09 junio 2002

Bailes de taifas

El pasado sábado tuvo lugar, por segundo año consecutivo, el baile de taifas organizado en Puerto del Rosario por el Cabildo Insular y su Escuela de Folclore. Con mayor éxito y asistencia que en su edición anterior, ha sido desde entonces objeto de agria polémica en los medios majoreros y en las calles de la capital. El motivo de la discusión es la obligatoriedad de usar vestimentas tradicionales para aquellos que desearan entrar en el recinto en que se celebró la fiesta. Para los críticos, este requisito impuesto por la organización es excesivo, y le oponen diversos argumentos.

Algunos encuentran que la mera obligatoriedad es ya motivo suficiente para protestar. ¿Por qué imponer ciertos criterios indumentarios y no otros en una celebración que, dicen, se organiza con dineros públicos? A éstos les recordaremos que, cuando una discoteca o local privado de cualquier índole convoca, por ejemplo, una Fiesta de los Setenta, hay bofetadas en la puerta por entrar. Aquéllos a quienes no gustan los pantalones de campana ni las melenas jipis no entran, y santas pascuas. La diferencia es que, se dirá, una fiesta en un local privado no se organiza con dineros de todos los ciudadanos. Y así es; pero los dineros públicos están para aplicar una política cultural determinada por quienes (técnicos o políticos) la diseñan en los departamentos correspondientes de las administraciones públicas. Si no nos convence la aplicación de ese caudal, la solución al alcance de cualquiera es no volver a votar al responsable.

Los bailes de taifas de antes no eran así, dicen otros: no se acudía a ellos con traje de campesino, sino con las mejores galas que cada uno poseía. Efectivamente, los bailes de taifas de antaño no tenían mucho que ver con un desfile de modelos tradicionales de las siete islas. Tenían lugar, además, en pequeñas salas, no en un recinto ferial; tocaban unos cuantos músicos, no una gran orquesta folclórica; y no los convocaban instituciones, sino particulares. Pero es que los bailes de taifas, como tales, hace tiempo que pasaron a mejor vida: la función social que entonces cubrían la desempeñan hoy pubs, discotecas y bares; por no hablar de cine, televisión, viajes, etc. Suponemos que cuando el Cabildo intenta rescatar esta tradición es con la intención de preservar una parte aprovechable de la memoria colectiva, y no con la vana pretensión de resucitar lo que ya murió. Un baile de taifas era hace cien años una manifestación del ocio más o menos cotidiano. Un baile de taifas hoy día, en que esa función ya la cubren otras variedades del entretenimiento, hay que entenderlo como una manifestación folclórica y, por tanto, especial; sólo en la medida en que quienes participan año tras año se impliquen en su celebración, podremos integrarlo en la cultura cotidiana de los majoreros. No será como el de antes, pero habrá servido para experimentar sensaciones agradables. De nuevo tendrá una función, aunque no sea la misma.

Sólo un argumento es difícil de sortear entre los esgrimidos por quienes se oponen al requisito de la indumentaria típica: ésta es cara, y no todos tenemos capacidad para gastarnos ciertas sumas en un traje que, por otra parte, no usaremos a diario. Este razonamiento no será válido, claro está, en labios de todos aquéllos a quienes, por otro lado, no importe gastarse habitualmente miles de pesetas en otras modalidades de ocio durante sus fines de semana. A ellos habrá que recordarles cómo hace años los majoreros recorrían muchos kilómetros para asistir a alguno de estos bailes, calzándose sus únicos zapatos, como recuerda en su hermoso libro Roberto Hernández Bautista, sólo a la llegada al pueblo en que se celebraba la reunión, y quitándoselos de nuevo al regreso para no gastarlos más de lo estrictamente necesario. No propugnamos la vuelta a tales excesos del ahorro; pero hay que recordar también que el requisito, por lo que hemos podido comprobar, se exige de forma bastante flexible, y que algunos de los participantes sólo vestían a lo tradicional por su sombrero y su fajín. Igual que no se trata de un disfraz, sino de un vestido, tampoco hablamos de un uniforme, sino de un aire. Aún así, quizá sería una buena idea que los responsables de estas convocatorias facilitasen la asistencia a través de subvenciones, alquiler de elementos de la indumentaria o, tal vez, incluso, locales alternativos.

La convocatoria anual del baile de taifas es un beso que ha de servir para despertar tradiciones que yacían, polvorientas, en los armarios de institutos etnográficos y escuelas de folclore. Sabemos bien que el actual baile poco tiene que ver con los de otras épocas, empezando por una causa principal: la sociedad en que tiene lugar (rica, letrada, plural) nada tiene que ver con aquélla (depauperada, iletrada, endogámica). No obstante, el colorido de las vestimentas de La Palma o Tenerife, la elegancia sobria del traje majorero, lo exótico de la indumentaria del siglo XVIII (conforme a la interpretación de recientes estudios patrocinados por el Cabildo), la belleza y gozosa presunción de las ancianas o el improvisado desparpajo de los más jóvenes, moceando en insospechadas galas, nos han permitido sospechar que esta fiesta constituirá en poco tiempo tradición insustituible. Así sea. Canarias 7 Fuerteventura.

12 mayo 2002

Intolerancias

Miren ustedes por dónde, ya no tenemos en Puerto del Rosario homenaje al podenco canario. La desgarbada efigie del animal, que poblaba el parque sito en la confluencia de la calle Duero, la Avenida de los Reyes de España y la carretera de los Pozos, ya hace meses que perdió su rabo. Hoy podemos contemplar en su lugar al perro de San Roque, aunque no fuera ésa la intención del escultor ni la del Ayuntamiento cuando erigió el monumento. No sabíamos que Román Ramírez (¿o era Ramón Rodríguez?) hubiese establecido su negocio en nuestra ciudad, pero así es: entre nosotros hay un desrabador de perros, un cercenapodencos. Un memo, en fin, de quien ni siquiera nos queda la esperanza de que nos lea y se sienta aludido, porque seguramente no es capaz.

Tampoco era la idea de Nicolae Fleissig colocar una obra mutilada junto a los juzgados de la capital; pero, contra los designios del autor y de las instituciones promotoras, prevalece el criterio del desmochador de canes o de alguno de sus simiescos congéneres, que se ha dedicado a destrozar la pieza de mármol eliminando metódicamente, no sabemos si a golpes de martillo o a puros cabezazos, los cubitos exentos que adornaban su parte trasera. Ya no vamos a volver a hablar de las pintadas, basuras y deyecciones que suelen adornar y aromatizar el reloj de sol de Javier Camarasa y el acceso subterráneo al barrio de Tamogán.

Esta tribu de neandertaloides, cuyo déficit intelectual les impide reconocer las notables diferencias existentes entre el patrimonio público y las ladillas que sin duda mortifican sus respectivas entrepiernas, arruinan porque sí un patrimonio que no les pertenece y que, aunque les perteneciera, no tendrían derecho a destruir porque, a poco que valiese, valdría más que la suma del contenido de sus respectivos cráneos.

Ya sabemos que no se hunde el mundo porque se rompa una escultura. Algunos, además, argüirán que el valor artístico de alguna de ellas no es para tanto. No obstante, estamos seguros de que el desmochacanes no actúa como el justiciero que ataca el mal gusto, ni como el objetor que muestra su desacuerdo con una política cultural que considera errónea. No: el cagarrelojes y el avasallamármoles actúan como actúan porque sus meninges defectuosas no les permiten obrar de otra manera. Lo malo es que si, en vez de vivir en Puerto del Rosario, vivieran en Afganistán, posiblemente serían lapidadores de mujeres. Sin embargo, tampoco entonces sería para tanto: no se hundiría el mundo.

Desde estas líneas invitamos a las fuerzas de seguridad y a las empresas de desinsectación a emplearse a fondo y con la mayor dureza en la búsqueda, captura y fumigación de los miembros de esta cáfila de verdugos. No vamos a pedir, aunque no será por falta de ganas, que les administren su propia medicina al pobre cortador de rabos (¿se lo imaginan?), al atacamármoles, al pobre que no tiene donde orinar sino en la rotonda del reloj. Sí pedimos que se vigile estrechamente la propiedad pública y que, si en algún caso el autor de las fechorías es detenido, se le aplique el máximo rigor de la ley. No se puede ser blando con los vándalos ni con los intolerantes. Canarias 7 Fuerteventura.

24 marzo 2002

Sobre la gestión cultural en Fuerteventura

En el transcurso de una reciente tertulia en Radio Archipiélago en que se discutió acerca del estado general de la cultura y su gestión en la isla, quedaron bajo el coleto varios asuntos. Los contertulios, cordiales pero tal vez demasiado militantes, nos perdimos en las facetas más políticas o generales de un fenómeno que, desde estas líneas, hemos denunciado a menudo y seguiremos denunciando como factor de subdesarrollo, un factor especialmente dañino en el campo de la cultura: el nacionalismo. En el tintero quedaron otros fenómenos que caracterizan la gestión cultural en las instituciones majoreras y que exponemos aquí con la intención de prolongar un debate que nos parece saludable.

Uno de ellos, quizá el principal, es la confusión del objeto mismo de que se trata. Nuestros gestores culturales incluyen en su campo de acción, ya demasiado vasto por sí solo, manifestaciones que no le corresponden. Diferenciar entre arte y artesanía, o entre literatura y subliteratura, por ejemplo, clarificaría mucho las respectivas labores de salas de exposiciones y servicios de publicaciones. Separar los talleres de animación social de las jornadas más o menos académicas también ayudaría.

Un ejemplo de la indefinición que afecta a las políticas culturales majoreras lo proporciona la iniciativa del Ayuntamiento de Puerto del Rosario en materia de escultura pública. Es conocida la postura al respecto del concejal de Cultura, que defiende dos líneas de escultura: una fácil y otra difícil o, en otras palabras, una serie de obras muy deficientes pero fácilmente interpretables o consumibles por el público menos formado, por ser plenamente figurativas, y otra serie con mayores aspiraciones de cosmopolitismo y originalidad, que coloca el listón donde se supone debería estar. En resumidas cuentas, existe en la concejalía la voluntad de que los que no entienden vayan aprendiendo y los que entienden puedan disfrutar de obras más sofisticadas. Pero entre las competencias de un departamento de Cultura, no nos equivoquemos, no está la de educar al pueblo. Sí está la de ofrecerle cultura, y especialmente aquellas manifestaciones artísticas que, dejadas al albur del mercado, por su nula rentabilidad quedarían fuera del alcance del público. Para educar está el Bachillerato, y esto es competencia de Educación, no de Cultura.

De igual forma, se habla de talleres de trabajos manuales como si de cultura se tratase, y de espectáculos baratos de cabaré como si fueran teatro. Se presentan colecciones más o menos ordenadas bajo la etiqueta de museos (y, hablando de museos, no podemos dejar de insistir en recordar al Arciprestazgo que el Museo de Arte Sacro de Betancuria permanece en un estado vergonzoso de carcomido abandono). Se llama artistas a quienes no son sino artesanos, y a veces ni siquiera como tales valiosos. Y es que no todo es lo mismo, y el servicio a la ciudadanía no se ve precisamente favorecido por la confusión.

Entendámonos: no sólo hemos de tener ópera, poesía lírica y arte abstracto en nuestros programas. El cursillo de macramé no sólo se puede, sino que se debe efectuar, sólo que a eso no se le llama cultura, sino animación social, y pertenece al ámbito de Asuntos Sociales. Los monólogos soeces y mal pronunciados por Antonia San Juan son aceptables (me aseguran) pero, en cualquier caso, si no queremos ofender a la verdad no podremos calificarlos de arte, sino de espectáculo (y zafio). Se pretende homenajear al podenco canario con una estatua inane aunque, desde luego, no merecedora de mutilación por parte del vándalo que la convirtió en homenaje al perro de San Roque; pero el mejor homenaje sería una mejor protección contra los malos tratos y el frecuente abandono de animales por parte de sus dueños, y no una estatua que nada aporta desde el punto de vista artístico: el mundo canino suele ser competencia de los departamentos de Ganadería, y no de los de Cultura. Cuando una institución le paga al autor o a una editorial la publicación de un libro no está editando, sino patrocinando; lo cual es muy correcto, pero no se llama edición. Una biblioteca sólo es digna de su sagrado nombre si existe un catálogo racional y gracias a él podemos encontrar los libros en sus estanterías; si no, será más propio hablar de un almacén de libros, que sin duda supone para ellos un destino mejor que el vertedero.

Una de las causas más evidentes de la ausencia de criterios claros que comentamos es la escasez de personal con formación suficiente en los diversos campos de eso que llamamos la Cultura: en arte, en ciencias, en museos, en biblioteconomía, en edición y en gestión cultural. Generalmente quienes administran nuestra cultura proceden del campo de la administración, son funcionarios sin posibilidad ni obligación de gestionarla como Dios manda. También hay que decir (y es aquí donde entran una vez más el pernicioso filtro nacionalista y el nefasto clientelismo) que demasiados responsables políticos creen equivocadamente que favorecen lo de aquí cuando, frente al trabajador foráneo, reservan los puestos de las administraciones públicas para los majoreros de origen, independientemente, y esto es muy grave, de su formación. A casi todos nos consta que así sucede. Y así condenan a majoreros y forasteros a la mala gestión de sus recursos culturales y, todo sea dicho, a una ineficacia administrativa general más allá de lo verosímil. Los buenos funcionarios, que hay muchos, sabrán reconocer estos vicios.

Para editar bien hacen falta técnicos editorialistas, sin los cuales un servicio de publicaciones no es propiamente tal. Para racionalizar una biblioteca son necesarios bibliotecónomos, para un museo gente de Museística y para una sala de exposiciones un galerista o comisario con suficiente experiencia. La prueba de que esto es una clave importante es que uno de los mayores e indiscutibles logros en el ámbito cultural, la política de estatuaria pública en la capital y, en particular, el I Simposio Internacional de Escultura, pese al exceso de improvisación en éste y a las luces y las sombras que presenta la primera, ha sido posible cuando el Ayuntamiento de Puerto del Rosario y el Cabildo se han hecho asesorar por alguien entendido en la materia.

En demasiadas ocasiones, por otra parte, los responsables políticos del área de Cultura de las distintas instituciones tienen mucho más de políticos que de cultos. No dan la talla porque su formación no se corresponde con ese área; ni, en ocasiones, con ninguna. Conocemos bien las excepciones, pero el panorama insular es desalentador en ese sentido. Por otro lado, las áreas de Cultura de las instituciones suelen tener la triste condición de apéndice: nadie es consejero o concejal de Cultura, sino de Obras Públicas y Cultura, o de Turismo y Cultura, o de Educación, Deportes y Cultura. Y el motivo no es la reducción de gastos (no seamos ingenuos), sino la auténtica consideración de área menor que la Cultura sufre; y esta consideración, por desgracia, no es sólo característica de Fuerteventura.

No se resuelven las carencias ni los desórdenes de la noche a la mañana. Fuerteventura está aún amaneciendo tras una oscura y multisecular noche de abandono. Está saliendo de ella muy deprisa y, como en otros aspectos, en la gestión cultural hay desajustes. Sólo un espíritu crítico, bien fundamentado y sin prejuicios puede abonar el terreno para las mejoras; sin crítica ni contraste de opiniones, esas mejoras resultarán superficiales, eternamente provisionales o simplemente falsas. Canarias 7 Fuerteventura.

23 marzo 2002

Concursos de misses

Uno tiende a pensar que, cuando una muchacha en torno a la tierna edad de dieciocho años, con el cuerpo de pan recién horneado y la personalidad, sin embargo, todavía semicruda, decide comerciar con su imagen y presentarse a un concurso de misses, la conclusión sólo puede ser que ha leído muy poco, que tiene muy poca estima por su condición de mujer y que, además, está muy mal aconsejada por unos padres que tampoco deben dedicar gran consideración al complemento espiritual que casi siempre acompaña al cuerpo femenino. Pero quizá se trate de puro vicio de criticar: si tantas personas aceptan e, incluso, aprecian y siguen estos espectáculos, probablemente se trate de algo honesto y saludable.

En consonancia, la serie de televisión Betty la fea (un culebrón muy popular que procede de uno de esos países donde las misses se fabrican en serie) nos revela la verdadera vía de la redención femenina: el estilismo y la moda. ¿Es usted desgraciada? Pues deje usted de ser un callo, mujer. No es el mundo el que se equivoca cuando la juzga por su físico: es usted la que absurdamente se empecina en ser solamente inteligente, eficiente y honrada. Déjese ya de boberías, mi amor: depílese, maquíllese, vístase y guste a los hombres que la rodean: he aquí el secreto de la felicidad. Olvídese de la contabilidad y abrace la cosmética. No cuadre más balances; más bien actualice su vestuario. Los patitos feos no están de moda, por mucho título de doctor que ostenten.

Que los concursos de misses estaban amañados es algo que todos suponíamos y que, en cualquier caso, nos importaba un bledo. Que la empresa organizadora de estos montajes tratase a las jóvenes aspirantes como a ganado y que ninguna consideración moral entrase en sus planteamientos nos daba exactamente lo mismo. Ello parece indicar que lo que ha originado el presente revuelo, lo que realmente ha impactado en el público ha sido la forma en que el tongo ha sido desvelado: a través de una falsa aspirante, poniendo en evidencia a los culpables del amaño, provocando una dimisión en directo. Tanto al público como a quienes dirigen el programa de Antena 3 responsable de la investigación parece no interesarles demasiado el fondo del asunto, y tal vez sea ésa la causa de que las declaraciones de sus abundantes testigos sean confusas, faltas de rigor o, simplemente, necias. Más bien parece prestarse atención al ropaje que visten las conclusiones: el escándalo, la posible humillación en vivo de personas a quienes ayer no conocíamos y hoy ya odiamos. ¿Cabe tan sórdida simpleza? ¿Cabe tanta manipulación, tanta confusión? Melchor Miralles llega incluso a proclamar la necesidad de retirar el sacrosanto nombre de España de un certamen fraudulento que, al parecer, lo enfanga.

Quizá en términos generales sea mejor que los concursos se atengan a normas justas y equitativas; posiblemente las aspirantes turolenses y zamoranas deberían contar con las mismas oportunidades que las sevillanas, madrileñas o canarias. Con seguridad todas esas bellezas adolescentes deberían recibir un trato más humano, y sería más correcto que concurriesen al título sin necesidad de pagarlo con dinero o sexo. Pero, francamente, nos preocupa muy poco que las condiciones del certamen sean limpias, porque su naturaleza es radicalmente sucia. No hay que sanear los concursos de belleza, sino suprimirlos.

Qué poco valoran a sus hijas quienes las inducen a comerciar con su físico de mujer antes que a formarse como personas, a desarrollar una femineidad mal entendida mejor que a cultivar virtudes ciudadanas. Qué magro favor les hacen cuando las instigan a modelar su belleza, incluso recurriendo a expedientes quirúrgicos, para uso y disfrute del hombre. Qué pena, penita, pena. Cada vez comprendo menos y admiro más la paciencia de quienes, durante todos estos miles de años, condenadas de antemano a luchar contra el mundo por haber tenido la mala suerte de nacer sin pene, nunca convocaron revolución alguna al tañido del castrapuercos.

Pero, como decíamos al principio, posiblemente todo esto no sean sino achaques de gruñón. La corrección política reinante admite eso, asume los postulados vitales de Betty la fea y tolera muchas cosas más con respecto a la mujer que apenas ocupan minutos de nuestro pensamiento: los malos tratos domésticos, la discriminación en el acceso al mundo laboral y ya en su seno, el proxenetismo, la violación; y, en otros ámbitos, la lapidación de las adúlteras, la ablación clitoridiana, la exclusión de la escuela y la imposición del matrimonio, esto es, la venta de las hijas al mejor postor. Sólo nos escandaliza lo escandaloso: lo que sale en la tele envuelto en gritos y colorines. Así debe ser como tiene que ser. Canarias 7.

02 marzo 2002

La reválida de los políticos

Si fuéramos suficientemente pacientes, un comentario del lenguaje de los políticos nos daría para rellenar folios y folios sólo con maldades; pero no es nuestra intención aburrir a los sufridos lectores, que ya tienen bastante con los propios políticos, a algunos de los cuales cumplir con ese cometido parece entrarles en el sueldo. No es en estas líneas donde se juzgará la adecuación del lenguaje de los políticos a la realidad, ni sus contenidos éticos. Se trata sólo de una breve reflexión acerca de la oportunidad de la reforma educativa que promueve el Gobierno y que tanto da que hablar estos días.

A falta de oposición visible en las Cortes, al menos por parte de un PSOE que es víctima de una esquizofrenia política muy stevensoniana (acuérdense del doctor Jeckyll y del señor Hyde: el lado bueno no tiene carácter, el lado perverso nunca se fue por completo, el lado bueno da pasos errados, el lado perverso arruina al lado bueno, el lado perverso termina por arruinarlo todo...); a falta, decíamos, de una verdadera alternativa de gobierno, y también a falta de legitimidad para la crítica, dado que el actual caos educativo viene en parte promovido por la reforma socialista y una LOGSE nefasta que hoy nadie parece atreverse a enarbolar como bandera, la oposición a la reforma en curso la llevan a cabo los sindicatos estudiantiles y algún partido de izquierda.

Seguramente para su misma vergüenza, son su vanguardia los energúmenos (probablemente analfabetos funcionales y con toda certeza tontos de baba) que el otro día rompieron unas puertas del siglo XVII pertenecientes al patrimonio histórico y artístico de la Universidad de Sevilla, irrumpieron en uno de sus recintos, interrumpieron una sesión de uno de sus órganos oficiales y prorrumpieron en una serie de voces y frases no demasiado complejas desde el punto de vista sintáctico y sin apenas contenido, frases quizás memorizadas gracias a la asidua contemplación de la televisión y aderezadas con adjetivos como “puta”, sustantivos como “mierda” y algunas otras lindezas y amenazas. Todo ello, según juraban, en defensa de alguna concepción de la educación que, por más que cavilemos, se nos escapa.

Uno de los argumentos esgrimidos por ambos bandos es la publicación de convocatorias (por los estudiantes) y de actas (por nuestros legisladores) que incluyen faltas de ortografía, en una enésima e infantil reedición del “pues tú más”. No les falta razón a los presuntos estudiantes cuando arguyen que si, sin saber diferenciar la preposición “a” de la tercera persona del singular del presente de indicativo del verbo “haber”, alguien puede llegar a representar al pueblo soberano, a ellos no se les debería exigir ulteriores conocimientos. El problema, no obstante, no radica en la notoria injusticia que ciertamente encerraría la exigencia de mejor ortografía a quien va a recoger un título de bachiller que a quien va a recibir el acta de diputado, sino en que alguien que apenas sabe hablar con corrección (ya no vamos a hablar de dominar medianamente el añorado arte de la oratoria) pueda efectivamente ser líder político, líder de opinión y, aún, ser considerado una persona culta.

Cansados estamos quienes vivimos en Fuerteventura, y tememos que los habitantes del resto del archipiélago y de todo el país también estén cansados, de que a día de hoy no existan apenas dirigentes que sepan inaugurar una exposición ni presentar los libros que editan sus respectivos servicios de publicaciones sin pronunciar un discurso en que todas las oraciones empiecen por infinitivo. “Decirles que éste es un nuevo logro de...” “Nada más sino anunciar que...” “Por último, agradecerles...” Y así hasta el infinito. Señores políticos: esto que hacen ustedes es muy, pero que muy incorrecto. Las oraciones en buen español se componen de sujeto y predicado, y un infinitivo (“decir”, “agradecer”, “anunciar”) jamás puede formar una proposición que no sea sintácticamente subordinada; además, sus discursos ya son suficientemente impersonales sin necesidad de arrancarles las formas personales del verbo. Es una grave falta, una muletila tediosa, un pésimo ejemplo para el ciudadano que, Dios sabe por qué, todavía cree que sus políticos saben lo que dicen, y, sobre todo, ya nos duelen las orejas de oír tales puñaladas al idioma. Lo peor es que el lenguaje del periodismo, tan intensamente relacionado con el de la cosa pública, se ha contagiado también de esta gangrena gramatical y es frecuente escuchar en las radios y en las televisiones locales informaciones que comienzan regularmente por infinitivo.

Un caso que ilustra otro género de error (el latinajo fallido) es el que nos ofreció la semana pasada el presidente del gobierno de Canarias, Román Rodríguez, o quizá el periodista que transcribió sus palabras para EFE. Según esta agencia, Rodríguez aseguró que, aunque le parecía legítima, no haría “causa bélica” de la aspiración nacionalista de que las comunidades autónomas españolas estén representadas directamente en los consejos de ministros de la Unión Europea cuando se aborden asuntos que las afecten.

(Una aspiración, por otro lado, a nuestro parecer insensata y, por tanto, muy digna del nacionalismo abertzale’ ya que hablamos de todo: si esos asuntos afectasen al barrio de La Charca de Puerto del Rosario, ¿podríamos también sus vecinos reivindicar un plenipotenciario propio en la mesa europea? En La Charca creemos que no por dos razones. Una, de iure: porque nuestra barriada no es una entidad soberana que pertenezca a la Unión Europea, sino que pertenece a ésta como copartícipe de la soberanía de España, representada siempre en estos casos por el gobierno de la nación. Otra, de sensu: porque los vecinos de La Charca no perdemos el tiempo en disparates como intentar convencer al mundo de que nuestra identidad es diferente de la del resto de España (si no mejor), y desde luego no mediante un conglomerado pseudoideológico zafio, que atenta contra la inteligencia y, lo que es peor en algunos casos, contra la integridad y contra la vida de las personas. De momento, claro.)

El presidente Rodríguez, cuando declaraba (o su transcriptor, cuando redactaba), tenía en mente la expresión latina casus belli, que en el derecho internacional designa toda circunstancia susceptible de ser utilizada como argumento en pro de la guerra, sea finalmente o no motivo de ésta. Por ejemplo, el asesinato del archiduque Francisco Fernando de Habsburgo en Sarajevo fue el casus belli que indujo a Austria-Hungría a declarar la guerra a Servia en 1914 y, por ende, el que determinó el estallido de la Primera Guerra Mundial. Otros casus belli no llegan a provocar una guerra, porque las diferencias acaban dirimiéndose de otra forma. La injerencia del gobierno norteamericano en los asuntos internos de Chile en 1973, por ejemplo, cuando la CIA patrocinó el golpe de estado de Augusto Pinochet, podría haber sido esgrimido por Chile como casus belli si no fuera porque los golpistas triunfaron y porque, aunque no hubiesen triunfado, Chile nunca se plantearía seriamente declarar la guerra a los Estados Unidos salvo en caso de demencia repentina de su jefe de estado y de todo su parlamento simultáneamente, por muchas ofensas que ese país recibiera. Como para que haya causa tiene que haber efecto, en esta ocasión el casus belli no supuso una causa belli.

Un último ejemplo: los sucesivos abusos, desplantes e impertinencias que con el gobierno de España se permite el sátrapa que reina en Marruecos, cuyo régimen se beneficia directamente del tráfico de inmigrantes, del tráfico de drogas, de la ocupación ilegal del Sáhara Occidental y de muchas otras atrocidades, son casus belli que en tiempos menos pacíficos, sin duda, hubieran desencadenado un conflicto armado; no obstante, es harto improbable (afortunadamente) que hoy día semejantes casus lleguen a transformarse en causae.

Porque casus no significa “causa”, sino “circunstancia” u “oportunidad”. Y, por tanto, casus belli quiere decir “supuesto que justificaría una guerra” y no necesariamente “causa de guerra”, ni mucho menos causa bélica: la causa de un incendio no es una causa incendiaria, ni la causa de un asesinato una causa asesina. Hay acciones bélicas, preparativos bélicos y, si se acuerdan ustedes, Hazañas bélicas; pero no causas bélicas, sino causas de la guerra o motivos de enfrentamiento, que era lo que el señor Rodríguez se proponía decir cuando latineó con tan poco tino. Estas cosas pasan, tal vez, cuando se tienen demasiados conocimientos y poco tiempo para administrarlos: al presidente se le cruzaron en el magín el latinajo y la expresión más llana “hacer causa común” (o sea, “asociarse para defender una postura común”, que no tiene nada que ver pero también pertenece al léxico político-autonómico), de pronto lo acometió la necesidad de declarar, tiró por el camino de enmedio y le salió un churro léxico: “hacer causa bélica”. No es la primera vez que sucede y en todas las familias se recuerda un caso. Don Román: a ver si nos va a hacer falta una reválida a estas alturas... Canarias 7.

05 febrero 2002

Preguntas sin respuestas

George Bush aprovechó la polvareda afgana para denunciar el tratado por el que los Estados Unidos renunciaban desde 1972 al uso de Misiles Antibalísticos. Si el desaparecido Bin Laden no fuera un loco fundamentalista, bien parecería empleado de la CIA o del lobby militar e industrial norteamericano que tanto dinero ha ganado tras el 11 de septiembre y tanto va a ganar a partir de la denuncia del tratado. Nadie repara, sin embargo, en que el ataque al World Trade Center no fue efectuado con misiles, ni con una bomba nuclear, ni siquiera con armas biológicas. A propósito: el New York Times y el Washington Post publicaron en su día que, contra el derecho internacional, el gobierno de los Estados Unidos fabrica desde 1998 en un laboratorio en Utah armas basadas en el bacilo del ántrax, que circularon por el país y que muy probablemente son el origen de la oleada de muertes de ciudadanos por carbunco, tan casual y oportunamente desatada tras el atentado de las Torres Gemelas; si quien mandó las cartas infectadas no fuera un loco sin entrañas, también parecería contratado por el Departamento de Defensa norteamericano...

Tampoco la democracia sale bien parada del cúmulo de dislates: la creación de tribunales militares secretos, especiales para juzgar a terroristas extranjeros, virtualmente convierte a los Estados Unidos en una dictadura. ¡Cuánto costó desterrar los tribunales especiales del franquismo! ¡Qué poco han aprendido los actuales gobernantes norteamericanos de la experiencia española con el terrorismo, de las ilegalidades felipistas, de la muy exigible delicadeza del estado de derecho incluso hacia a sus agresores! Los malos tratos físicos y psíquicos infligidos a los prisioneros talibán encerrados en jaulas en Guantánamo, so pretexto de su posible peligrosidad, nos hace a todos los aliados de los Estados Unidos cómplices de una violación continuada de unos derechos y libertades a los que nuestra Constitución está adherida; por no hablar de la franca sustitución del derecho internacional por la ley del Oeste. Por otra parte, la caza de brujas en el mismo interior de los Estados Unidos (¡más de 450.000 denuncias por “actividades antinorteamericanas”!) nos devuelve de lleno a los años cuarenta. ¿A qué mundo de tiniebla y violencia nos ha devuelto Osama bin Laden? ¿Qué gran triunfo le estamos regalando? ¿Acaso debemos sufrir un nuevo talibanismo que compense la barbarie afgana? Después de la "guerra contra el terrorismo", vivimos en un mundo más tenso, más armado, menos libre, menos seguro. Lo único seguro que nos queda son las preguntas. De momento, sin respuesta. Canarias 7.

11 enero 2002

El euro nos hace viejos

La numismática es una ciencia apasionante, gracias a la cual podemos rastrear una parte importante de la identidad de los pueblos. Los nombres de las monedas y sus características físicas suelen arrojar luz sobre numerosos aspectos políticos, económicos y culturales de la historia de las comunidades que las utilizan, pero también certifican procesos y fenómenos que franquean la aduana de los siglos. El denario romano pervive en el dinar yugoslavo y árabe y en nuestro genérico dinero. El sólido de oro romano es hoy el sueldo que en moneda recibimos por nuestro trabajo. En muchas ocasiones nombra la moneda el lugar de su acuñación, el origen de su metal, la nación en que es de curso legal o el pueblo que la populariza, y así tenemos el besante de origen bizantino, el castellano medieval, el maravedí almorávide y cristiano, la libra tornesa o la guinea británica.

Un argumento parecido, el de la identidad geopolítica, movió a los padres de Europa a llamar euro a su futura unidad monetaria. La fría denominación de nuestra anterior unidad de cuenta común, el ECU, quizá fuese del gusto de los británicos, a cuyo idioma correspondían las siglas de la European Currency Unit; o de los franceses, en cuya lengua écu significa “escudo”, un término de larga tradición numismática que les habría resultado ciertamente cómodo. Pero había que buscar una marca que conviniese a todos los habitantes de la Unión y fuese común a todas sus lenguas; en ese sentido, el euro cumple todos los requisitos.

Ahora que el cambio es definitivo, la peseta se extinguirá en nuestros bolsillos y en nuestras facturas; pero ¿y las palabras? ¿Qué sucederá con todas las expresiones en las que pesetas y duros siguen vivos? El hecho de que la moneda única que ha entrado en vigor en nuestro continente se llame euro tiene múltiples significados y es de alguna forma resumen de todo un largo proceso. Entre sus consecuencias, quizá nos haya pasado inadvertida hasta ahora una que nos afecta a todos: nuestro lenguaje, el que hemos usado desde niños, también va a sufrir una transformación. Y con él, nuestra realidad más cotidiana.

Los nombres de las monedas tienen a veces una vida mucho más larga que su propia vigencia económica. Por eso quienes, faltos de ahorros, se quejan de estar sin blanca, de no tener un chavo o de andar sin perras, quizá no recuerden que la blanca, el ochavo y la perra fueron un día bastante lejano monedas o fracciones monetarias de curso legal. Los más viejos han seguido contando las cantidades pequeñas -y no tan pequeñas- en reales hasta hace bien poco; y aun todos, si compramos algún objeto a bajo precio, decimos con satisfacción que nos ha costado cuatro perras o cuatro cuartos; pero si después ese mismo objeto defrauda nuestras esperanzas diremos que no valía un real.

La persona que arriesga su dinero con quien no es de fiar, o tal vez su integridad física con quien es peligroso, no sabe con quién se juega los cuartos; pero quizá no le importa, porque escupe doblones, es decir, es muy rico y se jacta de ello. De aquello que estimamos en poco decimos que es de tres al cuarto, y si somos indiscretos y revelamos algo que deberíamos callar estamos dando un cuarto al pregonero. Cuando, hartos de la insistencia o el capricho de algún importuno, queremos concederle la razón o el objeto disputado y así acabar con la riña, zanjamos: ¡Para ti la perra gorda!

Llega un nuevo cambio monetario cuando aún están completamente vivas estas expresiones, y la curiosidad invita a imaginar qué pasará con las que tienen por protagonistas a los duros y las pesetas de un sistema que da sus últimas boqueadas. ¿Desaparecerá de nuestro vocabulario el resistente duro, que es anterior a la peseta, o adaptará su nombre a una nueva realidad; por ejemplo, a la moneda de cinco euros? ¿Qué será de nuestra peculiar forma de contar de veinte en veinte o de mil en mil duros? ¿Cuántos euros compondrán un talego? Con toda seguridad, cuando alguien nos caiga muy bien seguiremos diciendo que es más majo que las pesetas; y si, por el contrario, es un tacaño de aúpa, lo llamaremos pesetero. Si por muy poco no nos atropella un vehículo, le habrá faltado el canto de un duro, igual que hasta hoy. Cuando alguien asegure que no tiene un duro nos inspirará la misma lástima que si hubiese expresado su indigencia en céntimos de euro. Y, si la caricatura ha de seguir siendo eficaz, el catalán del chiste dirá siempre que la pela es la pela: el euro es el euro no funcionaría ni siquiera fonéticamente.

Es impensable que a partir de este año el euro se vaya a incrustar automáticamente en las frases hechas; pero, a buen seguro, el campo semántico del dinero se irá revistiendo de una nueva jerga popular que responda al sistema que empieza y que conviva con la anterior, quizá, durante siglos. Lo que resulta triste e indudable es que, tras la jubilación de la peseta, una parte del lenguaje y del imaginario de varias generaciones de españoles quedará enganchado al pasado por alguna de sus costuras y algún día, más tarde o más temprano, sólo los libros serán testigos de que existió. Mientras llega ese día, de la misma forma en que nuestros abuelos nos han sorprendido hasta el final contando en sus viejos reales, la peseta seguirá siendo un signo definitorio de nuestra realidad que, sin embargo, solamente lograremos transmitir a los más curiosos de nuestros hijos como un dato más de la Historia. Y es que no cabe duda: el euro nos hace un poco más viejos. Canarias 7.

30 diciembre 2001

Venganza

Quien haya leído la novela Cerco de arena (Barcelona: Luis de Caralt, 1961; Puerto del Rosario: Cabildo de Fuerteventura, 1998), del médico y periodista grancanario Enrique Nácher, y, mejor, quien haya vivido personalmente las inclemencias climáticas de la Jandía de hace cincuenta años, recordarán el ciclo anual como una sucesión de calamidades, salpicada de vez en vez por un año de aguas fecundadoras, si bien nunca suficientes. La tierra ingrata, la sequía, la plaga de langosta africana y, finalmente, la lluvia torrencial azotaban unas existencias aparentemente sin otro sentido que el sufrimiento.

La novela, de una calidad muy limitada (al costumbrismo más ramplón añade un argumento trivial e, incluso, a veces una puntuación deficiente), tiene no obstante el mérito de atestiguar una época ya difunta. Jandía es, en sus páginas, un reino natural en el que los humanos no son sino una especie más en busca de su supervivencia; una especie que no siempre tiene éxito en ese designio. La muerte violenta, la emigración, el aislamiento son elementos siempre presentes en las vidas de los habitantes del Morro Jable novelado. En la relación establecida entre Naturaleza y hombre, el papel de la primera es el de protagonista, mientras que el segundo se limita a esperar el agua y a confiar en “el amparo de Dios”.

Hoy día parece que el majorero toma venganza en la Naturaleza que le fue tan hostil -y aún tan sincera- durante siglos. Leemos el reciente artículo de Montserrat Martín Reguera (“Sin paisaje no hay identidad”, Canarias 7, 16 de diciembre de 2001) y no podemos sino asentir, casi con lágrimas de rabia en los ojos, ante su enumeración de los desmanes autorizados por las instituciones majoreras. Hoy no sufre el hombre: sufren las gavias, los barrancos, los malpaíses, las calderas, las montañas, la fauna y la flora. Se cambiaron las tornas, y hoy es difícil encontrar en nuestra isla una comarca natural que no haya sido menoscabada por manos irresponsables.

Nos digan lo que nos digan nuestros políticos, no necesitamos este ritmo de crecimiento. No necesitamos miles de plazas hoteleras donde no hay población que atienda esas plazas. ¿Por qué crecer por encima de nuestras necesidades? ¿Por qué crecer en número de camas de alojamiento, pero no en camas de hospital ni en pupitres escolares? ¿Qué interés tienen nuestros políticos en que así sea? Me niego a aceptar que todos ellos sean incompetentes o corruptos. Me niego a aceptarlo, y por eso todavía me pregunto por qué sucede todo esto. Del cerco de arena hemos pasado a estar cercados por la falta de visión a largo plazo, por la mezquindad electoralista y por los intereses económicos. Y quienes sufren son la isla y nuestro futuro en ella.

Desde estas líneas nos unimos al colofón de Montserrat Martín Reguera. Ni una cama más. Canarias 7 Fuerteventura.

22 diciembre 2001

Armar un belén

Llegan la Navidad y, con ella, los belenes. Llega la Navidad y tal vez no recordamos el sentido de esas figuritas que ilustran el alumbramiento más relevante en la historia de Occidente y, si queremos, del mundo. A los cristianos corresponde seguramente preguntarse si el primitivo sentido de su celebración tiene hoy algún protagonismo, siquiera alguna presencia, en nuestras navidades. Quizá deban preguntárselo a sí mismos, y después trasladar sus dudas a los que administran sus impuestos y ministran su soberanía. Pero éste es otro asunto.

Aquí nos proponíamos solamente comentar con nostalgia esta hermosa costumbre de armar el belén: repartir sobre un gran tablero unas montañas de papel maché, una hierba de musgo o tapete verde, una nieve de harina o poliexpán, un río de papel de plata y unas figuritas que representan el nacimiento de Jesús de Nazaret. Varias escenas del Evangelio se resumen en el belén: la anunciación a los pastores, la adoración, la llegada de los Magos (y no, por cierto, del usurpador Papá Noel); y, por qué no, alguna extraevangélica: el pastor que evacúa sus necesidades detrás de un árbol, que lo sagrado no quita lo humano. Algunos de los mejores recuerdos de nuestra infancia tienen que ver con la colocación del belén en casa, que una vez al año nos ofrecía la posibilidad de ser creadores de un mundo diminuto pero acorde con nuestros deseos.

Nada tenía que ver aquello con los improvisados guiones de nuestros juegos de indios y vaqueros, con muñequitos de plástico de color azul o rojo que siempre se caían porque sus bases tenían una incómoda rebaba en el centro. Las figuritas del belén se mantenían en pie porque eran de cerámica o plástico bien acabado, mostraban todos los colores de una película de romanos y no lanzaban flechas ni sostenían el lazo de los vaqueros, un tanto ridículo en su inmóvil despliegue, sino que, más pacíficas, lavaban ropa en el río, portaban corderos en los hombros o admiraban el paso de los astrólogos orientales a lomos de unos camellos lujosamente enjaezados. El guión del belén estaba prefijado y nuestra labor se basaba en la fidelidad: aunque el río pasase por otro lado o el castillo de Herodes cayese en otra esquina, la escena debía ser completa y fiel a la historia sagrada. Un belén no se improvisa.

Y ¿qué me dicen de los pasos previos? Abrir la caja que había permanecido durante doce meses de rara hibernación en lo alto de un armario y que, sorprendentemente, en todo ese tiempo nunca había conseguido tentar nuestra curiosidad; liberar los paquetitos del embozo de espumillón y apartar las bolas de colores para el árbol; desempolvar y abrir los líos de papel de periódico y rescatar del voluntario olvido al ángel, a la pastora y a la familia de ocas... El gozo que nos procuraba toda aquella paciencia recompensada es irretornable. Sólo podemos aspirar a experimentar algo parecido gracias a la mediación de nuestros hijos.

José Jiménez Lozano nos acaba de recordar con concisión e ironía sobresalientes el origen de los belenes y de la expresión “armarse un belén” (Rinconete, 17 de diciembre de 2001, Centro Virtual Cervantes). Verdaderamente no parece muy acorde con lo establecido que el pueblo llano se acerque con sus regalos y su adoración a un pesebre habitado por un recién nacido antes que al castillo del rey, ni que éste ocupe en el paisaje una posición muy secundaria con respecto al humilde establo. Cierto carácter subversivo que en la Edad Media motivó que se prohibieran los belenes se puede así mismo predicar de quien “monta un belén” para protestar por una injusticia. Al hilo de esta reflexión recuerdo la acampada de los trabajadores de Sintel en el Paseo de la Castellana de Madrid, este año que acaba, durante muchos meses de frío y calor: tremendo y admirable belén armaron allá para lograr que sus derechos fuesen reconocidos y llevados a efecto. Un belén, con sus chocitas y sus figuras de carne y hueso, que recompensó la paciencia, la ilusión y un pacífico pero exigente concepto de la justicia social. Y posiblemente sólo sea ese sentido de la expresión “armar un belén” el que a nosotros, ya adultos sin remedio, nos puede satisfacer plenamente. Canarias 7 Fuerteventura.

28 noviembre 2001

Guerra en Afganistán: la hipocresía al poder

En los Estados Unidos, la asociación de antiguos alumnos universitarios ACTA ha publicado un estudio acerca del “patriotismo” en las universidades norteamericanas. Para colgarle a estas instituciones el sambenito odioso de antipatriotas, este informe pone de manifiesto que el apoyo a la guerra, que es casi general en la población, baja si se hace la encuesta en los campus universitarios. La interpretación de este fenómeno por parte del estudio de ACTA no considera la posibilidad de que los profesores y estudiantes universitarios tengan una visión más informada, más inteligente o menos prejuiciosa del conflicto; al contrario, lo califica de “reacción de la Torre de Marfil”. Es decir, los universitarios viven en un mundo ideal, separados de los problemas del mundo real por sus lecturas y su actividad intelectual, que seguramente son excesivas...

Una institución privada tiene derecho a publicar los informes que estime convenientes. Lo único preocupante es que se trata de una asociación fuertemente vinculada al gobierno norteamericano a través de la familia Cheney. Eso, unido al hecho de que ya se empiezan a elaborar listas de profesores “patriotas” y “antipatriotas” y a analizar sus manifestaciones en clave de patriotismo, hace temer una regresión a los tiempos del maccarthismo y la caza de brujas. Por otra parte, es sabido que el FBI ha presionado en favor de la autorización de los “métodos especiales” (es decir, de la tortura) en el interrogatorio de los detenidos por sospechosos de colaboración con Al-Qaeda. ¿Qué mejor victoria se le puede brindar a Osama Bin Laden y sus descerebrados que suprimir en nuestros regímenes la libertad de expresión y el habeas corpus?

El ministro español de Interior ha dicho recientemente que “esta batalla la van a ganar la decencia y la moral, y quienes creen que la vida de las personas, sus derechos y libertades están por encima de la actuación de cualquier loco y de cualquier motivación que pueda esgrimir para hacerlo”. La frase fue pronunciada por Mariano Rajoy tras haber transmitido el pésame del Gobierno a la familia del ertzaina recientemente asesinado, Javier Mijangos. Efectivamente, los derechos y libertades de los vascos están por encima de todo; pero los de todos los vascos. Incluso los de los delincuentes. Eso es lo que aprendimos de la indigna aventura del GAL, y eso es lo que nos legitima; o al menos eso creíamos.

Y no obstante, el mismo gobierno cuyo ministro emite esas palabras, un gobierno que con toda razón condenó el GAL promovido por el gobierno de Felipe González, hoy apoya y es cómplice de una carnicería generalizada en Afganistán. El gobierno de los Estados Unidos ha autorizado la intervención en suelo afgano de su Delta Force, una unidad de combatientes de elite sin control ni sujeción a norma alguna. Ese gobierno, y a su lado el de España y el resto de los occidentales, han apoyado a las tropas de una Alianza del Norte que no podemos considerar los buenos de la película, tras conocer sus hazañas. Nuestros aliados mujaidines gustan de decapitar, torturar y matar en general y con crueldad extrema. Contra lo previsto por la Convención de Ginebra, fríen hasta la muerte a sus prisioneros dentro de contenedores metálicos abandonados al sol del desierto. Despojan a las mujeres del burka sólo para violarlas. Éstos son nuestros aliados, a los que en nombre de la justicia y del antiterrorismo toleramos tropelías sin fin. Son nuestra carne de cañón y nuestros sicarios. Ellos asesinan mientras mantenemos nuestras manos limpias y nuestros discursos altisonantes. Caerá Osama Bin Laden y ellos seguirán torturando, produciendo la heroína que la mafia rusa comercializa, asesinando a periodistas, entregándose al latrocinio y al terror.

Semejante va a ser el resultado de la campaña bélica en que con tanto ardor desea participar el presidente Aznar. Pero, en buena lógica, si el GAL no es de recibo, la matanza en Afganistán tampoco. No porque hospitales sean bombardeados por error o sin él, ni porque mueran niños inocentes en un campo de minas, sino porque también en nuestro trato con los delincuentes estamos sometidos a la ley. También ellos son sujetos de derechos. Aunque posiblemente ellos no merezcan que sus derechos sean respetados, nosotros no nos merecemos que nuestros gobiernos caigan tan bajo como ellos. Ningún deseo de justicia, ni tras la catástrofe neoyorquina ni tras ninguna, deroga los derechos de los afganos, ni tampoco los de los terroristas. Ninguna forma de pensar, ningún fin por justo que sea justifica medios ilegales en un presunto estado de derecho, ni en una comunidad internacional que presuntamente se rige por el derecho de gentes.

En el País Vasco el gobierno autónomo tolera y a veces patrocina la actividad de quienes amparan y dan cobertura a ETA. Dado el paralelismo que entre los integristas islámicos y los integristas abertzales continuamente establecen nuestros gobernantes, los siguientes pasos del presidente Aznar ya nos los imaginamos: bombardear San Sebastián, Bilbao y Vitoria, ocupar los valles de Guipúzcoa y entregarlos al saqueo por parte del Ejército o de alguna milicia ad hoc, violar a las habitantes de los caseríos a conciencia, perseguir y encarcelar a presuntos etarras sin preocuparse de recabar antes pruebas de sus delitos, eliminar la presunción de inocencia en aras de la justicia, eliminar los distingos de cualquier género, torturar por una buena causa, sustituir a los etarras por una banda de matones proespañolistas que aterroricen el campo euscaldún. Ejecutar sumariamente a los que matan. Muy importante: acusar de antipatriota a quien alce una voz contra tamaña barbarie, purgar las universidades de elementos pensantes y, si es posible, repartir muchos televisores entre la población. Es más: si el gobierno pretende mantener una mínima coherencia intelectual, le es exigible proceder así. Y, si no lo hace, siempre nos cabrá la duda de si evita actuar de esa forma meramente por desconfianza en el éxito de una campaña tal o por auténtico convencimiento y fe en las libertades públicas.

Mas en el caso de los Estados Unidos en Afganistán sí hay confianza, y eso es precisamente lo que el mundo está haciendo en Afganistán: ignorar las libertades, saltar por encima de la ley, insultar nuestra inteligencia y, lo que es peor, provocar muerte, dolor y ansia de venganza. Y, francamente, no nos lo merecemos. Canarias 7.

19 septiembre 2001

Sed de justicia

En estos días de tribulación y alarma internacional, cualquier persona que albergue un mínimo sentimiento de humanidad experimentará sentimientos encontrados. Hemos escuchado voces que claman venganza. Personajes populares la solicitan en sus intervenciones televisivas. El presidente Bush habla de “cazar” al terrorista. La ciudadanía norteamericana convierte en objeto de sus iras a los musulmanes que residen en su país y a sus templos e intereses, y ya se han producido los primeros ataques. Reconozcámoslo: será muy difícil mantener la serenidad.

Pero ése es el talante de las naciones democráticas: la serenidad. No cabe duda de que los luctuosos hechos del pasado martes requieren contestación. No queremos, ni nadie podría, invocar ningún hecho ni derecho que se oponga a que los norteamericanos respondan a la matanza; pero, con toda la indecente brutalidad de ésta, cada quien se encuentra donde se encuentra, la brutalidad se nos supone ajena y no debería contagiarnos.

La lucha contra el terror, sea éste local o internacional, es necesaria y obligada, y cada vez resulta más claro que con los terroristas sólo caben medidas policiales. En buena lógica, los criminales, cuya actividad nada tiene que ver con la política ni con la fe y cuyas acciones no han de ser valoradas de forma benigna por presuntas motivaciones políticas o religiosas, han de ser detenidos, juzgados y condenados conforme a derecho. Contra el terrorismo, policías, jueces y autoridades han de emplear el máximo rigor de la ley. Y rigor, no lo olvidemos, significa dureza, pero también limpieza.

El apoyo que Occidente ha manifestado hacia los Estados Unidos es más que exigible; y se ha de concretar en la formalización de un frente informativo y represivo común. Pero la implicación militar de la OTAN y el entendimiento del ataque masivo contra los Estados Unidos como un acto de guerra nos parecen desafortunados. La guerra, con toda su crudeza, es un instrumento de defensa reconocido por el derecho internacional y tiene lugar entre estados. Los hechos del martes pertenecen al ámbito de la delincuencia; a gran escala, sí, pero delincuencia, de la misma índole que un atentado etarra. Sólo la negativa de un estado a entregar al responsable y a sus cómplices, incluso aunque éstos fuesen altos cargos ejecutivos de ese estado, supondría un casus belli que justificaría la acción armada.

Pero todos tememos que la forma de saciar la actual sed de venganza del pueblo norteamericano sea una acción de guerra. Y si esa sed es comprensible, nunca está de más recordar que son las elites políticas, elegidas supuestamente, entre otras cosas, por su calidad ética, las que deben reconducir ese sentimiento estéril hacia otro democráticamente más legítimo: la sed de justicia. Sólo cumpliendo las normas jurídicas y reclamando justicia nos diferenciamos de las bestias que volaron el corazón de Manhattan. Es bueno recordar que el Antiguo Testamento, esa recopilación de textos históricos, legales y religiosos en que se recoge el viejo criterio del ojo por ojo, diente por diente, fue redactado y recopilado hace varios miles de años en el seno de una sociedad semibárbara.

Una acción de guerra indiscriminada, sobre ilegítima, sería inoportuna; Oriente Medio ya acumula suficiente odio. El régimen de Afganistán, si es cierto que ha apoyado al cerebro de ésta y otras acciones terroristas y se le prueba, debe pagar sus culpas; pero el pueblo afgano también sufre la barbarie integrista y sería injusto sacrificarlo para calmar la sed de sangre de los más exaltados. Sobre todo, hay que recordar que Afganistán, además de con Irán, mantiene fronteras con tres potencias nucleares: China, Pakistán y, a través de las repúblicas exsoviéticas, Rusia; y pertenece al mismo contexto geocultural que otra, la India. De esos países sólo uno, Pakistán, es aliado estratégico de los Estados Unidos, y en cuanto a China ya sabemos que cada vez se toma más en serio su papel de potencia mundial, máxime en Asia. Una acción a gran escala en la zona sería una grave imprudencia, y la OTAN debería refrenar los deseos de venganza de su aliado americano para que comenzase a utilizar conceptos como embargo económico, tratado de extradición, tribunal internacional de justicia. El uso de la fuerza por la fuerza se ha demostrado inútil sobradamente.

La enorme tragedia, de la que sólo conocemos los aspectos más espectaculares y cuya magnitud sólo empezamos a entrever, debería servirnos para activar nuestra cara más humana. Su dramática simpleza (el terror siempre es simple y ése es precisamente su poder disolvente) no debe hacernos perder de vista la complejidad de la situación ni la capacidad de apreciar los conflictos en sus justos términos: Israel crucifica a la nación palestina con la connivencia de Occidente; en Irak, todo un pueblo sigue sometido a la doble opresión de su tirano y de los ejércitos occidentales; Oriente Medio y Asia Central son, por muchos motivos, peligrosos polvorines; el Islam es una religión tan digna o tan poco digna como las demás, y generalizar como solemos hacer los occidentales, identificar a todo musulmán con el fanatismo, es sencillamente estúpido. Todo esto no deja de suceder porque haya habido un atentado en Nueva York y Washington, por muy horrible que éste haya sido y por mucho que nos conmueva también aquí, en Puerto del Rosario, tan lejos y tan cerca de la catástrofe. Los terroristas han de pagar sus crímenes, pero su ceguera jamás justificaría la de Occidente. Canarias 7.

28 agosto 2001

Lobos o la confirmación

Imagine el lector a una madre. Basta con que imagine a una madre pero, si necesita más detalles, imagínela negra y muy pobre. Imagínela habitante de una populosa ciudad nigeriana en que una multinacional del petróleo sustituye a la Administración, o de una aldea de Sierra Leona azotada por la guerrilla que le disputa al Gobierno el control del tráfico de los diamantes que embellecen nuestras joyas. Imagínese a esa madre ingeniándoselas cada día para sobrevivir al hambre, para cuidar a sus numerosos retoños y para escapar al SIDA, a las asechanzas de un marido impuesto y a la caprichosa violencia de la mafia que domina su barrio. De vez en cuando, cuando tiene unos minutos para sentarse, piensa en su hijo mayor, para el que reunió todo el dinero de que disponía y un buen pellizco de deuda, el hijo que robó hasta juntar el astronómico precio del pasaje, que cruzó selvas, saheles, desiertos y un océano, pisó ciudades desconocidas, fue estafado en decenas de idiomas ajenos, recibió palos en comisarías y bazofias hediondas en campamentos. Piensa en él, recuerda su nombre y, pese a la falta de noticias, cree que logró su objetivo y que un día le llegará una carta desde España u otro país europeo. Ella conoce el principio de la historia.

Disculpe el lector si en el tono hay algún matiz melodramático e imagine ahora lo que en estos momentos pasará por la cabeza de alguna de las personas que ayudaron a rescatar los cadáveres de los jóvenes muertos hace unos días en Isla de Lobos. Los nueve jóvenes acabaron ahogados o estrellados contra las rocas tras haber sido arrojados al mar por los patrones de las pateras que los transportaban desde la costa del continente a cambio de medio millón de pesetas. Imagine, si no es uno de ellos, lo que esos miembros de Cruz Roja o de las Fuerzas de Seguridad sentirán en estos momentos. Entre sus brazos han sentido el frío de la muerte más injusta, la muy simbólica rigidez de estos ahogados. Ellos conocen el trágico final de unas vidas, pero no saben más. Y, no obstante, antes de esos cadáveres hay nueve historias: infancias, juventudes, luces, olores, sabidurías, ignorancias, amores, odios, necesidades, sufrimientos, aprendizajes, alegrías, madres.

Todavía imagine el lector, si tiene paciencia y no se cansa de seguir tanta sugerencia, a un desprevenido visitante del cementerio municipal de La Oliva. Un turista alemán, un peninsular poco informado o un inmigrante ilegal que recién arribó, por ejemplo. Pasea por el camposanto porque allí enterraron a un familiar lejano, o porque está ocioso, o quizá por esa rara afición de los anglosajones a pasear por los cementerios. No ha leído las noticias. No sabe nada antes de leer sobre la tapa de un nicho, por toda leyenda: “Africano”, y una fecha. El turista de Hamburgo, el albañil gallego o el refugiado guineano lee y no sabe nada. De toda una vida (de una vida, además, curtida en mil experiencias y paisajes), sólo nos queda una fecha. El lector accidental de esa inscripción sobre el cemento mortuorio no conoce siquiera el final. Decir “africano” y una fecha es tanto como no decir nada.

Y ahora permita el lector que pasemos por alto la tragedia que supone el desperdicio de un puñado de vidas que empezaban y que no expresemos nuestro dolor por el posible desamparo de nueve posibles madres, que no saben que han perdido a sus hijos. Nuestro lamento, en este momento en que escribimos, es por todos nosotros: por los que vivimos en una sociedad que asume con naturalidad tal desarraigo, la desconexión entre el principio y el final, la inoperancia, la incomunicación absoluta más allá de la muerte, el despojo de la personalidad, la gratuita aniquilación de las historias individuales, la desvirtuación de lo humano. El mundo, desde que esos cadáveres fueron encontrados en Lobos, nos es un poco más desconocido que antes, un poco más incomprensible, y en ello somos nosotros quienes padecemos menoscabo. Estamos incompletos y, a poco que indaguemos, sabremos que lo que nos falta, eso que no vemos o no queremos ver, es el ingrediente más importante de nuestra esencia como especie civilizada. Aceptar semejante deshumanización con el mismo desparpajo con que comentamos el último entrenamiento de Zineddine Zidane es la antesala de algo. No sabemos de qué, pero nos tememos que de algo muy sucio y terrible. Canarias 7 Fuerteventura.

27 junio 2001

Noche de San Juan

En el barrio de Tamogán se disfrutó mucho la noche del fuego. Los vecinos pusieron bien alto el merengue y la salsa, abrieron las ventanas, bajaron a la calle mesas y sillas de campo, ollas, tarteras y bebida y encendieron sus barbacoas con la candela del santo: sardinas, chuletas, salchichas a la parrilla... Cenaron mirando el fuego. Los de Protección Civil se pasaban de vez en cuando en su landrover y saludaban a los vecinos, que los invitaban a algún bocado y a algún trago. En Puerto del Rosario, la fiesta popular todavía es posible. Sobre las tres de la mañana los mayores ya hacía un rato que se habían retirado, pero algunos jóvenes jugaban aún a las cartas y los niños -era una noche excepcional- seguían por la calle.

Los más chicos habían contemplado boquiabiertos las llamaradas durante horas, habían esperado a que el fuego se les fuera quedando chico, empezaron acercándosele poco a poco y por fin le tiraron piedras con furia. Vi a dos realmente pequeños coger entre ambos un bloque de hormigón, de los de construcción, balancearlo para darle impulso y lanzarlo contra las brasas: disfrutaban viendo elevarse la nube de pavesas sin que las llamas les pudiesen ya morder. Los más osados hacían desmoronarse los últimos tizones enteros a patadas. Nuevos prometeos, dominando el fuego vencían el miedo y negaban la obediencia. Algo debe tener si nos cautiva así y lo convierte todo -un asadero, los juegos infantiles- en ritual.

Esto sucede así, posiblemente, en cualquier rincón del mundo occidental y desde los tiempos del paganismo. No se sabe muy bien qué es el fuego: sabemos qué es lo que se quema, a qué temperatura sucede, qué debemos hacer para provocarlo, qué queda después de la hoguera. Pero no existe por sí mismo, sin la combustión de algo que es distinto. ¿Qué cosa es exactamente el fuego? Lo misterioso de su naturaleza puede haber contribuido a la veneración -privada y pública- de que ha sido y es objeto. Gaston Bachelard observó que lo primero que los niños aprenden sobre él es que no se debe tocar, y así constituye uno de nuestros primeros tabúes.

De todos es conocida, y la otra noche lo hemos vuelto a experimentar, la atracción que el fuego ejerce sobre la vista. Una vez que nuestros ojos se posan en la pira, qué difícil es retirar la mirada. Qué difícil es no entregarse a reflexiones y sentimientos no acostumbrados. Miraríamos horas y seguiría fascinándonos: es tan hermoso, tan sugerente y tan inasible que parece sobrenatural. El fuego, sólo con su presencia, nos devuelve por unos momentos nuestra condición de seres espirituales y, por tanto, mejores.

Su carácter física y espiritualmente purificador y su evidente relación con el sol lo hicieron centro de religiones y manifestación de devoción o santidad. Recordamos la osadía de Prometeo, el testimonio homérico de los funerales de Patroclo o el fuego eterno del zoroastrismo, que aún pervive en la ciudad iraní de Yazd. El fuego da la vida o la quita. Participa en todos los ritos de iniciación conocidos. Curiosamente, el judaísmo y el cristianismo, que conforman el núcleo de la cultura occidental, no conocieron el significado sagrado del fuego hasta que la Iglesia se vio forzada a asimilar las celebraciones paganas, imposibles de desarraigar de la cultura popular, y transformarlas en fiestas del santoral cristiano.

La noche de San Juan, los vecinos de San Pedro Manrique (Soria) caminan sobre una alfombra de brasas. En otros muchos lugares de España, los mozos saltan sobre la hoguera. El hombre joven inaugura esa noche una forma de relacionarse con el fuego que les está vedada a los no adultos: quiere integrarse con él, no ser su enemigo. Es la prueba de fuego que ha pasado al lenguaje coloquial, el rito de iniciación que, prescindiendo de cualquier nexo con la doctrina cristiana, hunde sus raíces en la más pagana noche de los tiempos. En la noche de San Juan las normas se relajan; a veces adopta un matiz erótico que tiene también mucho de iniciación.

La noche de San Juan se celebra desde épocas ancestrales, muy anteriores a la predicación de Jesús de Nazaret; sólo que entonces se relacionaba con el solsticio de verano, el día en que las horas de sol son más largas y su divinidad ejerce, por consiguiente, su mayor poder. La Iglesia situó a San Juan en una fecha que convenía cristianizar, por las fuertes connotaciones paganas que en un mundo eminentemente agrícola tenían el solsticio y la ceniza fertilizadora. Hoy no dependemos como ayer del ciclo solar, pero el calor de la hoguera nos puede ayudar a recordar, aun inconscientemente, que no todo existe en términos de otredad; también caben la comunión con la naturaleza y una espiritualidad alejada de la teología. El fuego, con su misterio, nos anima a observar los matices de la realidad más de cerca, con la mente y los poros abiertos. Canarias 7 Fuerteventura.

07 junio 2001

Una fiesta de los sentidos

Muchos pensarán que los libros son cosa del espíritu. Paradójicamente, una feria de libro viejo y de ocasión es, además, todo un regalo para los sentidos del buen aficionado. Quienes pertenecen a esa especie rara e incomprendida que son los bibliófilos saben que el contacto con un libro, y especialmente con un libro viejo, desafía al que lo toma en sus manos con toda una serie de estímulos no muy lejanos a los que en el gourmet despiertan los platos mejor aliñados.

Cuando rebuscamos en los anaqueles repletos de pieles gastadas y de papeles que amarillean, es inevitable un leve picor en las narices: las partículas de polvo añejo que arrojan a la atmósfera los libros al ser manipulados, hojeados o cerrados con un pequeño golpe aportan un entrañable elemento de sacrificio, parecido al lagrimeo del cocinero al cortar la cebolla. Las yemas de los dedos sucias al terminar el huroneo por las estanterías son también consustanciales con esta actividad.

La vista conoce el amarilleo característico que proporcionan los muchos años de sol; las manchas que procuran la humedad y el moho; el desgaste que en lomos y cantones provoca el mucho uso. El bibliófilo avezado distingue colecciones y editoriales ipso facto, sólo por sus características físicas. Si encuentra algo que le gusta, exagera su cara de desinterés al preguntar el precio. El librero avezado, por su parte, reconoce ese gesto y nunca rebajará el artículo. Una vez en casa, el coleccionista experimentará el deleite de abrir con el abrecartas, uno a uno, los pliegos del libro que permanecía intonso (pocas palabras hay tan hermosas en el diccionario), a la espera de un dueño y lector.

Los que gustan del libro de ocasión conocen el placer sublime que reporta el encontrar en la fila de los 3 por 1.500 aquel ejemplar que llevaban buscando años, esa monografía apasionante publicada por una editorial humilde y con poco acceso a la distribución, muy poco vendida, descatalogada pronto y, por tanto, condenada al agujero de los restos de edición. Después de dar tumbos por almacenes y puestos de feria, de cambiar de manos sumergidos en la marea de los lotes comprados y vendidos casi al peso, el libro encontró su destinatario; porque de esto se trata: de cumplir un destino. Todo libro llega a su lector; es cuestión de tiempo. Canarias 7 Fuerteventura.

21 abril 2001

Troyanos

Esto de los troyanos es cuando menos curioso. Me dice el informático:
-Ese virus será un troyano.
Y yo digo:
-Ah.
Y él me mira con cara de sabidillo y me dice:
-Conoces la historia del caballo de Troya, ¿no?
-Sí.
Y él, con cara de pero-hay-que-ver-qué-ignorante:
-Pues por eso se llama “troyano”: porque se te mete en el ordenador y te ataca desde dentro.
Y yo pensé: y entonces, ¿no se debería llamar “aqueo”? Seguro que esto es cosa de los americanos. Pero no le dije nada: la informática es una ciencia misteriosa que debe tener su propia lógica.

23 noviembre 2000

Aprender del pasado

Una de las transformaciones que el progreso ocasionó en el campo majorero, como en el de otras regiones de España, fue la apresurada sustitución de aperos, adornos, muebles e indumentarias de antaño por otros más prácticos y acordes con modas más urbanas. Viviendas y taros vomitaron de pronto su herencia secular, que acabó descartada en vertederos y traperías sin que quienes habían empuñado el arado volvieran a darle tal vez valor alguno.

En algún pasaje de Las cordilleras del alba, el poeta albercano José Luis Puerto alude a la relación que en otro tiempo existió entre las personas y las cosas en el mundo rural: “De las cosas, su materia, su inmovilidad, su quietud, el don apacible de su compañía. Más duraderas que nosotros, venían de un mundo anterior a nuestro principio y, seguramente, se prolongarían más allá de nuestro acabamiento. Y el tiempo era un aprender a vivir con ellas, con su estar ahí, con su silencio, con su nombre”.

Quizá en eso radique el atractivo que ejerce ese mundo sobre nosotros, los que hoy encontramos imposible conectar de ningún modo con los objetos que nos rodean porque carecen absolutamente de durabilidad. Quizá por eso es aquí, en el campo de lo que paradójicamente se ha denominado cultura material, donde podemos esperar encontrar el pulso espiritual que esconden las cosas.

De ahí la importancia de mantener y mejorar la excelente red de museos, centros de interpretación y salas de carácter etnográfico que las autoridades cabildicias de patrimonio histórico mantienen en Antigua (Centro de Artesanía Molino de Antigua), Betancuria (Museo de Betancuria), La Oliva (Museo del Grano o Casa de la Cilla), Tefía (Ecomuseo de La Alcogida) y Tiscamanita (Centro de Interpretación de los Molinos), aparte alguna colección privada como la de La Rosita en Villaverde. De la conservación de los objetos que ilustran nuestra intrahistoria depende en gran medida la conservación de nuestra identidad. Canarias 7 Fuerteventura.

16 noviembre 2000

Israel y los mitos

Publica el pasado miércoles 1 don Ricardo Lezcano uno de sus habituales artículos en la sección de Opinión de Canarias 7, con el nombre de “Palestina y la historia”. Y, si bien siempre nos alegramos de encontrar posturas más o menos conscientes sobre el tema (y no meras simpatías irreflexivas, que es lo más frecuente), no podemos estar de acuerdo con su planteamiento. Don Ricardo repasa parcialmente la historia del sionismo y de la lucha de los palestinos por su independencia y viene a afirmar que la culpa del conflicto es de los árabes: si éstos “hubieran aceptado la partición de 1947, Palestina sería hoy un Estado independiente, con mayor territorio que el que le queda actualmente, y no se hubieran producido los casi cien mil muertos que costó el error de 1948”. Curiosa perspectiva la del señor Lezcano.

Dice don Ricardo que no se ajusta a la verdad histórica la afirmación de que Palestina es la patria de los palestinos. Arguye que, del 2000 a. C. al 135 d. C., los hebreos poseyeron esa tierra y que, después de su expulsión, Tierra Santa perteneció a bizantinos, persas, turcos y británicos. No es menos cierto, no obstante, que la presunta posesión de Palestina por los hebreos no supuso sino el intermitente dominio de poco más que una tribu, entre los numerosos pueblos semitas y étnicamente indiferentes que poblaban el Canaán bíblico, sobre las demás. Por otra parte, no entiendo nada: ¿ha de ser mejor argumento una presencia interrumpida hace dos mil años que otra ininterrumpida y que hoy duplica esa antigüedad? Sólo aceptando las bases teológicas del irredentismo judío y negando, por tanto, toda evidencia histórica y antropológica es posible manejar tal argumento.

El estado judío basa su ficticia identidad en mitos fundacionales que encontramos en las Escrituras, y fija su edad gloriosa en los emblemáticos reinados de David y Salomón, hace la friolera de tres mil años. Pero lo cierto es que en Tierra Santa se sucedieron estados de composición étnica mixta (los principados cananeos y filisteos, Moab, Edom, Judá, Israel, Damasco, etc.) e imperios que acarrearon mestizajes y deportaciones masivas (Egipto, Asiria, Persia, la Siria helenística, Roma, etc.). Incluso en el terreno religioso el Israel de los tiempos bíblicos fue muy heterogéneo; la ortodoxia judía que hoy conocemos es una elaboración posterior y muy sofisticada. En una marea demográfica de cuatro mil años, lo hebreo se difumina. Lo que sucede es que en ninguna otra de esas entidades políticas o religiosas se ha dado la circunstancia de que sus textos sagrados se hayan convertido en textos sagrados universales y sus mitos se hayan tomado en serio, dos y tres mil años después, como si de crónicas históricas se tratase.

El sionismo, nacido en el siglo XIX, hace de la Jerusalén bíblica el objetivo de todo un pueblo, aunque antes se hubieran barajado otras posibilidades: durante una época, los judíos pensaron en establecerse en la Patagonia aunque, por fortuna para la República Argentina, el proyecto sionista resultó más atractivo. Durante la primera mitad de este siglo los judíos, perseguidos en casi toda Europa, consiguen la aquiescencia del poder colonial (el Plan Balfour de 1917) para adueñarse de la tierra que su libro sagrado les señala como prometida. Con la ayuda del capital de los judíos del mundo y, especialmente, de los norteamericanos, colonizan Palestina, marginan a la mayoría árabe, organizan bandas terroristas que imponen el caos en el mandato británico, instrumentan eficaces campañas propagandísticas aprovechando la mala conciencia occidental tras el holocausto nazi y obtienen de la ONU el reconocimiento y un plan de partición del territorio que para ellos, que tienen dinero y se pueden permitir esperar, es sólo un paso: nunca tuvieron, por ejemplo, la intención de renunciar a Jerusalén). Los más radicales de los palestinos contestan entonces al terror con el terror y dan argumentos a los partidarios de los israelíes.

Tras la partición de 1947, que los que no deseen parecer tan inocentes como el señor Lezcano habrán de reconocer era inviable, y la proclamación del Estado de Israel en 1948, los hebreos estiman necesario quedarse con todo el territorio al oeste del Jordán e imponen la fuerza de su poderoso ejército y de la diplomacia y los apoyos económicos occidentales. Expulsan a la mayor parte de la población autóctona, que hasta la guerra de los Seis Días (1967) superaba aún el 50%, e imponen un apartheid de hecho sobre la que permanece, olvidando las persecuciones hasta poco antes padecidas. En determinadas fases proyectan (Plan Allon) anexionar Cisjordania, Gaza y territorios que pertenecen a terceros países: el Sinaí egipcio, los Altos del Golán sirios, el sur del Líbano, etc., para lo cual prosiguen con su estrategia mixta de colonización civil y ocupación militar.

El hecho es que el Estado de Israel, pese a que mientras la situación internacional se lo ha permitido siempre ha alegado la defensa propia, ha sido y es un estado expansionista que durante la guerra fría contó con el decidido apoyo del mundo capitalista, ya que era su mejor baluarte en Oriente Medio. Cuando los palestinos luchan por sus derechos con el apoyo de países vecinos que les son amigos, en cambio, el mundo los llama terroristas y llega el señor Lezcano y les echa la culpa del conflicto por no haberse resignado en su día a la desmembración y al expolio del país en el que llevan viviendo milenios.

Todo, en cualquier caso, tiene raíces religiosas: étnicamente, los palestinos de hoy (los cananeos de ayer) no son muy diferentes a los hebreos expulsados por los romanos. Incluso sus lenguas son similares, mucho más que el español respecto del inglés. Por no hablar del mestizaje experimentado por los hebreos durante su bimilenaria diáspora: las elites del estado de Israel tienen mucha más sangre germánica o eslava que semita. Los ciudadanos de un estado que fundamenta su ciudadanía en la religión provienen de Marruecos, de Ucrania, de Estados Unidos, de Alemania, de Polonia, de Etiopía o de Bosnia, y su cultura es esencialmente europea. Sólo por motivos ideológicos -que les han permitido sobrevivir como comunidad durante dos mil años- conservan conciencia de descender de los hebreos expulsados en los siglos I y II y pueden hablar de una nación judía que no tiene fundamento étnico. Sí hay una ideología judía o, por mejor decir, una mitología judía. En este sentido, no hay que olvidar que en 1975 la Asamblea General de las Naciones Unidas condenó el sionismo como una forma de racismo.

Y esa mitología racista, aceptada por todos nosotros en mayor o menor medida, es la causa de la tragedia palestina. Hoy y en ausencia de la amenaza soviética, sin embargo, será más difícil que Occidente acepte a cualquier precio la violencia israelí. Los palestinos, por su parte, han cometido muchos errores y su violencia, aunque en comparación con la israelí sea insignificante, es también rechazable. Pero nos negamos a aceptar que se los culpe de un conflicto en el que, sin haberlo comido ni bebido, se juegan la existencia.

La solución debería plantearse en forma de estado palestino-israelí integrado, multiétnico y multicultural; pero esto choca con la esencia confesional del Estado de Israel. Tal vez sea más cómodo seguir atribuyendo la responsabilidad de todo a los árabes, bombardear sus casas y tirotear a sus hijos. Algo parecido sucedió en Sudáfrica y en Timor Oriental, y hoy son casi libres. Lo mismo sucede en el Sahara Occidental, y un día será libre. Y lo mismo le espera a Palestina, más tarde o más temprano. Recemos para que entonces cada uno recoja sólo la comprensión que merezca, y no la violencia que haya sembrado. Canarias 7.

24 octubre 2000

La televisión como síntoma

En los Paragüitas escucho a dos paisanos comentar las últimas novedades de la televisión. Hablan de esa abominable pareja de freaks formada por Tamara y Leonardo Dantés; bastante menos abominables, con todo, que quienes día tras día fomentan su popularidad desde sus tribunas mediáticas. Me acerco a la Iglesia y, en el quiosco, mientras Suso Machín, que es bastante sabio, prefiere alimentar a las palomas, alguien defiende acaloradamente a alguno de los concursantes de El Bus, ese programa -concurso tan falso y desprovisto de enjundia como su exitoso predecesor, Gran Hermano. En todos los rincones de España sucede, a esta misma hora, tres cuartos de lo mismo.

El enaltecimiento de lo kitsch, el abuso de lo cutre y el adocenamiento de todo discurso destinado al público presiden la programación de los medios de comunicación de masas. La superficialidad de sus contenidos y la repetición ilimitada de esos mensajes triviales consiguen que, en completa desconexión con respecto a una ética mínima e imprescindible, el público aplauda y eleve a sus altares a personajes que en otras fases de nuestra historia colectiva hubieran sido despreciados por todos, cuando no reprobados: busconas de lujo, especialistas del braguetazo y -lo peor de todo- vagos, buenos para nada, nulidades que tuvieron la fortuna de nacer en la familia más adecuada, deficientes mentales transformados en estrellas en virtud de la magia televisiva.

Ésos son hoy nuestros dioses. Y ocupan nuestra conversación y nuestro pensamiento hasta el punto de, en algunos casos especialmente graves, ocasionar agrias disputas. He visto a venerables ancianas insultarse violentamente en defensa de sus respectivos favoritos para el premio final de uno de esos programas basura con que las cadenas atentan contra nuestra salud mental.

El fenómeno no es nuevo: en el capítulo XXIV de la primera parte del Quijote, el Caballero de la Triste Figura y Cardenio llegan a las manos a causa de las enfrentadas valoraciones que hacen de cierto cotilleo de tintes sexuales sobre el maestro Elisabat y la reina Madásima. Vemos así que, en el siglo XVII, los libros de caballerías -la literatura popular, lo más parecido entonces a los mass media- aportan a los locos como Don Quijote y el Roto argumentos que, siendo banales, ocupan el lugar, el tiempo y la oportunidad que deberían reservarse a los que son de vital importancia.

¿Es todo ello síntoma del ocaso de una civilización que da sus últimas boqueadas o, por el contrario, se trata de un rasgo común a toda época y, por tanto, no nos debe preocupar? Yo confieso que no tengo respuesta para esta pregunta. Cervantes, como hemos visto, nos es testigo de que, al menos en su siglo -un siglo, por cierto, de decadencia reconocida-, el problema también existía. Nietzsche, por su lado, en El gay saber señaló como uno de los síntomas de la corrupción de un pueblo la fe en “todo lo que está bien dicho”, con independencia de su contenido. En ésas estamos. Canarias 7 Fuerteventura.

19 octubre 2000

Conquistar a Bethencourt

De paseo por Puerto de la Peña, Vega de Río Palmas y Betancuria, es imposible no sentir en la nuca el hálito de la Historia. El viajero no puede sino imaginar los primeros días de la dominación española, llevada a cabo en este caso por sorprendidos caballeros franceses, descendientes de los guerreros nórdicos que hasta el siglo XI habían aterrorizado a los habitantes de todas las costas de Europa. A principios del siglo XV, Jean de Bethencourt ganaba para el rey de Castilla Fuerteventura, a cuya primera capital había de dar nombre con el suyo. Muchos siglos después, miles de canarios e hispanoamericanos descendientes de canarios aún llevan su apellido: Bethencourt, Betancur. Él y otros como él fueron los fundadores de un tramo irrenunciable de nuestra historia.

Imagino al corsario francés recién llegado de la verde Normandía, plantado en lo alto del Morro de la Cruz y boquiabierto, contemplando el hermoso espectáculo que ofrecen la mitad norte de la Isla y lo que el buen tiempo permite ver de Lanzarote. Lo imagino dispuesto a disfrutar de la tranquilidad del feraz valle de Betancuria; a retirarse como soldado viejo y dedicarse, nuevo Diocleciano, al cultivo de su huerto. Lo quiero imaginar humano, sencillo, cansado de la sangre. Me gusta verlo como el precursor de esos nórdicos inofensivos que también invaden la Isla con el solo afán de disfrutarla...

Pero he visto a la mayoría de esos turistas nórdicos habitar hoteles en los que la gastronomía es sustituida por la pitanza rápida y al gusto europeo, sin mucho interés por compartir nada que no tengan ya en casa. He visto a una respetable señora rubia visitar Ajuí y llevarse de Caleta Negra, como estúpido souvenir, fragmentos de una roca que llevaba allí, sin molestar a nadie, la fruslería de cien millones de años. He podido ver a algunos ensuciar, consumir, trivializar. A otros los he visto comprender.

Es posible que Bethencourt también comprendiese lo que, movido por su afán de lucro, conquistaba. Que para él los aborígenes que colaboraban con los suyos no fueran únicamente objetos utilizables, ni sus tierras tan sólo un fácil botín de guerra. Quizá Bethencourt, a su manera, apreciase o respetase aquella cultura que estaba destruyendo. Espero que esta sensibilidad satisficiera de alguna forma a los majoreros por él sometidos y esclavizados.
De alguna forma hemos de encontrar el elemento que, en este nuevo tramo de historia majorera que se inaugura, nos satisfaga. Parece inevitable que, en el plazo de no demasiados años, la mitad de nuestros paisanos se apelliden Hoffmann, Müller o Williams. Busquemos un mestizaje razonable que nos complete económica y espiritualmente. No nos dejemos conquistar, sin más, por el afán de lucro de ellos, que es el nuestro. Invitemos a Bethencourt a compartir nuestra casa y conquistemos al invasor. Canarias 7 Fuerteventura.

17 octubre 2000

Tontos del culo

Anoche hemos visto por televisión La lista de Schindler, la obra maestra del genial cineasta Steven Spielberg. Uno no se cansaría jamás de gozar de la trágica y evocadora belleza de sus imágenes en blanco y negro, ni de admirar las imponentes interpretaciones de Liam Neeson y Ben Kingsley, ni de sorprenderse con las crudas secuencias de brutalidad que en ella se recrean, casi como si se tratara de un documental sobre el exterminio de los judíos por la Alemania nazi.

Estremece la película por su perenne actualidad: las terribles escenas, más o menos noveladas, a que hemos asistido en la obra del judeoamericano, han sido y son realidad hoy en demasiados rincones de este contradictorio mundo nuestro, que es global sólo en lo que se refiere a la explotación económica, pero no para los derechos humanos. Bosnia, el Sahara Occidental, Kosovo, Sierra Leona y Timor Oriental, pese a su proximidad, son sólo nombres borrosos en nuestra memoria colectiva del horror; pero sus desafortunados habitantes conocen de primera mano lo que Spielberg quiso denunciar en su filme. La lista de Schindler es un alegato eficaz contra la violencia; un alegato un tanto maniqueo, como corresponde a la firma de Spielberg y al mercado estadounidense a que está inicialmente destinado, pero decidido, militante, nada tibio. Consigue sacar a flor de piel todo lo que de bueno llevamos en nuestro interior.

También estremece porque, a través de las figuras de los judíos alemanes y polacos, que en muy pocos años pasan de vivir como reyes a trabajar como esclavos y morir como perros, nos avisa de lo fácil que es que en el delicado equilibrio social, aprovechando un período de recesión en el ciclo económico, se abra de pronto una fractura. Si esto sucede, suele pillar por medio a los diferentes, a los que no son como la mayoría, porque son más fácilmente identificables como culpables. La barbarie se acredita de pronto para arrasarlo todo, con la participación de esa mayoría o gracias a su tibieza. Ahora nos resulta inexplicable: los abuelos de los verdugos nazis fueron Bach, Schiller, Goethe y Beethoven, y sus nietos hoy hacen windsurf en Jandía.

La Historia y la Antropología nos enseñan que, en uno u otro grado, todos somos mestizos biológica, política y culturalmente y que esto, precisamente, no supone otra cosa que fertilidad. Algunos cierran los ojos a esta realidad histórica, dialéctica como todas las realidades y fecunda como todas las dialécticas. Y los que voluntariamente cierran sus ojos a la realidad aspiran a tontos. Aspiró a tonto Adolf Hitler, aspiró a tonto Sabino Arana y aspiró a tonto el recién defenestrado Slobodan Milosevic. De hecho, sacaron matrícula de honor.

Aspiran a tontos también esos jóvenes botarates que, quizá para resolver alguna cuenta personal pendiente o, lo que sería peor, porque se han creído los argumentos contra los que han luchado desde siempre Oskar Schindler y muchos hombres de bien, optan por atacar con fuego la Residencia Fuerteventura, donde se alojan casi cuarenta niños marroquíes. Echan la culpa de sus males al que es distinto. ¡Cuántas veces hemos tenido que soportar estas patéticas conductas! Si no fuera porque ellos son la simiente de un posible Adolfo Hitler, darían risa. Pudiendo aspirar a ciudadanos, sólo aspiran a tontos del culo. Pobres. Canarias 7 Fuerteventura.

07 octubre 2000

Los caballitos

Ha llegado la feria a Puerto del Rosario, y en su tiovivo Super Ratón persigue a Bart Simpson, y éste al Inspector Gadget. Distintas fases de nuestra infancia e, incluso, distintas infancias se dan cita en el abigarrado carrusel, y los esmaltes brillantes de los coches no parecen sufrir el paso de los años. Son vestigio de un tiempo en que se medía de otra forma la importancia de lo novedoso frente a lo viejo; de un tiempo menos apresurado.

Antaño el ocio de los jóvenes y de los adultos se desgranaba de otra forma. Había una época para la feria, otra para la semana santa o el carnaval, otra para las vacaciones estivales, otra para las navidades... Los períodos dedicados a la diversión se distribuían a lo largo del año conforme nos marcaba el ritmo de las faenas de nuestros padres y del calendario escolar, y sólo en ocasiones especiales, que esperábamos como agua de mayo, era puesta a prueba nuestra capacidad de sorpresa. Uno de esos momentos especiales era la feria. Y, dentro de la feria, el de montar en los caballitos.

¿Cuántas veces no les habremos llorado a nuestros padres para que nos dejasen montar una vez más en los caballitos, con una insistencia que amenazaba con arruinar su presupuesto mensual? Si por fin accedían, lo difícil luego era decidir en cuál de aquellos artefactos móviles y mágicos íbamos a invertir la moneda conseguida después de tanto trabajo: la libertad de elegir siempre exige una renuncia. Y así también aprendíamos.

La feria viene de un pasado en que la vida estaba sujeta al ritmo de las estaciones, compuesta, por consiguiente, por una sucesión más o menos razonable de sacrificios y alegrías. Hoy, desde chicos, disfrutamos a lo largo de todo el año de distracciones sin cuento, de las que nos aburrimos sin remedio al poco de gastar su novedad. Liberados casi completamente del contrapeso del esfuerzo en el estudio y en el trabajo y sometidos, en cambio, al vértigo del mercado, valoramos los objetos de nuestro ocio únicamente por su precio y por su adecuación a las modas.

En la feria, sin embargo, sobrevive algún jirón del viejo espíritu: padres e hijos tiran con carabina, ganan peluches, juegan en la tómbola y montan en los coches chocones, envueltos en el aroma mestizo y popular del chorizo y los churros humeantes. Disfrutan con las mismas atracciones que conocieron sus padres y sus abuelos. No existe la moda en la feria. No existen las prisas. Los caballitos siguen girando y siguen siendo nuevos. Canarias 7 Fuerteventura.

06 enero 2000

Todavía queda siglo XX

En el feliz Occidente, aunque no en otros contextos culturales, utilizamos como sistema cronológico la que llamamos Era Cristiana, cuyo nombre sugiere el nacimiento de Cristo como base científica del calendario. Sin embargo, nuestro calendario es anterior a la aparición del cristianismo. Se trata del viejo calendario lunar romano, cuya reorganización solar en doce meses y 365 días más uno bisiesto cada cuatro años data del siglo I a. C., en que fue diseñado por Sosígenes y hecho oficial por Julio César; de ahí su primer nombre: calendario juliano. En el siglo XVI aún habría de ser corregido ligeramente por el papa Gregorio XIII (calendario gregoriano). Mucho antes, en el siglo VI, el monje romano Dionisio el Exiguo había inventado la Era Cristiana. Dionisio centró el cómputo de los años en torno al que él consideraba el del nacimiento de Cristo. Es decir, que si antes el año en que supuestamente nació Jesús era el 753 ab urbe condita, ahora el año en que la tradición situaba la fundación de Roma era el 753 antes de Cristo. Este sistema cronológico cundió poco a poco entre los historiadores cristianos y hoy es casi universal, pese a que Dionisio se había equivocado: los documentos históricos (incluido el Evangelio) demuestran que su cálculo falló en cuatro años y medio, de forma que Cristo nació, paradójicamente, el año 4 antes de Cristo; lo cual, tanto a efectos históricos como religiosos, es irrelevante.

En cuanto al día del nacimiento de Jesucristo, no está documentado ni en el Evangelio y, por tanto, se desconoce. La adopción del 25 de diciembre por la Iglesia, que sucede hacia el siglo IV, forma parte del amplísimo y natural fenómeno de trasvase de las celebraciones del mundo pagano al cristianismo, sobre todo tratándose de fiestas relacionadas con los ciclos naturales. Tal fecha, en la que según su calendario las noches dejaban de alargarse, era el día en que los antiguos romanos celebraban el nacimiento del Sol (dies natalis Solis inuicti), la deidad favorita de Diocleciano Augusto, último de los grandes emperadores y despiadado perseguidor, por otra parte, de cristianos y otras sectas de su tiempo. Cristianizando las fiestas paganas, la Iglesia, que pasó de fe clandestina a culto oficial e ideología opresora ya desde el siglo IV, había de acabar con todas las demás creencias de aquella época sin ocasionar demasiadas convulsiones; no es casual que la liturgia de Navidad y los primeros padres de la Iglesia hablen de Jesús como “sol de justicia” y “luz del mundo”. Todo lo que rodea al calendario cristiano es fruto de convenciones más o menos motivadas.

De acuerdo con este sistema de datación, resulta que hasta el 1 de enero del año 2001 no entraremos en el siglo XXI y, por consiguiente, en el tercer milenio de la Era Cristiana. No puedo dar crédito a los argumentos en contra expuestos últimamente en La Opinión-El Correo de Zamora por articulistas tan desemejantes como don Quintín Aldea (“Cuándo comienza el nuevo milenio”, 29-XII-99, en la sección Ventana abierta) y don Francisco Molina (“Zamora urgente”, 31-XII-99, en la sección Escriben los lectores y con título que supongo errata por no tener nada que ver con el contenido), según los cuales este tránsito se dio ya el pasado y archifestejado 1 de enero de 2000. Y digo que no doy crédito porque este asunto, cuya discusión pertenece al ámbito de la charla de café y se despacha en dos minutos, lo suponía bien entendido por cualquiera que hubiese merecido plaza de académico de la Historia o cívica magistratura.

El ejemplo que usan los señores Aldea y Molina, asimilando las eras históricas a la edad de las personas, no es válido. Y no lo es porque para el cómputo de la edad de las personas, como muy bien dice don Quintín, “no es lo mismo el año primero que el año uno”; pero sí lo es en el cómputo histórico. Es cierta la afirmación del señor Molina conforme a la que “cuando se soplan las velitas de una tarta de cumpleaños, siempre se tienen ya todos los años que indican las velas”: una persona cumple un año y comienza así su segundo año de vida; durante sus primeros doce meses ha contado días y meses sucesivamente, y todo ese año es previo a su primer cumpleaños. Podemos decir que las personas tienen, por tanto, un año 0 (su primer año de vida), un año 1 (cuando ha cumplido un año), un año 100 (cuando ha cumplido 100 años), etc. En el calendario cristiano, en cambio, al 31 de diciembre del año 1 antes de Cristo le sucede el 1 de enero del año 1 de la Era Cristiana. No existe un año 0. El calendario no lo necesita, porque no sirve para marcar la edad de nadie, sino para fechar acontecimientos. Por tanto y siguiendo la analogía que aplican mal los dos autores mencionados, el calendario tiene su primer cumpleaños el 1 de enero del año 2, su centésima tarta el 1 de enero del año 101 y sus 2000 velitas (y por tanto ahí termina el siglo XX y comienza el tercer milenio) el 1 de enero del año 2001.

El siglo XXI empieza dentro de un año. Se trata de una cuestión de aritmética elemental que sería indiscutible incluso si no lo hubiesen ya certificado los cronólogos del Cuartel General de la Armada, que son quienes en España llevan el cómputo del tiempo, pese a la desestima con que el señor Molina regala en su carta a matemáticos y astrofísicos, a quienes, Dios sabrá por qué enigmática razón, él engloba en la categoría de “expertos” en cronología junto a los “quirománticos”. A esto llama “sentido común” y a lo demás “disparate”, y se queda tan pancho. Seamos serios, por favor, y resistámonos a participar en la orgía de comercio e ignorancia que la televisión nos impone. La Opinión-El Correo de Zamora.