuelas no debe haber crucifijos ni asignatura de religión y que el sexo no es esencialmente perverso, sino todo lo contrario, por fuerza ha de concluir que el de Juan Pablo II ha sido uno de los pontificados más reaccionarios del siglo XX. No parece que hayamos avanzado mucho desde los tiempos del pobre Juan XXIII.

Todo esto es bastante claro. Pero, añado ahora, si uno cree que una de las máximas virtudes ciudadanas es la entrega a los demás a través del trabajo; si uno piensa que en nuestra absurda sociedad huimos con demasiada frecuencia de todo lo que no sea hermoso y despreocupado; si uno no comparte el estúpido culto a la juventud y al ocio, ni el desprecio de los principios y las ideologías; si uno valora el sentido de la responsabilidad, si uno estima la obra de quienes lucharon toda una vida de sacrificio por lo que creían justo, más allá de la venalidad, la conveniencia o la mera comodidad... Si uno, en fin, admira el coraje de los rectos, no puede uno sino declarar su solidaridad con ese anciano tembloroso, acechado por la muerte, que hasta su último hálito de vida conserva intacto el espíritu que lo enfrentó al nazismo, al estalinismo, a las balas de un loco, al cáncer, a la creciente incomprensión de un Occidente que ya no comparte sus postulados. Uno ha de aclamar a ese viejo valiente y humilde, paradójicamente alejado de toda debilidad, despreciador de toda apariencia. A ese hombre que a todos da ejemplo de cómo creer y de cómo luchar por lo que creemos. A ese héroe desmadejado que sirve hasta el final, que así vence su mejor victoria y a quien todos esos fatuos cardenales que sueñan con sucederle no servirían ni para arrimarle el orinal. Uno, que no es católico, preferiría un papa débil, mezquino o risible. Pero el gigante que está agonizando en Roma es –y seguirá siendo tras su muerte– el peor enemigo del laicismo. Algunos, de este otro lado, deberían tomar nota. La Opinión-El Correo de Zamora.

20 marzo 2005

Ecuestre

Creíamos que Franco jineteaba a lomos de un caballo blanco. Así recuerdo su efigie, abriendo una de aquellas enciclopedias escolares de mis padres con gesto guerrero y orgulloso. Cuando cayó la mordaza y respiró la herida colectiva, supimos que el Caudillo realmente había cabalgado a lomos de sus muchas víctimas. Setenta años después del comienzo de sus crímenes, asistimos a su descabalgadura. Y es que una estatua no es sólo un recuerdo histórico: es un homenaje. Derogado éste, podemos al fin regocijarnos: Franco, ahora sí, es historia. Última Hora.

08 agosto 2003

Glazunov

A todo el mundo le suenan Las cuatro estaciones del barroco italiano Antonio Vivaldi. Esa obra genial oscurece en parte el recuerdo de otros magnos autores que, a lo largo de la historia, han interpretado con sus compases el paso de las estaciones. El ruso Alexander Glazunov (1865-1936) fue discípulo de Rimsky-Korsakov. Aunque su prestigio ha pasado por distintas fases y consideraciones, de todos es reconocido que Glazunov ha representado una interesante síntesis entre la música del nacionalismo ruso y la occidental. Algunas de sus piezas son sencillamente conmovedoras, como el Canto del Trovador, que jamás abandonará a quien lo haya escuchado interpretado por Mstislav Rostropovich. Su ballet Las Estaciones, enraizado en la tradición tchaikovskiana, incluye en su Otoño un adagio sublime que pertenece sin duda al capítulo principal de la historia de la Música. Se trata de un músico muy cinematográfico: los autores de bandas sonoras orquestales deberían aprender de su pericia a la hora de sugerir paisajes y estados de ánimo. Habrá para quien esto sea precisamente un defecto; no siempre es así para nosotros.

10 febrero 2003

Civiliación y barbarie

Me llega un mensaje de la campaña “Ante la guerra, actúa”, que aglutina los esfuerzos de cuatro prestigiosas organizaciones (Amnistía Internacional, Greenpeace, Intermón y Médicos sin Fronteras) por evitar la gran catástrofe bélica que se avecina. El mensaje pide mi voto y la difusión de su campaña. He votado y he propagado en lo posible esta iniciativa por medio de mi directorio electrónico.

Un amigo me sorprende con su lacónica contestación: “Yo estoy a favor”. Digo que me sorprende porque uno podría esperar que alguien esté en contra de esta guerra, o que se muestre transigente o incluso desinteresado con respecto a ella; pero nunca que nadie se declare llanamente a favor del conflicto. No hay que decir que la respuesta de mi amigo -un tipo excelente, por cierto- me ha llevado a plantearme una cuestión: ¿por qué nadie honrado podría estar a favor de la turbia matanza que nos amenaza?

Aclararé primero que mi punto de vista no es el de un pacifista: no soy aficionado a guerras, pero jamás discutiría, por ejemplo, el derecho de la República Saharaui a defenderse por las armas de su ocupación por el régimen despótico de Mohamed VI. Si ninguna guerra es justa, sí me parece que haya guerras en las que uno de los dos bandos persigue una causa justa, previamente menoscabada o pisoteada por el otro bando. Estamos hablando, claro está, del defensor y del agresor: es legítimo defenderse mediante la guerra, y el derecho internacional reconoce una serie de casus belli que justifican esa respuesta; pero no entendemos como legítima la agresión inmotivada.

Ello me hace pensar que mi amigo, el que apoya la guerra que viene, está persuadido de que, como los señores Bush, Blair y Aznar insisten en demostrar, el régimen de Sadam Husein es una peligrosa amenaza para la integridad de Occidente: un motivo para la guerra. Recuerdo que, ya en 1991, la campaña propagandista que precedió a la recuperación de Kuwait por las armas de George Bush padre nos aturdió durante semanas con la irrisoria estimación del ejército iraquí como el cuarto más potente de la Tierra. Hoy día, la amenaza estriba en la presunta alianza de Sadam Husein con la red terrorista de Osama bin Laden y en su sospechada posesión de armas de destrucción masiva: armas biológicas y químicas del tipo de las que, por poner sólo algunos ejemplos, cultivan y almacenan los laboratorios militares norteamericanos, británicos, franceses, rusos e israelíes. Si en una guerra se enfrentan civilización y barbarie, mi amigo cree, sin duda, que la civilización está de nuestro lado. Al fin y al cabo, en las películas siempre hemos sido los buenos y, quizá, lo inmoral no es fabricar y almacenar el virus del carbunco, sino hacerlo sin pertenecer al club de los buenos. Rezo para que los empresarios amigos de George Bush no se fijen nunca en nuestros antepasados morenitos y nos señalen con su autorizado dedo.

Hace un año la amenaza era Afganistán. En poco tiempo se debeló a los feroces talibán, se impuso en Kabul un gobierno prooccidental y todo quedó en eso: Bin Laden no fue capturado; al-Qaeda sobrevive; miles de afganos, eso sí, murieron; las mujeres afganas siguen hoy vistiendo el burka; tenemos -tenemos- presos en Guantánamo en condiciones indignas; el integrismo sigue campando a sus anchas en aquel país, de igual modo que los señores de la guerra, aquellos nuestros infames aliados de la Alianza del Norte, célebres por su sadismo y su sed de sangre; no hay democracia en Afganistán. Pero me equivoco; algo cambió, sí. El oleoducto que los talibán iban a firmar con China hoy se firma con los americanos: el petróleo de Asia Central será más barato para las multinacionales (que no para nosotros: los precios no bajarán, ellos tendrán más beneficios). He aquí las consecuencias de una guerra amparada por el siniestro fantasma de las Torres Gemelas.

Con Irak, nos juran, está en juego la seguridad de Occidente. Pero resulta que, a día de hoy, los esfuerzos de Occidente por presentar pruebas de la escalada armamentista de Sadam y de su relación con al-Qaeda -incluidos los chuscos gráficos caseros presentados ante la ONU y ante el Senado norteamericano por Colin Powell- han sido infructuosos. En cualquier caso, si se demostrasen ambos extremos, no estaríamos muy lejos de lo que ocurre en la amiga Rusia, imperio que fabrica y emplea en Chechenia armas de destrucción masiva y al que nadie amenaza con bombardear; o en Arabia Saudí, cuyos vínculos religiosos -el islam wahabí allí oficial nunca nos pareció integrista hasta hoy-, financieros y humanos con la red de Bin Laden son tan evidentes que han enfriado notablemente la tradicionalmente sólida alianza saudí-norteamericana.

Tanto la han enfriado que actualmente, en una época de fuerte crisis petrolera en los Estados Unidos y con perspectivas de agotamiento de las reservas fósiles de la Tierra en cuestión de décadas, el crudo proveniente de la Península Arábiga ha dejado de estar asegurado. Y, claro, sería harto difícil justificar la invasión de un país -al menos nominalmente- aliado, de modo que a las multinacionales se les hace perentorio controlar el petróleo de Irak, uno de los pocos que hoy no está sometido a su oligopolio y que, para mayor comodidad, pertenece a un país enemigo y ciertamente tiranizado por un dictador sin escrúpulos.

¿Alguien cree de verdad que Occidente se asoma al Éufrates y al Tigris en pos de la justicia universal y de la fraternidad entre los pueblos? ¿Que la hidra terrorista desaparecerá tras la victoria? Por el contrario, en esta guerra se debatirá el futuro inmediato de la energía de Occidente. Y quizá no está de más recordar también en este punto que las energías renovables -como la solar- estarían hoy en un estadio mucho más avanzado de desarrollo investigador y de explotación si no fuera porque ello habría aminorado el gran negocio del petróleo, negocio en el que participan las multinacionales, por un lado, y los estados por otro, a través de los enormes impuestos indirectos que soportan los ciudadanos cada vez que llenan el depósito de sus vehículos. Que el petróleo sea caro no importa; que genere episodios como la marea negra que sufren actualmente España y Francia, tampoco; que suponga la prolongada sujeción neocolonial de amplias regiones de la Tierra, menos; que haya sido, sea y siga siendo motivo de guerras crueles, a consecuencia de las cuales mueren miles o millones de civiles, mucho menos. Para lavar nuestras conciencias, siempre podremos improvisar alguna justificación; y de ahí la gran utilidad de esos dos vástagos de la CIA llamados Sadam Husein y Osama Bin Laden, que nos permiten esgrimir la bandera de la civilización frente a la oscura barbarie de los fanáticos. Pero utilizar falsas justificaciones no nos hará menos bárbaros que ellos. Sólo más hipócritas.

Asistimos a una campaña de desinformación brutal, desatada por gobiernos y medios de comunicación de masas (también multinacionales) para marear la perdiz de las armas de destrucción masiva y de la amenaza terrorista. Se nos anuncia que la CIA ha detectado un significativo aumento en la intensidad de ciertas comunicaciones vía Internet -cuánta indeterminada información, cuánto misterio-, un aumento que apunta hacia un atentado masivo en las próximas semanas. Si efectivamente se produce un atentado, algo de lo que nunca estamos libres, se lo adjudicaremos inmediatamente a al-Qaeda o llanamente a un cuñado de Sadam Husein, porque no faltarán evidencias que aducir -eso sí: secretas, porque los ciudadanos somos unos chismosos y no merecemos compartirlas-, y tendremos el casus belli perfecto. Por otro lado, estos días atravesamos la fase de prevención y pánico al ataque bioterrorista: el gobierno Aznar dona al de Israel y compra para uso local toneladas de productos farmacéuticos, antídotos y vacunas contra la viruela y el ántrax; de esta forma se cumplen dos objetivos: por un lado, el ciudadano desavisado toma conciencia de que algo verdaderamente grave para él está sucediendo y de que algo de razón tendrá el Gobierno, si asume semejante gasto; por otro -pero de esto nunca se habla: parecería que las vacunas se comprasen en el limbo de los inocentes y fuesen gratis-, millones y millones de euros pasan del bolsillo del contribuyente al de las multinacionales farmacéuticas. Coincidiendo con esta campaña, hay que apuntarlo, la televisión pública programa el 8 de febrero una película sobre un ataque con ántrax y, por supuesto, no dudo que se trata de una casualidad. Por último, los mass media y las castas política y diplomática se empeñan en debatir el sexo de los ángeles, de forma que al final parecerá que realmente estábamos hablando de armas biológicas y no de petróleo. Ante una campaña propagandística que habría conducido a un orgasmo múltiple al mismísimo doctor Goebbels, nada extraña que haya quien se declare partidario de la guerra.

Y cuando todo haya pasado y miles de cadáveres adornen las calles de Bagdad, cuando la Segunda Guerra del Golfo sea historia, un ulterior atentado nos hará comprobar que el fin del terrorismo no dependía del defenestramiento de Sadam Husein, y que continúa vivo. Para regocijo de la industria armamentística mundial.

Mientras reflexionamos, los pilotos de los bombarderos y de los carros de combate apostados en el desierto kuwaití afilan sus uñas. Bin Laden se desternilla de risa en su escondite, viendo por la televisión cómo todos sus sueños se cumplen, y George Bush recibe en la espalda palmadas de sus amigos, los todopoderosos industriales texanos y los miembros del lobby judío norteamericano. Pero no son éstos últimos, ni Sadam Husein, quienes se manchen las manos de sangre en el desierto asiático, no. Serán jóvenes negros y chicanos los que maten y mueran en la vieja Mesopotamia. Serán jóvenes iraquíes los que desaparezcan bajo los escombros en los bombardeos, los que sean lanzados a una muerte fanática y suicida por el demente Sadam, los que alimenten durante años tumores y malformaciones a consecuencia del uranio empobrecido empleado por los americanos en sus armas, como viene sucediendo desde la primera guerra del Golfo. Yo no veo la civilización por ningún lado, y sí mucha barbarie.

Quizá nuestros dirigentes no nos consideran suficientemente preparados para asumir las verdaderas razones de este crimen: la guerra salvaguarda nuestra relativa prosperidad, al menos a medio plazo, y aunque sea a costa de muchas vidas inocentes. Porque -también hay que reconocerlo- algo que quizá ignoran o prefieren ignorar muchos pacifistas a la Bardem (qué bochornoso espectáculo, el de los intelectuales del cine) es que hay que explicar las consecuencias de no ir a la guerra: carestía de combustible, agudización en la crisis de la economía norteamericana, efecto dominó en Europa y Japón, recesión, paro... Porque ya deberíamos saberlo: la prosperidad que disfrutamos está cimentada en un Tercer Mundo sumido en una miseria cada vez mayor y más indigna. Nada más absurdo que la hambruna que ha segado en Irak -un país pletórico de recursos naturales- la vida de tantos niños en estos doce años que ya se cuentan con seis ceros. Nada más lógico, sin embargo, si nos fijamos en el tren de vida derrochador y en la carencia de principios éticos que caracterizan la sociedad occidental. Podemos llenar nuestro armario con dos docenas de camisas porque en Irak -o en Somalia- hay dos docenas de seres humanos desnudos. Así de sencillo. Y, claro, una paz basada en un concepto ético y no exclusivamente capitalista de las relaciones internacionales despoblaría bastante nuestro ropero. Por no hablar de los roperos de los magnates de Shell, Exxon y compañía, ni de los de sus amantes. Todos estamos implicados en esto.

Sólo podemos gritar nuestro silencio, y no basta. Hay que colgar en el balcón una pancarta con el lema “No a la guerra”: qué elocuentes, qué instructivos serán el ruido de los bombarderos y los discursos de José María Aznar a favor de la guerra en ciudades llenas de pancartas en contra. Es necesario manifestarse pacíficamente, y sin afanes electoralistas, el próximo día 15 de febrero, y todos los días que nos quedan. Pero no basta. No basta con pronunciarse contra la guerra como el que escoge por teléfono a uno u otro candidato de Gran Hermano. No es una mera cuestión de opinión. En ello nos va un modelo de sociedad; nos va el futuro.

Supongo que mi amigo piensa, y que muchos piensan, que todas estas elucubraciones son fruto de una mente cegada por su antiamericanismo. Pero fíjense: uno no es antiamericano ni antiiraquí. Ningún pueblo merece lo que nos está sucediendo. Y es que las multinacionales no tienen otra patria que el dinero: ellas son las únicas que ganarán esta guerra inmoral. No ustedes. Busquen -pacíficamente, activamente, imaginativamente- el objeto de sus iras en su banco o en la gasolinera más próxima. No entre los escombros. Desde el Puerto.

[Publicado bajo el pseudónimo "ciudadano Juan López" en Desde el Puerto. Hoja volante contra la Guerra del Petróleo, núm. 1 (y único), Puerto del Rosario (Fuerteventura), 10 de febrero de 2003.]

25 octubre 2002

¿La heterosexualidad daña el cerebro?

Recientemente ha publicado don José Luis Mota Garay un artículo en estas páginas bajo el siguente título: “La homosexualidad, ¿natural o enfermiza?” Para el señor Mota, que cita al psicólogo holandés Van Den Aardweg, que no se haya determinado una causa genética de la homosexualidad obliga a concluir que se trata de una “tendencia enfermiza que supone una desviación psíquica”. Para los señores Van Den Aardweg y Mota, la homosexualidad es “un fenómeno de afectividad desviada, que no es más que un aspecto de una personalidad inmadura”.

El mundo emotivo de los homosexuales, pues, “coincide mucho con el de tipo ansioso, compulsivo o depresivo, caracterizado por depresiones, nerviosismos, problemas relacionales y psicosomáticos”. Los homosexuales lo son porque no maduraron, y ello los hace profundamente infelices, por mucho que “quieran aparentar jovialidad y alegría”. Recomienda, por tanto, el señor Mota una terapia que elimine sus complejos y temores, una “reorganización” de su esfera afectiva que les permita “acercarse al ideal de ser mujeres u hombres en plenitud de felicidad”. El mensaje es esperanzador: “hay oportunidad y tiempo para salir de ese estado; eso sí, ayudado de personas que crean que se puede conseguir”.

Una postura pública acerca de asunto tan sensible merece sin duda respuesta o, al menos, aclaración pública. Y, puestos a ello, no está de más aclarar que el especialista citado por el señor Mota ha visto reconocida su trayectoria profesional e intelectual en el ámbito del Opus Dei. El libro del doctor Van Den Aardweg, Homosexualidad y esperanza, fue publicado en España por la editora de la Universidad de Navarra y es distribuido en la red de librerías de las Hijas de San Pablo. El neerlandés es así mismo miembro del comité de expertos de la Asociación Nacional para la Investigación y la Terapia de la Homosexualidad (NARTH), una entidad homófoba californiana. Por su parte, el señor Mota une a sus diversos títulos académicos el habitual dictado de conferencias sobre educación, matrimonio y familia; también se halla estrechamente relacionado con la secta fundada por José María Escrivá de Balaguer.

Así pues, cuando el señor Mota basa su discurso en la opinión de “muchos psiquiatras y médicos”, debería explicar que se trata más bien de psiquiatras y médicos del sector más integrista de la Iglesia Católica, y que afortunadamente no son tantos; aunque estamos seguros de que sí los suficientes para las necesidades intelectuales de quienes todavía aplican a la homosexualidad conceptos morales como “tendencia desordenada” y diagnósticos como “compulsión neurótica” o “complejo de autocompasión”.

Estamos ante un prejuicio basado en argumentos como el siguiente: la homosexualidad no es natural y lo que no es natural es enfermizo, luego la homosexualidad es enfermiza. Se trata de un falso silogismo basado en premisas falsas: baste recordar que, por un lado, la sexualidad y la afectividad en general son naturales, independientemente del sexo de sus actores, y las no destinadas a procrear también (y el reino animal lo confirma); y que, en cualquier caso, tampoco es precisamente natural operar con láser para remediar una hernia discal, ni cantar con afectada voz y disfrazado de Moro de Venecia en un auditorio repleto de congéneres, ni leer a Homero, ni disfrutar con los diversos matices del vino, ni comunicarse por correo electrónico. ¿Quizá debiéramos renunciar también a todas estas antinaturales prácticas?

Otra afirmación que siempre asumimos es que la heterosexualidad es normal; luego la homosexualidad no puede ser sino una desviación. Para el señor Mota, que algunos homosexuales sufran desequilibrios emocionales significa que la homosexualidad es esencialmente desequilibrada... Pues claro que hay homosexuales que sufren desequilibrios y que no son felices: la presencia en la sociedad de sujetos (incluidos algunos pseudocientíficos) que siguen clasificando las conductas sexuales y afectivas en términos de normalidad y anormalidad no puede tener otros efectos. Pues claro que hay homosexuales que desearían no serlo, y que algunos incluso piden ayuda para dejar de serlo. También muchos ciudadanos negros de la Alabama profunda habrán sufrido depresiones a lo largo de siglos de esclavitud, y habrían renunciado con gusto a su color ante la eventualidad de ser emasculados por el Ku Klux Klan. Seguramente los psicólogos del Opus deducirán de ello que los negros son anormales y desequilibrados por naturaleza.

¿Cómo mantener la entereza ante las constantes agresiones y la presión abrumadora de una sociedad tolerante sólo en apariencia? Una apariencia que se esfuma, por ejemplo, en cuanto abrimos las páginas de un periódico y leemos que un homosexual ha abusado de un menor, mientras que en los casos de abusos a menores por parte de los heterosexuales jamás se especifica la orientación sexual del delincuente. Una tolerancia que demasiadas veces consiste en afirmar que “los mariquitas son muy majos y tienen muy buen gusto”, para aclarar inmediatamente, por si las moscas: “pero ojo, a mí me gustan las chicas”. No veo cómo mantener ya no solamente la entereza, sino una actitud pacífica ante la acometida permanente de los chistes, la condescendencia, el desprecio, el odio, la violencia, la risa.

Pero para el señor Mota el desequilibrio es connatural a la homosexualidad. Supongo que los ejemplos de homosexuales notorios y notables como Alejandro Magno, Julio César, Oscar Wilde o Federico García Lorca en nada afectan a su diagnóstico de inmadurez. Nos creemos en la obligación de recordar que cuando alguien habla de la homosexualidad o de cualquier otra circunstancia como de una “desviación”, a su lado no tardará en surgir el redentor (en el mejor caso) o el represor que reconduzca a los desviados por el buen camino. Desviados o invertidos, los homosexuales parecen herir a estos apóstoles de la rectitud con su mera existencia o con su conducta privada, que a nadie debería ofender sino a quienes reprimen como algo sucio cualquier manifestación del sexo.

Casi todo lo que se suele predicar de los homosexuales podría serle aplicado a los heterosexuales si escogiésemos bien los individuos: ¿no conocemos heterosexuales inmaduros, obsesos, depresivos, neuróticos, desequilibrados? Pero a nadie se le ocurrirá atribuir esos desequilibrios a su heterosexualidad. Y, si se trata de infelicidades o trastornos relacionados con el sexo, que los hay, no hay cristiano que recomiende la curación de la heterosexualidad. Por fortuna, muchos ciudadanos nos mantendremos, en lo posible, al margen de juicios previos y de sofismas de seminario. Pese a lo que ciertos casos tienden a evidenciar, rechazamos seriamente la hipótesis de que la heterosexualidad presuponga mentecatez ni retraso mental; preferimos creer, sencillamente, que tomar la Biblia como algo más que lo que es (un magnífico documento histórico y literario) es incompatible con una percepción correcta de la realidad. Canarias 7.

16 septiembre 2002

Generalizaciones en la prensa

Tendemos a errar en una parte indeterminada de nuestras decisiones. Es de suponer que, como cuando hablamos del desempleo, existe en nuestra actuación un porcentaje de yerro estructural, una cuota de error que nos impide ser divinos, con firmeza asienta nuestros pies en el suelo y, por otro lado, nos sirve de punto de comparación a la hora de valorar nuestros propios aciertos (ya que tan rara vez apreciamos los ajenos).

Hay, no obstante, un tipo de error en el que, pese a la facilidad con que podríamos evitarlo, incurrimos una y otra vez a lo largo de nuestra errante vida. Incluimos en esa modalidad todo fallo derivado de irreflexiva generalización. Todos sabemos, y lo repetimos en conversaciones al socaire de la barra de un bar, que “generalizar no es bueno”, que “toda generalización induce a error”. Una viejita de mi familia solía quejarse del vicio de la generalización por medio de un refrán castizo: “para una vez que maté un perro, me llamaron mataperros”. Cuesta poco evitar este estúpido género de equivocación, que no nos sirve ya para demostrar la condición falible del hombre, sino más bien la deplorable inclinación de algunos individuos a pensar poco y mal. Y, sin embargo, no hacemos sino caer en ella una vez y otra.

En triste ilustración de las líneas anteriores, no podemos sino sonrojarnos ante cierta campaña publicitaria reciente, mediante la cual un diario de Las Palmas pretende ganar lectores y, sobre todo, lectoras. En el anuncio, un satisfecho matrimonio se reparte los papeles conforme a la generalización más fácil y quizá inmoral de las que gastamos a diario: el marido lee el periódico, y la mujer, toda ñoñería y caricias hacia su cónyuge, consume con fruición el contenido de una revista del corazón célebre por su poca credibilidad y en general por su calidad infame, revista que ahora se adjunta al citado rotativo palmense los fines de semana. Creemos sinceramente que no caben comentarios ante semejante insulto.

Más y más doloroso si cabe: durante semanas, cierto diario nacional ha sacado en primera plana noticias en las que ciudadanos colombianos cometen graves delitos, al parecer, no en su calidad de delincuentes, sino en la de colombianos. ¿A qué, si no, titular “Dos colombianos asaltan, etc.”, o “Los crímenes cometidos este año por colombianos ascienden a, etc.”? La generalización proviene, en este caso, de la repetición, dado que si el lector se acostumbra a asociar “colombiano” con “delito”, difícilmente aceptará luego que haya colombianos honrados sino por excepción.

De nada vale que todos conozcamos mujeres que trabajan en la Universidad como catedráticas de literatura, ni que sepamos perfectamente que nuestro ginecólogo y nuestra asistenta son colombianos y honestos profesionales. La generalización es una taimada suerte de discriminación, que nos hace parecer razonablemente ecuánimes por cuanto de buena fe aceptamos como excepciones (“mis vecinos son colombianos, pero son muy buenas personas”) lo que no es sino desprejuiciada realidad. Nadie se ha molestado en proclamar en la primera página de un diario el siguiente titular (que evidentemente improviso): “El noventa y nueve por ciento de las asistentas de hogar colombianas no han robado nunca a sus empleadores, pese a que habitualmente trabajan para ellos en condiciones de explotación”; o “La práctica totalidad del colectivo de colombianos jamás ha participado en acciones de secuestro o asesinato”. No sería noticia. Ni nos confirmaría torpemente una de nuestras más atávicas convicciones secretas: la de que el extranjero es culpable mientras no se demuestre lo contrario. Y así, en nuestro sólido imaginario, el colombiano delinque porque para eso vino a nuestro país, y la mujer lee la prensa rosa porque es incapaz de ocuparse de asuntos más serios (como, podríamos ironizar, la clasificación de la Segunda División del fútbol nacional). Hay algo más: lo que en el ciudadano es error reprochable, en un medio periodístico supone vil atentado.

Decíamos al empezar que seguramente hay que contar con un género de error insalvable, el que nos imponen nuestras humanas limitaciones; pero que hay errores, y entre ellos se encuentra la discriminación que conlleva la generalización, que entran de lleno en la categoría de lo estúpido, cuando no de lo llanamente interesado. Esta cuota de equivocación es vitanda y es evitable. El pensamiento, como todas nuestras capacidades, se puede entrenar; sólo hace falta pararse a meditar unos minutos todos los días (cualquier pretexto es bueno), hasta que el curso del pensar se convierta en algo natural y quede libre de los frenos y las cadenas del automatismo ramplón. Propongo que reduzcamos al mínimo nuestro margen de error: no generalicemos. Eludamos expresiones del tipo “Todos los colombianos son...”, o “Las mujeres generalmente prefieren...” Seamos un poco más justos con nosotros mismos y con los demás. Seamos y dejemos ser. Canarias 7.

12 agosto 2002

El discurso del cinismo

En el seno de los Primeros Cursos de Verano que están teniendo lugar en la Universidad Atlántica (Pájara, Fuerteventura), hemos escuchado una interesante disertación de Marcos Magaña, presidente de la Asociación Latinoamericana de Consultores Políticos. La ponencia tenía por título “Cómo decidir la estrategia de una campaña electoral”, y su contenido es acumulable al de la que hoy dictará el mismo orador en aquel foro, “Organización de una campaña electoral”. De estas lecciones (pero, sobre todo, de su escenificación) puede el asistente extraer magníficas conclusiones.

Los consultores políticos forman un gremio relativamente novedoso que adorna nuestra sociedad con sus modales de ejecutivos jóvenes y eficaces, de gente pragmática que está de vuelta de idealismos y planteamientos éticos, porque “a ellos les pagan por ganar elecciones”. Profesionalmente aúpan o intentan aupar al poder a aquél que paga, no a aquel con quien comulgan (si es que comulgan con alguien); en esto se parecen mucho a los abogados venales y a los médicos de cirugía estética, mas con una diferencia: también hay médicos que curan el paludismo a los niños del África ecuatorial; también hay abogados que defienden a los trabajadores maltratados por sus empleadores, o a las víctimas del terrorismo; pero no hay consultores políticos profesionales que no antepongan su paga al ideal de justicia. El consultor político asesora por igual al democristiano y al socialista, porque su oficio no tiene que ver con las ideas, sino con el márquetin. Para ellos, un candidato es un cliente, y una campaña electoral no muy diferente de una campaña publicitaria.

Y es en ese terreno donde escuchamos afirmaciones absolutamente despreocupadas como las siguientes: “el votante no decide su voto por las ideas, sino por las imágenes”; o “el voto nada tiene que ver con la realidad, sino con la percepción”. Así de claro lo tienen, y así lo aseguran, quienes estudian ese fenómeno tan obsceno de nuestro sistema político que son las campañas electorales; quienes, por otro lado, viven de ellas.

Ante tal evidencia, que ya sospechábamos antes de que los profesionales nos lo confirmaran con toda rotundidad, no nos cabe sino preguntarnos si esto realmente se puede llamar estado de derecho o más bien estamos todos sumidos en un cómodo y paternalista régimen oligárquico, plutocrático, que aceptamos porque la extorsión no se nos hace demasiado evidente, o porque la parte que nos llevamos del pastel aparentemente satisface las aspiraciones de la mayoría. Con ellas satisfechas, nos da igual si las de las minorías (y las de las mayorías ajenas al sistema) están insatisfechas o abiertamente desatendidas.

También caben otras preguntas: ¿nuestro sistema político es tan absurdo porque no puede ser de otra forma? Algunos nos resistimos a creerlo, y hay experimentos que nos indican que, sin alejarnos de la moderación, existen alternativas reales (pienso ahora en Portalegre, Brasil). Un tercer interrogante se refiere al paso del tiempo: ¿tanta corrupción es connatural al zoon politikon, o ha habido épocas más felices en que unas elecciones eran realmente unas elecciones, y no sólo un juego mediático? Porque una respuesta afirmativa dejaría abierta la puerta de la esperanza: lo que ha sido, puede volver a ser.

Lo que en el terreno electoral nos explica el señor Magaña desde la complaciente constatación, lo viene denunciando el crítico y pensador Jorge Rodríguez Padrón en el campo de la literatura y de la cultura. El palmense ha publicado en lo que llevamos de año tres libros de ensayo: Narrativa en Canarias: compromisos y dimisiones, texto ampliado de una controvertidísima conferencia tinerfeña; Salvando las distancias, que recoge una colección de artículos publicados en este diario; y El discurso del cinismo, libro del que él sabrá perdonarme tome yo el título de esta columna y en el que este “defensor de causas perdidas” denuncia con gran rigor la superficialidad de nuestra cultura oficial, su improvisación e interesada simplificación, la ausencia de compromiso ético de nuestros intelectuales, su voluntaria carencia de calado, su alianza con el poder... Ya lo advertía severamente Trotski: el intelectual será, entre todos los profesionales, el último en ponerse al servicio de la revolución.

Porque, aun cuando todos somos conscientes de que las afirmaciones del señor Magaña responden a la más contundente realidad, nadie se aparta de ese mundo de corrupción estructural. Nadie decide (ni en la cultura ni en la política) quedarse al margen y utilizar la palabra de una forma creativa y libre, sin ligazón con el poder, como promueve Rodríguez Padrón. Porque lo que él defiende para la literatura se puede defender para la política: la vuelta a la reflexión y a las ideas, y no a la información mera y veloz; el regreso de la ética y el destierro de un pragmatismo en cuyo nombre se nos ha arrebatado nuestra condición de hombres libres y se nos ha asignado la más triste de consumidores; el olvido de las razones utilitarias (nadie más utilitario, por ejemplo, que Ariel Sharon) y el imperio de los principios; el afán por la siembra, y no por la cosecha.

La palabra del político, si lo pensamos despacio, no difiere tanto de la palabra del poeta: es una palabra destinada a transformar el mundo, a conmover y a remover las conciencias con su permanente cuestionar la realidad. Cuando el poeta renuncia a esta sagrada misión, se convierte en lamentable funcionario (vuelvo a Rodríguez Padrón, y a Jorge Oteiza), más o menos municipal, al servicio de la pseudocultura. Cuando el político renuncia a los significados y hace que su discurso gire en torno a los significantes, se convierte en factótum de la oligarquía. O en oligarca. Y ahí estamos, pero no deseamos perder la esperanza de que la situación cambie algún día. Canarias 7.

09 agosto 2002

Mobbing (nota aclaratoria)

En relación con mi artículo "Mobbing", aparecido en La Opinión días atrás (el 6 de agosto), me gustaría aclarar públicamente que el desfase que se observa entre el texto y la realidad se debe a causas internas del periódico, y no a mi desconocimiento del hecho de que, efectivamente, la Administración ya ha tomado cartas en el conflicto entre el anterior jefe de la oficina de Trabajo de la Junta en Zamora, presuntamente acosador, y los empleados que se dijeron acosados por él, y le ha dado solución. Por solución entiendo el cese “a petición propia” del personaje aludido.

Quede claro que el artículo fue enviado a la redacción del diario con fecha de 30 de mayo, y considero que el retraso de dos meses en su publicación afecta a su oportunidad.

No obstante, me reafirmo en los principios que informan el texto y, sobre todo, me congratulo de que por una vez se haya hecho justicia y de que no siempre el poderoso campe en la Administración por sus respetos. Para ello, claro está, tiene que darse la feliz circunstancia de que los ciudadanos luchen valientemente por sus derechos.

Reciban mi enhorabuena los tres presuntos acosados; mi reprobación aquéllos que, en su día, actuaron en este asunto movidos por el miedo y firmaron una declaración vil; y mi franco desprecio quienes lo hicieron llevados por cierta deleznable tendencia a la connivencia con el poder. La Opinión-El Correo de Zamora.

06 agosto 2002

Mobbing

Ya va para dos años que dejé Zamora. Las circunstancias de la vida, que nunca es previsible, me llevaron a habitar este pedazo de tierra pedregosa en medio del Atlántico: Fuerteventura, una isla con la que ya me unen bastantes cosas más que dos años de mera vivienda. El sol -¡el sol!-; las historias de conquistadores y de piratas; las tradiciones frescas en un lugar en que hasta hace un par de décadas no había sino tradiciones; una tierra que crece, un paraíso a punto de cuajar o de perderse definitivamente a causa del progreso... Pero ésta es una historia muy larga y tal vez de escaso interés para el lector. Hoy vuelvo a Zamora como el animal a la fuente, como el niño al calor del regazo de su madre; como el viejo a las huellas de su niñez. Con deseo.

Y, para mi disgusto, me encuentro que algunos viejos vicios no cambian nunca. No deja de sorprenderme que uno de los mayores motivos de debate público hoy en la vieja capital del Duero lleve nombre anglosajón: mobbing, pese a que su existencia se remonte a la mismísima Biblia: ¿qué otra cosa sino acoso en el trabajo sufrió José por parte de la mujer de Putifar? El origen de ese acoso puede ser diverso, y tanto el José mítico como la admirable Nevenka Fernández lo sufrieron por negarse a otorgar servicios sexuales a sus respectivos jefes. En otros casos, los motivos son de distinta índole, pero el resultado es el mismo: el empleado se ve molestado, ninguneado, despreciado, vejado sistemáticamente y hasta injustamente sancionado por su superior, y la tensión psicológica que trabajar en tales condiciones produce le ocasiona trastornos en su salud física y psíquica. Todos hemos conocido casos; sólo que, antes, nos creíamos que no nos quedaba sino someternos o marcharnos. Hoy el mobbing está perfectamente tipificado y, en las sociedades progresistas, perseguido.

A nadie deseo yo que pase por semejante trance. Se ha hecho justicia con el exjefe y acosador de Nevenka Fernández (el impresentable alcalde de Ponferrada), pero sólo a costa de innumerables sufrimientos por parte de la víctima del acoso, que ha tenido el valor y la resistencia suficientes como para sacar adelante un proceso en que muchos, y no sólo algún fiscal desprovisto de neuronas, la contemplaban como culpable. Así es todavía nuestra sociedad: en el fondo, todavía creemos que el jefe siempre tiene la razón y que, si alguien denuncia a su jefe, es porque es un rebelde nato, un buscaproblemas, un camorrista. En cuántas ocasiones no le habrán aconsejado a Nevenka que recoja velas, que se esconda en algún lugar lejano, que desista de un proceso al que tenía todo el derecho del mundo... Hoy, sin embargo, esos mismos la felicitarán.

Por eso no me extraña la frialdad, cuando no franca hostilidad, con que algunos medios y, sobre todo, algunas autoridades contemplan la situación de tres empleados de la oficina zamorana de Trabajo de la Junta de Castilla y León. Tres empleados han alegado estar siendo acosados por un mismo superior. Se dice pronto: ¡tres empleados!, en un país en que señalar al superior se considera suicida. Algo muy grave debe suceder cuando tres empleados se atreven a dar un paso con el que la sociedad muestra tan escasa comprensión y que, por otra parte, les depara un angustioso estado de provisionalidad. Se trata de tres pioneros, como Nevenka Fernández, a quienes, si un día se les reconoce la razón de sus demandas, todo el mundo querrá dar palmaditas en la espalda. De los padecimientos que experimentan en estos momentos ellos y sus familias, nadie sabemos ni sabremos nada.

Algo muy grave, efectivamente, está sucediendo cuando buena parte del resto de los subordinados del presunto acosador, en un episodio tan evidentemente coactivo que causa sonrojo, firman un escrito en defensa de su jefe. Algo muy grave, sí, cuando alguna autoridad amenaza públicamente, en estas mismas páginas, con las posibles consecuencias que tendrían lugar en el caso de que las demandas resultasen infundadas, ejerciendo de nuevo una coacción que en nada ayuda a aclarar el conflicto. Algo muy grave, en fin, cuando, antes de llegarse a las demandas, la delegada de la Junta en Zamora no ha intervenido para resolver un problema que afecta al normal funcionamiento de la oficina de Trabajo. La señora delegada se acoge al viejo “mantenella y no enmendalla”, pasando por encima de la operatividad de la oficina y del exigible servicio al ciudadano. ¿En qué beneficia a la señora delegada el enquistamiento de un problema? ¿A qué o a quién temen las autoridades?

Ya hace casi dos años que uno se fue de Zamora, pero uno es de allí y estas noticias no le causan sorpresa: uno ya ha tenido demasiados indicios de que a determinados señores les da exactamente igual que sus respectivos departamentos funcionen bien o mal, y de que lo único que satisface sus respectivos egos es que les hagan la pelota. Zamora es pequeña y todos nos conocemos; pero, como no bastan los chismorreos, hace falta que, en este caso, las autoridades de la Junta, de quienes depende que el problema se solucione o no, dejen de ejercer su presión para que nada cambie y tomen cartas en el asunto de verdad. Con los informes necesarios, con transparencia e imparcialidad, sin paños calientes. Los ciudadanos tienen derecho a que esa oficina funcione correctamente, y los presuntos damnificados a que sus reclamaciones sean escuchadas, aunque no pertenezcan a ninguna casta ni disfruten de enchufe alguno. Sólo porque aún nos creemos aquello del imperio de la ley. Nevenka nos ha confirmado que, al menos a veces, la ley funciona contra el acoso del cacique. La Opinión-El Correo de Zamora.

28 julio 2002

Sáhara Occidental, en serio

En artículo publicado en Canarias 7 el pasado día 9 de junio, don Antonio Castellano se pronuncia contra la entonces reciente “aventurita bananaria” (así la califica) de los representantes canarios en el aeropuerto de El Aaiún, donde las autoridades de la potencia (Marruecos) que hoy ocupa militarmente la mayor parte de aquel país (Sáhara Occidental) no sólo les impidieron el paso, sino que los trataron como a delincuentes. Coincidimos plenamente con la inoportunidad de un viaje desaconsejado por el Gobierno y planeado, según todo parece indicar, con poca precaución y menos serenidad. No obstante, no podemos coincidir con la omisión que en su discurso hace el señor Castellano de los derechos de los saharauis, que parece despreciar como cosa de poca monta.

Siempre que un orador o escritor comienza su alegato invocando la autoridad de Bismarck, nos echamos a temblar: el Canciller de Hierro se hizo célebre por su falta de escrúpulos y por su espíritu práctico frente a cualquier consideración ética. También por su conservadurismo. El señor Castellano nos confirma estas sensaciones cuando nos invita a “agudizar al máximo el sentido práctico”. Líneas antes, ha llegado a afirmar que “la realidad, como todo, ha de ser gestionada como si se tratara de una empresa o proyecto, buscando la eficacia y la eficiencia, es decir, obtener el mejor resultado al menor coste”. El párrafo es significativo del maquiavelismo que defiende el señor Castellano, al que, en política exterior, parece no importar otra cosa que los réditos.

Pero no, señor Castellano; cuando usted anima a los defensores del pueblo saharaui a no interferir, a dejar “esta delicada cuestión en manos del Gobierno central”, porque “no hay razón para que Canarias sea beligerante en este asunto”, está usted defendiendo la fuerza de las armas marroquíes. Mantiene usted que España ha de negociar “con el reino alauita acuerdos de pesca, cooperación en el control de la inmigración irregular”, etc. También alerta usted sobre el peligro de radicalización islámica en el Magreb. Todo ello hace necesario, según usted, contemporizar con la dictadura marroquí.

La pregunta es: ¿un ciudadano ha de aceptar sin más los hechos que se le dan o debe aspirar libremente a modificar las realidades que no le parezcan justas? Porque si usted elige la opción primera, no hay nada más que argumentar; pero si acepta usted que los ciudadanos tienen derecho a defender las posturas a su juicio más éticas, y no necesariamente las más beneficiosas, estará conmigo en que la actitud de los defensores de los saharauis comienza a cobrar sentido.

Y claro que hay más posibilidades que la de aceptar simplemente los hechos consumados. Una forma de solucionar el feo trámite de tener que negociar la pesca atlántica con un usurpador es promover la devolución de las tierras y las aguas saharauis a sus verdaderos dueños. Una forma de combatir las mafias que hoy operan desde El Aaiún con la connivencia de la policía marroquí es devolver a la República Saharaui la soberanía efectiva sobre su capital. Una forma de mantener alejado de las Canarias el fantasma del integrismo musulmán es promover la vecindad con gobiernos moderados y que no fomenten, por su tiranía, la reacción fundamentalista; es decir, por ejemplo, la vecindad con el Frente Polisario, cuya moderación en muchos aspectos (en lo razonable de su sistema político, en el respeto a sus mujeres, en el trato a sus prisioneros marroquíes y un largo etcétera) es de todos conocida y convierte al saharaui en el pueblo musulmán menos susceptible de caer en las simas de la revolución islámica.

Pero, aunque todo eso no fuera cierto y la vecindad con los saharauis prometiera ser dificultosa y agria, ¿la mera justicia histórica no es un argumento suficiente para el señor Castellano? ¿No basta el hecho de que el Sáhara sea un país ocupado por una potencia extranjera para querer su libertad? ¿No bastan los testimonios de tortura, las muertes, los cientos de desaparecidos en las cárceles marroquíes, el exilio de cientos de miles de civiles, para desear que la situación cambie? Esto no son “palabras altisonantes”, ni los desplantes son “anacrónicos”. Desplantes anacrónicos los tenemos todos los días, servidos por un gobierno responsable de muchas violaciones de los derechos humanos (me refiero, sí, al de Mohamed VI) y contestados tibiamente por nuestro gobierno y por todos nosotros, que parecemos haber olvidado que, hace sólo treinta años, muchos canarios y muchos otros españoles se ganaban la vida en aquellas tierras, en hermandad con quienes hoy sufren el destierro en el seco pedregal de Tinduf y, no obstante, todavía guardan orgullosamente el español como lengua nacional.

No, señor Castellano: no bastan los motivos de eficacia ni de conveniencia. Una política exterior como ésa está condenada al fracaso. La prueba es que los sucesivos intentos de confraternización de los gobiernos González y Aznar no han servido para otra cosa que no fuese incrementar progresivamente la arrogancia de Hassán II, primero, y hoy la de su hijo. Hace falta un plante. Hace falta buscar (recuerde a su admirado Bismarck) un aliado estratégico en la retaguardia (y entiéndanse las imágenes bélicas como lo que son: imágenes). Hace falta promover la independencia de un Sáhara Occidental amigo, y para ello es necesario que se celebre un referéndum justo.

Los canarios tienen sobrados motivos para ser beligerantes en este asunto. Sea este artículo más un llamamiento a movilizarse en favor de los hermanos del otro lado del mar, y menos una respuesta a quien queda contestado con sus propios y bismarckianos argumentos. Canarias 7.

18 julio 2002

Banderas, nacionalismo e historia

Llega San Buenaventura y en Betancuria se rememoran los orígenes insulares paseando el Pendón de Castilla por las calles en militar desfile. A algunos, esto les parece inadecuado. La Comisión de Jóvenes de Asamblea Majorera-Coalición Canaria se siente ofendida por un acto que, dice, “representa el dominio colonial sobre Canarias”, exalta los “valores centralistas” y olvida el “expolio del pueblo aborigen”. Aprovechan los jóvenes nacionalistas para reivindicar la bandera de las estrellas verdes como propia “de todos los canarios y canarias”. Dejando aparte la deficiente redacción de la nota difundida en prensa y su escaso rigor argumental, nos divertiría, si no fuese lamentable, este llamamiento en contra de una celebración tradicional que recoge las raíces mismas de la Villa como localidad y de los majoreros como pueblo.

Porque así es: la cultura de los majoreros no tiene sus raíces tanto en el pueblo aborigen expoliado por los conquistadores castellanos (que las tiene, en una proporción exigua pero también muy importante) como en esa Corona de Castilla a la que las Canarias pertenecen históricamente y que los jóvenes asamblearios repudian. Fuerteventura ha sido tradicionalmente y es una isla habitada por pueblos de diversas procedencias, y su cultura es, con la fertilidad que aporta el mestizaje, fundamentalmente occidental y, particularmente, de raigambre castellana y portuguesa. En casi todas las manifestaciones culturales canarias podemos encontrar abrumadoramente más antecedentes europeos que aborígenes, lo que es natural, dado el escaso progreso material y espiritual de aquel pueblo que, no obstante, tenía tanto derecho a la perduración como cualquier otro cuando normandos y castellanos llegaron a estas costas. ¿Qué otra cosa habrían de celebrar los habitantes de Betancuria, si su existencia como comunidad está ligada a la presencia de Castilla?

La historia de Fuerteventura, una historia de abandono y marginación, no es distinta en este sentido a la de Extremadura, Irlanda o Sierra Leona: la historia de la explotación de los desheredados por quienes todo lo poseen. Transmutar tal realidad histórico-social en un enfrentamiento histórico-nacional es ignorante o mendaz, y reducir la interpretación de la historia a un combate entre buenos (los de aquí) y malos (los de fuera) resulta más propio del espectador de Gran Hermano que del lector de libros de historia. Algunos abusan del termino “colonial” o “colonizador” sin saber muy bien de lo que están hablando, sin considerar que para que se dé la colonización han de existir dos pueblos diferenciados y uno de ellos ha de explotar económicamente al otro sin mezclarse con él. El caso de Fuerteventura (el caso canario) no es un caso colonial, sino algo mucho más simple y difícil a la vez: se trata de la vieja lucha de clases.

Cuando en el siglo XVI unos pocos majoreros explotaban a los demás y estos últimos, fueran de madre aborigen o cristiana, tenían que huir del hambre y emigraban, y los primeros los sustituían con esclavos capturados en Berbería, majoreros eran ya todos: el señor, el pastor y el morisco. Majoreros de diversos orígenes, de antigüedad diferente, pero todos habitantes felices o desgraciados de esta isla. Cuando, algunas centurias más tarde, muchos todavía debían vender sus escasas propiedades y emigrar para evitar la muerte por inanición, otros acumulaban riquezas bloqueando la circulación del grano y comprando los terrenos de los que huían a bajo precio. Los opresores (los Dumpiérrez, los Manrique, los Cabrera, los Rugama) eran tan majoreros como los oprimidos. No eran canarios contra castellanos, no; eran los poderosos contra el pueblo. Como siempre. Como en todas partes. También como hoy.

Hoy, este enfrentamiento permanece entre nosotros, latente en una sociedad en la que el flujo de dinero fácil, por un lado, y el germen totalitario y simplificador del nacionalismo, por otro, ciegan al ciudadano y lo inhabilitan para velar por sus intereses a largo plazo. Esos jóvenes que reivindican banderas autóctonas y encima tienen la desfachatez de hablar de “debates productivos” harían mejor en reclamar a sus mayores políticos que trabajasen por una isla sin desvirtuar, que hiciesen algo por evitar la bastarda almoneda de la tierra majorera a que estamos asistiendo, por asegurar el respeto al patrimonio medioambiental, por erradicar las diferencias económicas, por garantizar la sanidad para todos, por ofrecer a su pueblo un desarrollo cultural valioso y desprejuiciado. Enarbolar banderas, acentuar las particularidades en detrimento de lo que nos une, confundir la mitología o la mera falsedad con la historia, nos parece, no contribuye en absoluto al progreso de los pueblos; pero sí permite que quienes los explotan (o permiten que otros lo hagan) exhiban eficaces coartadas o alcen cortinas de humo que oculten sus culpas.

Eso es lo que hace Mohamed VI, responsable de la opresión y la miseria en que el pueblo marroquí vive, cuando invade Isla Perejil. Es también el proceder de Arzalluz e Ibarretxe, prisioneros de su clientela, cuando se alían con el terrorismo y reclaman soberanías que saben imposibles. E igualmente es la actitud del nacionalismo insular, sin posibilidad o sin voluntad de frenar la destrucción de nuestro patrimonio natural, incapaz de eliminar el clientelismo que reina y de apagar la permanente sospecha de una corrupción que cualquier día podría revelarse estructural, cuando recurre al viejo truco de ondear banderas.

Nadie defiende las violencias pretéritas, ni a nadie agrada el papel tradicionalmente asignado a los militares en Fuerteventura. Pero no es de recibo idealizar el pasado: ¿acaso los aborígenes canarios no hubieran sometido a otros pueblos vecinos con las armas si en aquel violento siglo XV hubiesen alcanzado un desarrollo tecnológico similar al de Castilla?, ¿tan ingenuos somos?. Ni nos vale el rechazo genérico a lo militar, muy propio del pseudoprogresismo occidental pero que se contradice con, por ejemplo, los recientes llamamientos de Paulino Rivero, presidente de Coalición Canaria, para que el gobierno de la Nación mantenga una postura firme ante Marruecos en su actual contencioso. ¿Queremos o no queremos ejércitos? Cuando hablamos de banderas, nos tememos, estamos hablando de cosas que nada tienen que ver con la realidad histórica, ni con las necesidades presentes, ni con criterio sólido alguno. Y es que, a oídos de los menos advertidos, las pamplinas, a fuerza de mucho repetirlas, se convierten en verdades. Canarias 7 Fuerteventura.

07 julio 2002

En defensa de las mujeres

Éste parece ser el grito de guerra del presidente del gobierno autónomo de Castilla-La Mancha, el socialista José Bono. Erigiéndose en adalid del género femenino, su gobierno acaba de presentar en el parlamento de aquella región un proyecto de reforma de la ley electoral en virtud del cual las candidaturas deberán contener un 50 por ciento de mujeres. No es la primera barbaridad del prócer manchego: ya antes se había hecho célebre por enviar a mejor vida el principio de reinserción social de los penados al pretender publicar (no recuerdo si finalmente lo consiguió) las listas de los condenados judicialmente por malos tratos a las mujeres. Cuando confundimos el tocino con la velocidad pasan cosas como éstas.

Quien respete a las mujeres no puede sino indignarse cuando, en nombre de la defensa de la mujer, alguien decide pasar por alto que un condenado que ha pagado su pena conforme a sentencia está limpio ante la sociedad, por muy infame que fuese su falta. Publicar el nombre de los maltratadores, o de los violadores, o de los atracadores de bancos, no remedia la existencia de los delitos, pero sí destruye la dignidad de unas personas que ya han pagado por ellos y, además, cuestiona la validez de las penas de prisión: si la cárcel no redime, ¿para qué diablos encarcelamos a nuestros delincuentes? Y si redime, ¿por qué publicamos sus nombres en una grotesca reedición del sambenito medieval? Sólo un erróneo concepto de la solidaridad con las mujeres puede llevarnos a buscar la estigmatización legal de los exconvictos. Esto no es justicia; es venganza, y ha de avergonzar a mujeres y hombres por igual.

En el caso del nuevo procedimiento en el acceso a los escaños parlamentarios, de nuevo estamos ante una percepción errónea. Primero: la igualdad, como la libertad, no se otorga; se arranca. Si no, quien da esa igualdad permanece en posición de superioridad e, igual que la da, la puede arrebatar. Toda igualdad otorgada no sirve sino para perpetuar las desigualdades, salvando las formas sólo ante quien se deje engañar por semejantes maniobras. Si los hombres fuéramos mujeres, estaríamos indignados ante tanta falsa magnanimidad.

Segundo: la igualdad que propugna nuestra Constitución, que no es una constitución soviética, es la igualdad de oportunidades o de partida (y así lo interpretan constitucionalistas como Gregorio Peces Barba, un pensador no precisamente conservador), y no la igualdad de llegada. El mismo principio absurdo que inspira al gobierno Bono en la reforma del acceso al Parlamento debería, en caso contrario, valer en todos los ámbitos. A la hora de dar las notas en una clase de la ESO en Albacete o Guadalajara, deberían aprobar un 50 % de niños y un 50 % de niñas, y también deberían obtener sobresaliente niños y niñas por igual, y todo esto al margen de sus méritos académicos. Cuando los de Cuenca y Toledo optasen a un puesto en la administración autonómica, hombres y mujeres deberían repartirse los puestos en virtud de su sexo, y no de su idoneidad y méritos. Si hablamos del ámbito deportivo, ¿qué mayor injusticia cabrá en La Mancha que el hecho de que hombres y mujeres compitan por separado en casi todas las disciplinas, en lugar de competir juntos y repartirse a partes iguales las medallas?

Muy por el contrario, mientras la igualdad se reduzca artificialmente a la llegada, y no se promueva en la salida, nada habremos conseguido. Si aceptamos la propuesta del señor Bono, convendremos en que la defensa de los derechos de la mujer sólo puede ser bien ejercida por mujeres. Esto es institucionalizar la discriminación y aceptar que hombres y mujeres nunca se pondrán de acuerdo en aquello que a todos atañe: el respeto entre los sexos. No es igualar, como parece si estamos poco avisados; es separar definitivamente. Por otra parte, es negar a las mujeres el acceso a más de un 50 % de las listas. ¿No deberían obtener un 70 % si lo mereciesen? Pero no; el destino de las mujeres es cruel: cuando no son discriminadas o maltratadas, sale un hombre a defenderlas, y entonces es aún peor.

Por un razonamiento parecido, suponiendo que haya un 30 % de personas con sobrepeso en España, igual proporción de escaños habría de estar reservado a los obesos; debería establecerse una cuota para diputados con un coeficiente intelectual superior a 120; e idénticas consideraciones de porcentaje tendrían que ser aplicadas a la hora de asignar representación parlamentaria a colectivos como los testigos de Jehová, los conductores de guaguas o los coleccionistas de sellos; porque ¿quién sino un filatélico podría entender las necesidades de los demás filatélicos?

Este tipo de medidas aumenta la confusión y no resuelve nada. Son fruto de un punto de vista equivocado y de una profunda ignorancia, una manifestación de un espíritu muy de nuestra época, según el cual los signos son más importantes que sus significados. También los igualitaristas del castellano gustan de ultrajar las reglas del género gramatical y referirse siempre a “los hombres y las mujeres de nuestro partido” o apostrofar a “los compañeros y compañeras” o, lo que aún es más cursi, a los “compañer@s”, y creen que con ello la igualdad pasa a ser realidad. Pero, de la misma forma en que barbarizar el lenguaje no es suficiente para reformar la realidad, tampoco basta con facilitar el acceso de las mujeres en cualesquiera condiciones; hay que promover que todos, hombres y mujeres, partan de condiciones iguales: igual acceso a la educación, igual trato en la contratación, igual respeto en los puestos de trabajo, etc. Lo demás es ingenuidad o, nos tememos, demagogia. Canarias 7.

09 junio 2002

Bailes de taifas

El pasado sábado tuvo lugar, por segundo año consecutivo, el baile de taifas organizado en Puerto del Rosario por el Cabildo Insular y su Escuela de Folclore. Con mayor éxito y asistencia que en su edición anterior, ha sido desde entonces objeto de agria polémica en los medios majoreros y en las calles de la capital. El motivo de la discusión es la obligatoriedad de usar vestimentas tradicionales para aquellos que desearan entrar en el recinto en que se celebró la fiesta. Para los críticos, este requisito impuesto por la organización es excesivo, y le oponen diversos argumentos.

Algunos encuentran que la mera obligatoriedad es ya motivo suficiente para protestar. ¿Por qué imponer ciertos criterios indumentarios y no otros en una celebración que, dicen, se organiza con dineros públicos? A éstos les recordaremos que, cuando una discoteca o local privado de cualquier índole convoca, por ejemplo, una Fiesta de los Setenta, hay bofetadas en la puerta por entrar. Aquéllos a quienes no gustan los pantalones de campana ni las melenas jipis no entran, y santas pascuas. La diferencia es que, se dirá, una fiesta en un local privado no se organiza con dineros de todos los ciudadanos. Y así es; pero los dineros públicos están para aplicar una política cultural determinada por quienes (técnicos o políticos) la diseñan en los departamentos correspondientes de las administraciones públicas. Si no nos convence la aplicación de ese caudal, la solución al alcance de cualquiera es no volver a votar al responsable.

Los bailes de taifas de antes no eran así, dicen otros: no se acudía a ellos con traje de campesino, sino con las mejores galas que cada uno poseía. Efectivamente, los bailes de taifas de antaño no tenían mucho que ver con un desfile de modelos tradicionales de las siete islas. Tenían lugar, además, en pequeñas salas, no en un recinto ferial; tocaban unos cuantos músicos, no una gran orquesta folclórica; y no los convocaban instituciones, sino particulares. Pero es que los bailes de taifas, como tales, hace tiempo que pasaron a mejor vida: la función social que entonces cubrían la desempeñan hoy pubs, discotecas y bares; por no hablar de cine, televisión, viajes, etc. Suponemos que cuando el Cabildo intenta rescatar esta tradición es con la intención de preservar una parte aprovechable de la memoria colectiva, y no con la vana pretensión de resucitar lo que ya murió. Un baile de taifas era hace cien años una manifestación del ocio más o menos cotidiano. Un baile de taifas hoy día, en que esa función ya la cubren otras variedades del entretenimiento, hay que entenderlo como una manifestación folclórica y, por tanto, especial; sólo en la medida en que quienes participan año tras año se impliquen en su celebración, podremos integrarlo en la cultura cotidiana de los majoreros. No será como el de antes, pero habrá servido para experimentar sensaciones agradables. De nuevo tendrá una función, aunque no sea la misma.

Sólo un argumento es difícil de sortear entre los esgrimidos por quienes se oponen al requisito de la indumentaria típica: ésta es cara, y no todos tenemos capacidad para gastarnos ciertas sumas en un traje que, por otra parte, no usaremos a diario. Este razonamiento no será válido, claro está, en labios de todos aquéllos a quienes, por otro lado, no importe gastarse habitualmente miles de pesetas en otras modalidades de ocio durante sus fines de semana. A ellos habrá que recordarles cómo hace años los majoreros recorrían muchos kilómetros para asistir a alguno de estos bailes, calzándose sus únicos zapatos, como recuerda en su hermoso libro Roberto Hernández Bautista, sólo a la llegada al pueblo en que se celebraba la reunión, y quitándoselos de nuevo al regreso para no gastarlos más de lo estrictamente necesario. No propugnamos la vuelta a tales excesos del ahorro; pero hay que recordar también que el requisito, por lo que hemos podido comprobar, se exige de forma bastante flexible, y que algunos de los participantes sólo vestían a lo tradicional por su sombrero y su fajín. Igual que no se trata de un disfraz, sino de un vestido, tampoco hablamos de un uniforme, sino de un aire. Aún así, quizá sería una buena idea que los responsables de estas convocatorias facilitasen la asistencia a través de subvenciones, alquiler de elementos de la indumentaria o, tal vez, incluso, locales alternativos.

La convocatoria anual del baile de taifas es un beso que ha de servir para despertar tradiciones que yacían, polvorientas, en los armarios de institutos etnográficos y escuelas de folclore. Sabemos bien que el actual baile poco tiene que ver con los de otras épocas, empezando por una causa principal: la sociedad en que tiene lugar (rica, letrada, plural) nada tiene que ver con aquélla (depauperada, iletrada, endogámica). No obstante, el colorido de las vestimentas de La Palma o Tenerife, la elegancia sobria del traje majorero, lo exótico de la indumentaria del siglo XVIII (conforme a la interpretación de recientes estudios patrocinados por el Cabildo), la belleza y gozosa presunción de las ancianas o el improvisado desparpajo de los más jóvenes, moceando en insospechadas galas, nos han permitido sospechar que esta fiesta constituirá en poco tiempo tradición insustituible. Así sea. Canarias 7 Fuerteventura.

12 mayo 2002

Intolerancias

Miren ustedes por dónde, ya no tenemos en Puerto del Rosario homenaje al podenco canario. La desgarbada efigie del animal, que poblaba el parque sito en la confluencia de la calle Duero, la Avenida de los Reyes de España y la carretera de los Pozos, ya hace meses que perdió su rabo. Hoy podemos contemplar en su lugar al perro de San Roque, aunque no fuera ésa la intención del escultor ni la del Ayuntamiento cuando erigió el monumento. No sabíamos que Román Ramírez (¿o era Ramón Rodríguez?) hubiese establecido su negocio en nuestra ciudad, pero así es: entre nosotros hay un desrabador de perros, un cercenapodencos. Un memo, en fin, de quien ni siquiera nos queda la esperanza de que nos lea y se sienta aludido, porque seguramente no es capaz.

Tampoco era la idea de Nicolae Fleissig colocar una obra mutilada junto a los juzgados de la capital; pero, contra los designios del autor y de las instituciones promotoras, prevalece el criterio del desmochador de canes o de alguno de sus simiescos congéneres, que se ha dedicado a destrozar la pieza de mármol eliminando metódicamente, no sabemos si a golpes de martillo o a puros cabezazos, los cubitos exentos que adornaban su parte trasera. Ya no vamos a volver a hablar de las pintadas, basuras y deyecciones que suelen adornar y aromatizar el reloj de sol de Javier Camarasa y el acceso subterráneo al barrio de Tamogán.

Esta tribu de neandertaloides, cuyo déficit intelectual les impide reconocer las notables diferencias existentes entre el patrimonio público y las ladillas que sin duda mortifican sus respectivas entrepiernas, arruinan porque sí un patrimonio que no les pertenece y que, aunque les perteneciera, no tendrían derecho a destruir porque, a poco que valiese, valdría más que la suma del contenido de sus respectivos cráneos.

Ya sabemos que no se hunde el mundo porque se rompa una escultura. Algunos, además, argüirán que el valor artístico de alguna de ellas no es para tanto. No obstante, estamos seguros de que el desmochacanes no actúa como el justiciero que ataca el mal gusto, ni como el objetor que muestra su desacuerdo con una política cultural que considera errónea. No: el cagarrelojes y el avasallamármoles actúan como actúan porque sus meninges defectuosas no les permiten obrar de otra manera. Lo malo es que si, en vez de vivir en Puerto del Rosario, vivieran en Afganistán, posiblemente serían lapidadores de mujeres. Sin embargo, tampoco entonces sería para tanto: no se hundiría el mundo.

Desde estas líneas invitamos a las fuerzas de seguridad y a las empresas de desinsectación a emplearse a fondo y con la mayor dureza en la búsqueda, captura y fumigación de los miembros de esta cáfila de verdugos. No vamos a pedir, aunque no será por falta de ganas, que les administren su propia medicina al pobre cortador de rabos (¿se lo imaginan?), al atacamármoles, al pobre que no tiene donde orinar sino en la rotonda del reloj. Sí pedimos que se vigile estrechamente la propiedad pública y que, si en algún caso el autor de las fechorías es detenido, se le aplique el máximo rigor de la ley. No se puede ser blando con los vándalos ni con los intolerantes. Canarias 7 Fuerteventura.

24 marzo 2002

Sobre la gestión cultural en Fuerteventura

En el transcurso de una reciente tertulia en Radio Archipiélago en que se discutió acerca del estado general de la cultura y su gestión en la isla, quedaron bajo el coleto varios asuntos. Los contertulios, cordiales pero tal vez demasiado militantes, nos perdimos en las facetas más políticas o generales de un fenómeno que, desde estas líneas, hemos denunciado a menudo y seguiremos denunciando como factor de subdesarrollo, un factor especialmente dañino en el campo de la cultura: el nacionalismo. En el tintero quedaron otros fenómenos que caracterizan la gestión cultural en las instituciones majoreras y que exponemos aquí con la intención de prolongar un debate que nos parece saludable.

Uno de ellos, quizá el principal, es la confusión del objeto mismo de que se trata. Nuestros gestores culturales incluyen en su campo de acción, ya demasiado vasto por sí solo, manifestaciones que no le corresponden. Diferenciar entre arte y artesanía, o entre literatura y subliteratura, por ejemplo, clarificaría mucho las respectivas labores de salas de exposiciones y servicios de publicaciones. Separar los talleres de animación social de las jornadas más o menos académicas también ayudaría.

Un ejemplo de la indefinición que afecta a las políticas culturales majoreras lo proporciona la iniciativa del Ayuntamiento de Puerto del Rosario en materia de escultura pública. Es conocida la postura al respecto del concejal de Cultura, que defiende dos líneas de escultura: una fácil y otra difícil o, en otras palabras, una serie de obras muy deficientes pero fácilmente interpretables o consumibles por el público menos formado, por ser plenamente figurativas, y otra serie con mayores aspiraciones de cosmopolitismo y originalidad, que coloca el listón donde se supone debería estar. En resumidas cuentas, existe en la concejalía la voluntad de que los que no entienden vayan aprendiendo y los que entienden puedan disfrutar de obras más sofisticadas. Pero entre las competencias de un departamento de Cultura, no nos equivoquemos, no está la de educar al pueblo. Sí está la de ofrecerle cultura, y especialmente aquellas manifestaciones artísticas que, dejadas al albur del mercado, por su nula rentabilidad quedarían fuera del alcance del público. Para educar está el Bachillerato, y esto es competencia de Educación, no de Cultura.

De igual forma, se habla de talleres de trabajos manuales como si de cultura se tratase, y de espectáculos baratos de cabaré como si fueran teatro. Se presentan colecciones más o menos ordenadas bajo la etiqueta de museos (y, hablando de museos, no podemos dejar de insistir en recordar al Arciprestazgo que el Museo de Arte Sacro de Betancuria permanece en un estado vergonzoso de carcomido abandono). Se llama artistas a quienes no son sino artesanos, y a veces ni siquiera como tales valiosos. Y es que no todo es lo mismo, y el servicio a la ciudadanía no se ve precisamente favorecido por la confusión.

Entendámonos: no sólo hemos de tener ópera, poesía lírica y arte abstracto en nuestros programas. El cursillo de macramé no sólo se puede, sino que se debe efectuar, sólo que a eso no se le llama cultura, sino animación social, y pertenece al ámbito de Asuntos Sociales. Los monólogos soeces y mal pronunciados por Antonia San Juan son aceptables (me aseguran) pero, en cualquier caso, si no queremos ofender a la verdad no podremos calificarlos de arte, sino de espectáculo (y zafio). Se pretende homenajear al podenco canario con una estatua inane aunque, desde luego, no merecedora de mutilación por parte del vándalo que la convirtió en homenaje al perro de San Roque; pero el mejor homenaje sería una mejor protección contra los malos tratos y el frecuente abandono de animales por parte de sus dueños, y no una estatua que nada aporta desde el punto de vista artístico: el mundo canino suele ser competencia de los departamentos de Ganadería, y no de los de Cultura. Cuando una institución le paga al autor o a una editorial la publicación de un libro no está editando, sino patrocinando; lo cual es muy correcto, pero no se llama edición. Una biblioteca sólo es digna de su sagrado nombre si existe un catálogo racional y gracias a él podemos encontrar los libros en sus estanterías; si no, será más propio hablar de un almacén de libros, que sin duda supone para ellos un destino mejor que el vertedero.

Una de las causas más evidentes de la ausencia de criterios claros que comentamos es la escasez de personal con formación suficiente en los diversos campos de eso que llamamos la Cultura: en arte, en ciencias, en museos, en biblioteconomía, en edición y en gestión cultural. Generalmente quienes administran nuestra cultura proceden del campo de la administración, son funcionarios sin posibilidad ni obligación de gestionarla como Dios manda. También hay que decir (y es aquí donde entran una vez más el pernicioso filtro nacionalista y el nefasto clientelismo) que demasiados responsables políticos creen equivocadamente que favorecen lo de aquí cuando, frente al trabajador foráneo, reservan los puestos de las administraciones públicas para los majoreros de origen, independientemente, y esto es muy grave, de su formación. A casi todos nos consta que así sucede. Y así condenan a majoreros y forasteros a la mala gestión de sus recursos culturales y, todo sea dicho, a una ineficacia administrativa general más allá de lo verosímil. Los buenos funcionarios, que hay muchos, sabrán reconocer estos vicios.

Para editar bien hacen falta técnicos editorialistas, sin los cuales un servicio de publicaciones no es propiamente tal. Para racionalizar una biblioteca son necesarios bibliotecónomos, para un museo gente de Museística y para una sala de exposiciones un galerista o comisario con suficiente experiencia. La prueba de que esto es una clave importante es que uno de los mayores e indiscutibles logros en el ámbito cultural, la política de estatuaria pública en la capital y, en particular, el I Simposio Internacional de Escultura, pese al exceso de improvisación en éste y a las luces y las sombras que presenta la primera, ha sido posible cuando el Ayuntamiento de Puerto del Rosario y el Cabildo se han hecho asesorar por alguien entendido en la materia.

En demasiadas ocasiones, por otra parte, los responsables políticos del área de Cultura de las distintas instituciones tienen mucho más de políticos que de cultos. No dan la talla porque su formación no se corresponde con ese área; ni, en ocasiones, con ninguna. Conocemos bien las excepciones, pero el panorama insular es desalentador en ese sentido. Por otro lado, las áreas de Cultura de las instituciones suelen tener la triste condición de apéndice: nadie es consejero o concejal de Cultura, sino de Obras Públicas y Cultura, o de Turismo y Cultura, o de Educación, Deportes y Cultura. Y el motivo no es la reducción de gastos (no seamos ingenuos), sino la auténtica consideración de área menor que la Cultura sufre; y esta consideración, por desgracia, no es sólo característica de Fuerteventura.

No se resuelven las carencias ni los desórdenes de la noche a la mañana. Fuerteventura está aún amaneciendo tras una oscura y multisecular noche de abandono. Está saliendo de ella muy deprisa y, como en otros aspectos, en la gestión cultural hay desajustes. Sólo un espíritu crítico, bien fundamentado y sin prejuicios puede abonar el terreno para las mejoras; sin crítica ni contraste de opiniones, esas mejoras resultarán superficiales, eternamente provisionales o simplemente falsas. Canarias 7 Fuerteventura.