09 diciembre 2013

Mandela

Emociona pasear por Londres y encontrar tan viva la huella de Nelson Mandela, uno de los grandes luchadores de la historia por los derechos civiles y por la democracia. La Casa de Sudáfrica en Trafalgar Square luce la bandera a media asta, y los mensajes de luto, las banderas de aquel país y las coronas de flores se amontonan en la calle. Leo que muchas banderas en Londres están estos días también a media asta, incluida la de la residencia del primer ministro en Downing Street.

Cuando paso junto al monumento a Mandela, a quien los británicos quisieron honrar en 2007 reservando a su estatua un lugar frente al mismísimo Parlamento de Westminster, ya es de noche y a los ramos de flores que se amontonan a sus pies se unen infinidad de velas que iluminan la efigie del líder africano. Mandela se alza allí, cerca de Churchill, Lincoln y otros grandes luchadores, en el mismo lugar en que en los años sesenta le dijera entre risas a Oliver Tambo, junto a quien visitaba Londres: “Aquí deberían poner algún día la estatua de un negro”.

De todas las representaciones de Mandela que hay sembradas por el mundo, la de Londres –pese a la polémica factura de Ian Walters– me parece la que le hace mayor justicia. No muestra precisamente el ademán de triunfo ni la prestancia del estadista que le adornan en otros homenajes. Frente al Parlamento, sede sagrada del debate y del diálogo, el Madiba de metal sigue haciendo lo que mejor hizo siempre: abrir los brazos y hablar.



En Trafalgar Square comento con mi amigo Eduardo el valor de un hombre que, después de 27 años de reclusión, incomunicación y tortura, salió de la cárcel sin un atisbo de deseo de venganza, para tender la mano a quienes le habían torturado y evitar una guerra civil que particularmente nadie le habría reprochado. En Sudáfrica había habido grandes dosis de crimen y opresión y tras el fin del apartheid hubo radicales de ambos lados que quisieron dinamitar el proceso de reconciliación, pero Mandela hizo valer su ejemplo de responsabilidad y la población sudafricana estuvo a la altura; hoy negros y afrikaaner conviven en una nación que mira hacia el futuro con unas perspectivas que no se dan en ningún otro lugar de África.



Resulta patético aplicar el ejemplo de semejante héroe civil al patio de Monipodio que es hoy la política española. No obstante, en el pasado tuvimos ocasión de elegir entre la responsabilidad colectiva y el conflicto civil y también elegimos lo correcto. En 1978 España dio una lección de reconciliación al mundo que, por cierto, fue saludada después en Sudáfrica como modelo de transición a la democracia. Los valores del diálogo y el pacto que presidieron en aquel entonces la salida de una situación prácticamente prebélica, gracias al liderazgo y la capacidad de transacción de un puñado de personajes –Fernández Miranda, Suárez, Solé Tura, Fraga, Carrillo, Roca i Junyent y otros–, deberían servirnos de ejemplo para escapar de la presente crisis de confianza en unas instituciones que amenazan con llevarse por delante nuestras libertades. Sin embargo, nos hace falta eso: un puñado de políticos honrados de todos los partidos dispuestos a abrir los brazos y dialogar.

Es al menos curioso que a la hora de sortear una segunda guerra civil los españoles estuviéramos dispuestos a olvidar una dictadura de casi cuarenta años y todo el sufrimiento y el enfrentamiento que causó; pero cuando el problema es el enquistamiento de una partitocracia que, sin violencia física, desvirtúa nuestra democracia hasta límites decimonónicos, seamos incapaces de superar el sectarismo y el beneficio propio a corto plazo. La mediocridad de nuestros políticos es de tal magnitud hoy que escuchar elogios póstumos a Nelson Mandela de sus bocas suena a hipocresía, a sacrilegio civil; a burla en nuestra cara.

Descanse en paz el gran hombre y sírvanos de ejemplo por muchos años. mallorcadiario.com.

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