20 noviembre 2016

'Sully', o por qué Clint Eastwood votó a Donald Trump


I

Será un éxito de taquilla y probablemente recibirá algún premio. La última película de Clint Eastwood, Sully, recrea la historia de Chesley Sullenberger III, aquel piloto que en 2009, tras perder sus dos motores por colisión con una bandada de gansos, amerizó su Airbus 320 en el río Hudson sin malograr una sola vida. El filme sitúa su argumento en la investigación posterior al incidente, que pretendía esclarecer si el comandante había acertado en su arriesgada decisión o, por el contrario, había elegido mal y habría podido aterrizar en LaGuardia con seguridad para el pasaje y sin arruinar la aeronave. Los comentarios en general han sido positivos, aunque algún crítico destacado ha escrito que “Eastwood es incapaz de contagiarme ni un gramo de pasión, tensión o entretenimiento con la reconstrucción de la hazaña” y califica la película de “tediosa”.

La opinión tiene su aquel: en efecto, lo que más destaca de esta gran película es que, tratando de lo que pudo ser una catástrofe aérea, en ningún momento ofrece escenas de pánico, histeria o acción trepidante. Hasta los momentos más dramáticos se resuelven con una frialdad rayana en el rigor mortis. Pero es que esta película no es una película de acción, y esto hay que tenerlo bien claro. Hay acción, hay amor, hay compañerismo y hay complicaciones domésticas y profesionales. Pero esta película ni es de acción, ni es de amor ni es un docudrama. Se trata de una película ética. El señor Eastwood, que nunca se ha distinguido por tener veleidades posmodernas, defiende una tesis moral.

A partir del momento del accidente, cuando se pone en marcha el dispositivo de salvamento, se suceden acciones de rescate por parte de los cuerpos especializados, pero también de las tripulaciones de transbordadores cercanos que activan sus protocolos de emergencia como un solo hombre. Los controladores aéreos, sometidos a la presión imaginable, trabajan con una frialdad profesional encomiable. Sully mantiene la sangre fría incluso hasta cuando, momentos antes de que el operativo de rescate le confirme que se han salvado las 155 almas que viajaban a bordo del vuelo 1549 de US Airways, las pulsaciones de su corazón duplican la tasa habitual. Cada neoyorquino está donde debía estar en cada momento y nadie grita, nadie alza los brazos ni pierde los nervios, nadie se santigua ni se encomienda a Dios. Todos se aplican para conseguir un objetivo de forma profesional y sin gastos innecesarios de energía. El resultado es que, desde el momento del amerizaje en las gélidas aguas del Hudson hasta que todas y cada una de esas 155 personas es certificada sana y salva, transcurren tan solo 24 minutos.

Poco antes del dictamen de la comisión investigadora, Sully y su segundo se confían recíprocamente una convicción compartida: “Hicimos nuestro trabajo”. Cuando la comisión termina sus sesiones, Sully discrepa del portavoz; no es un héroe, dice: “lo hicimos entre todos”, e incluye al personal del vuelo, a los servicios de salvamento, a los controladores, a las tripulaciones de los ferris que auxiliaron a los pasajeros en el río… El espectador es machaconamente instruido desde la pantalla con el siguiente mensaje: las cosas salen bien cuando cada individuo cumple con su deber, está en el lugar en el que debe estar, está preparado, tiene la experiencia y los conocimientos necesarios, sabe lo que tiene que hacer y lo hace.

Sully es, así pues, un alegato sobre la responsabilidad individual. El señor Eastwood opina que no debemos esperar que nadie (ni siquiera el estado) venga a sacarnos las castañas del fuego. El estado se organiza para el bien común, las empresas persiguen sus objetivos… pero es el individuo el que, en uso de su libertad, tiene una responsabilidad que afecta a sí y a los que lo rodean. Y cumplir con su responsabilidad es lo único que lo pone a resguardo de la ineficacia, del desorden y, en última instancia, de la catástrofe. Eso es lo heroico, por mucho que aburra a Carlos Boyero.

II

Confieso que mi vieja admiración por el señor Eastwood flaqueó hace unas semanas, cuando manifestó su predilección por el candidato Trump. ¿Cómo una persona de la integridad del autor de Gran Torino puede votar a alguien tan sumamente grotesco como Donald Trump?, me preguntaba yo. La respuesta ahora me parece más sencilla: puestos a escoger entre dos candidatos imperfectos, el señor Eastwood y muchos millones de americanos han escogido la opción que de manera radical hace descansar toda responsabilidad sobre los hombros del individuo. En la Europa educada en la socialdemocracia nos cuesta entenderlo, pero hay un numeroso y relevante sector de la sociedad norteamericana para el que el estado y sus exacciones suponen una carga intolerable. Lo que en Europa es justicia social o solidaridad, en los Estados Unidos a muchos les parece la sopa boba. Lo que aquí parece despiadado en aquel país es simplemente justo y hasta heroico.

Siempre recuerdo a aquella pareja de americanos que me recogió hace décadas, cuando hacía autostop por Cornualles. Durante la conversación que nos llevó hasta Land’s End, mi conductor –que tenía sus propias ideas sobre Europa– defendía un estado mínimo. Yo pretendía convencerle de que a veces el estado ha de intervenir para resolver problemas allá donde el mercado no llega, así que le puse el ejemplo de esos pueblos aislados en la montaña, sin apenas tráfico. “Si el estado no financia líneas de autobús, los habitantes de esos pueblos quedarán incomunicados, dependientes solo de sus recursos privados, sean estos los que sean”. Richard solo contestó: “¿Y qué?”. Y no es que este tipo de norteamericano sea especialmente desalmado; sencillamente, tiene un acérrimo sentido de la responsabilidad y la independencia del individuo y eso lo lleva a asumir que no haya líneas de autobús subvencionadas allí donde las privadas no son rentables; que la licencia para portar armas sea universal; y que Donald Trump sea un candidato creíble por su indiscutible trayectoria de self-made man, pese a todos sus exabruptos y su insufrible arrogancia.

En el otro extremo nos encontramos nosotros, Europa: un lugar del mundo donde hay diputados que piden en las cámaras legislativas a las que pertenecen que se exculpe a delincuentes como Andrés Bódalo, que se exonere de culpa a terroristas o que responsables políticos incumplan de forma deliberada y planificada las leyes. Un continente donde hay personas que creen tener derecho a ocupar gratis viviendas que no son suyas y partidos políticos que les dan cuartelillo. Un grupo de naciones que desean disfrutar de seguridad, pero prefieren que se la garanticen desde el otro lado del Atlántico. Poblaciones enteras que creen que una beca es un derecho universal y no ha de depender de la excelencia demostrada en los resultados académicos. Países en los que se ha instalado la creencia de que el estado ha de proveerlo todo, en los que todos hablamos de derechos pero es altamente impopular hablar de obligaciones. En los que nadie osa atajar el exceso de burocracia que nos enfanga porque eso sería atentar contra derechos históricos, en los que se sacrifica la eficiencia en aras de la paz social. Lugares absurdos donde un empresario siempre es sospechoso y un funcionario, una vez aprobadas sus oposiciones, ya no ha de demostrar nada jamás.

Entre el antiestatismo militante y la socialburocracia, Barack Obama aparece ante los ojos de muchos norteamericanos como ejemplo perfecto de lo que no debemos ser si no queremos convertirnos en esos europeos desprovistos de valores morales. Frente al valor de la responsabilidad individual, las moderadísimas reformas sociales del Partido Demócrata representan para ellos una especie de caridad impuesta que premia la irresponsabilidad: el reverso de ciertos valores que hicieron grande su nación. Y si la brillantez de Obama podía compensar ese déficit libertario, ha quedado claro que las virtudes de Hillary Clinton no podían enjugar la suma de los defectos de Obama y las carencias propias. Al final, los Eastwood de América han votado la opción que les promete que, si todos están en su sitio, cumpliendo con sus responsabilidades como hombres libres –como Sully–, todo saldrá bien y América será grande otra vez... Eso no los hace despiadados; pero nada puede paliar la tristeza del hecho de que hayan encumbrado a un patán prepotente y populista.

Tom Hanks, por su parte, está de Oscar. El Español.

15 abril 2016

Catorce de abril

Los aficionados a las banderas estarán encantados de ver esta aquí. En este 14 de abril tan de banderas, pero sobre todo tan de banderías, quiero rendir homenaje a la única enseña que garantiza mis libertades, las mismas que en 1931-1939 defendieron efímera e infructuosamente un puñado de hombres buenos contra la barbarie de ambos signos que iba a acuchillar España. Sí, ésta es la bandera que representa los valores de Goya y de Jovellanos, de Giner de los Ríos, de Azaña, de Ortega, de Lorca y de Machado, de Picasso y de Savater: de lo mejor de la República y lo mejor de la Monarquía.

Es, además, la bandera que, merced a una tradición vigente desde hace ya más de 200 años, presidió el nacimiento de España al mundo de las naciones modernas, sólo unos años después que Estados Unidos y Francia. La bandera que ha visto a España progresar, poco a poco y en buena medida gracias a que hubo españoles que -empuñándola- demarraron su sangre por la libertad, hacia el estado de derecho que, mejor o peor, hoy nos permite incluso cuestionarla.

Por eso y porque me da la gana, he colgado en mi muro de Facebook la bandera de nuestra nación, la que compartimos madrileños, catalanes, andaluces, vascos y murcianos. La que, cuando la veo ondear en la fachada de un edificio, me deja saber que allí se están respetando y puedo reclamar mis derechos y los de mis paisanos.

Y a los que pisotean los símbolos y queman libros en directo les digo: esta es mi bandera y la vuestra, la que impedirá en último caso que vuestra mezquindad nos enfrente.

Viva España: el 14 de abril y, permitídmelo, majetes, cada día del año. El Español.


24 marzo 2016

Ni un milímetro

Me iba a ir a la cama, pero la noche de los atentados yihadistas en Bruselas no era una buena noche. Andaba inquieto; me enredé leyendo unos artículos, viendo algunos vídeos, escuchando música y compartiendo lo que me gustaba en mis redes sociales. Y luego, sin querer, reflexioné un poco. Una jiga sublime de Charpentier, un fantástico vídeo en 3D sobre la Domus Aurea de Nerón, un inocente tebeo de chicas en porretas que resume con gracia una obra de Aristófanes, el último poemario que leo, algunas canciones de Golpes Bajos, Nacha Pop y Radio Futura: disfrutar de cualquiera de estas manifestaciones de cultura que me hacen ser quien soy no sería posible si viviese bajo un régimen como el que defienden los que ayer atacaron Bruselas y pasado mañana atentarán en algún otro lugar. Casi todas serían pecado; algunas, blasfemia; otras atentarían contra el gobierno; en general, me certificarían como pagano, infiel, libidinoso y conspirador merecedor de castigo.

Por eso, entre otras cosas, sé dónde están los míos. Por eso no puedo ser equidistante. Mi rechazo va más allá del rechazo a los culpables de los asesinatos, sus cómplices y quienes los jalean, que deben ser juzgados y condenados. No, no se puede quedar ahí: mi rechazo es para una cultura que en el nombre de Dios alimenta el desprecio del conocimiento, de la individualidad y del genio humano. Una cultura en la que una deidad absurda, enervante y empobrecedora ha sustituido a Aristóteles, Miguel Ángel, Cervantes, Shakespeare, Velázquez, Bach (el único dios verdadero), Vivaldi, Kant, Rousseau, Montesquieu, Goya, Darwin, Rodin, Freud, Einstein… y ha ocupado el inmenso vacío resultante con la nada más miserable. Una cultura cuyos ministros la promueven, en el mejor caso, a latigazos, porque tu vida no vale nada si no se ciñe a la palabra de Dios. Por eso, además de la solidaridad con mis semejantes, de la pena y de otras muchas cosas que me acercan a cualquier víctima de cualquier barbarie, hoy yo también soy belga, como fui francés y como estaré siempre en la trinchera opuesta a la de unos bárbaros a quienes sólo podría querer aproximarme con espíritu de antropólogo. Porque, solidaridad y penas aparte, desde esta trinchera se defiende una forma de vida basada en sumar y no en cercenar. La que nos hizo progresar, la que nos acercó la siempre huidiza justicia social, la que les ofrecemos, la que vencerá. La nuestra.

Todo mi desprecio es para los fanáticos, y mi orgullo solo puede consistir en no ser como ellos. La construcción de una Europa unida en la defensa de los derechos y de las libertades, basada sin complejos en la cultura occidental que compartimos con naciones de otros continentes y que nos hace comprensivos, tolerantes y libres, es lo mejor que podemos dejar a nuestros hijos, y también a los hijos de los bárbaros. No dejemos que los malos políticos la hagan imposible, porque eso es lo que desean los enemigos de nuestra cultura. No confundamos firmeza con odio, ni tolerancia con poner la otra mejilla. Plantemos un pie firme en tierra y no cedamos ni un milímetro de nuestra confianza en que somos mejores, merecemos respeto y sabremos defenderlo. Ni un solo milímetro.

Y, ahora sí, buenas noches. El Español.

05 febrero 2016

¿Un centro de acogida en Sa Teulera?

Años atrás la alcaldesa Calvo quiso situar un centro para transeúntes (SAPS) en el barrio de El Molinar. La oposición de los vecinos fue sonada. Las personas sin hogar son un colectivo del que la sociedad se ha de ocupar y el Ayuntamiento de Palma está en la obligación –y así se lo exigimos sus administrados– de arbitrar medidas dirigidas a ampararlos y reinsertarlos en un entorno social y laboral estable; pero la reacción de El Molinar no fue fruto de la insolidaridad. Los vecinos estaban preocupados por las consecuencias del trasplante de un colectivo por su propia naturaleza desestructurado e inestable –a veces conflictivo– al corazón de un barrio configurado y asentado de forma natural con el transcurso del tiempo. Actualmente una sentencia obliga al Ayuntamiento a desmantelar aquel edificio y devolver el solar a sus donantes.

Anteayer se publicó que el Ayuntamiento va a resituar en el barrio de Sa Teulera esas instalaciones con el fin de alojar un servicio de acogida municipal (SAM) para familias con menores a cargo. La inquietud producida entre los vecinos es mayúscula, fruto del desinterés por el consenso evidenciado por la regidora de Bienestar Social y de una injustificable ocultación de la información. Pero además se abren varios interrogantes que nadie se ha preocupado de aclarar.

1. ¿Por qué se elige un solar destinado a uso sociocultural para el que será necesario aprobar un cambio a uso asistencial, si el Ayuntamiento dispone de otros solares que no requieren esperar por una modificación urbanística?

2. ¿Se tratará, en todo caso, de un SAM familiar, como afirma la noticia, o para individuos como exige el propio diseño del edificio que aún se encuentra en El Molinar? ¿Las familias estarán, por tanto, mal alojadas o Mercè Borràs cambiará de opinión a última hora?

3. ¿Los informes que son preceptivos dirán que el lugar elegido es idóneo? Si va a acoger familias con menores es imprescindible que en la zona haya centros sanitarios y escolares públicos y buenos accesos. En Sa Teulera no los hay.

4. Actualmente no hay necesidad de un traslado que va a costarle al Consell de Mallorca 450.000 euros adicionales por el montaje del edificio: las plazas necesarias para familias están cubiertas mediante convenio con Es Convent, que presta el servicio perfectamente y con un gasto anual inferior al que costaría un SAM, ya que solo cobra por plaza ocupada. ¿El objetivo inconfesado del traslado es suprimir, por puro sectarismo, un convenio que resulta óptimo para sus usuarios a costa de más gasto –ahora y cada año– para los palmesanos?

5. ¿Por qué lanza Borràs esta información a través de un diario como hecho consumado, en lugar de reunir a los vecinos, explicarles las ventajas de la medida, escucharles y tranquilizarles? ¿Es un globo sonda o realmente desprecia la opinión de los habitantes de los habitantes del barrio?

Dado que es necesaria una modificación urbanística, que el edificio no es idóneo y que la zona es inadecuada por carecer de servicios públicos, las familias sin hogar recibirán una prestación deficiente. Si, además, la medida es innecesaria, despilfarradora y subrepticia, habrá que preguntarse por sus motivos y no será de extrañar que los vecinos se inquieten y se opongan. Si el futuro debate no gira en torno a la idoneidad del traslado y la concejala de Bienestar Social se niega a escuchar a los vecinos y se limita a acusarles de casta insolidaria, estará cometiendo una grave irresponsabilidad. El Mundo-El Día de Baleares.

15 enero 2016

Criminalizar o actuar

Pasan los días y el análisis se abre paso sobre el clamor horrorizado de los primeros momentos. Lo que sucedió durante la pasada Nochevieja en Colonia y otras ciudades europeas –la oleada de violaciones y abusos sexuales perpetrados sobre mujeres occidentales por bandas de hombres de origen árabe– no es nuevo. Cuando ocurrió, recordé con nitidez noticias viejas de violaciones colectivas. La reportera Lara Logan publicó un testimonio conmovedor del brutal asalto colectivo que sufrió en la Plaza Tahrir de El Cairo en 2011 durante el desempeño de su trabajo, mientras cubría las manifestaciones relacionadas con la caída de Hosni Mubarak.

Logan lo explicó perfectamente: en el contexto de una fiesta multitudinaria, decenas de hombres la rodearon, la separaron de su equipo y la vejaron públicamente sin que sus gritos animasen a nadie a defenderla. No se trataba de un caso aislado: según la Federación Internacional de Derechos Humanos, la violencia sexual contra mujeres con motivo de grandes concentraciones callejeras es cotidiana y sistemática en Egipto, donde esta ONG identificó 250 casos similares al de Logan solo en ocho meses de 2012 y 2013, durante las protestas contra el entonces presidente, Mohamed Morsi. Es el destino de cientos o miles de mujeres norteafricanas cada año.

Conocido como taharrush, se trata de un juego de diversión en el que unos participan activamente y otros colaboran rodeando y ocultando la escena a posibles críticos y a las autoridades. Es una actividad tolerada en lugares donde la integridad de una mujer vale poco incluso para su propia familia. En Occidente es un delito execrable para quienes ahora empiezan a sufrirlo, pero para los que lo practiquen seguirá siendo solo un juego, propiciado además por la condición dudosa de esas mujerzuelas infieles que se atreven a caminar solas por la calle, mostrando cabello y piel, pidiendo que las ataquen... Esta contradicción cultural no debe hacernos más comprensivos con tan detestable conducta, pero sí inspirar nuestro entendimiento del mismo y guiar las políticas destinadas a erradicarlo.

Con todo y su complejidad, la obligación de las autoridades europeas es combatir el delito sin menoscabar aquello que nos hace sentir orgullosos de Europa, y de esta un refugio para los perseguidos del mundo: la protección de las libertades de todos, la presunción de inocencia, el rechazo radical de la xenofobia... En este difícil equilibrio hacen su agosto los populismos: el que culpa al inmigrante de todos los males y el que lo considera, per se, merecedor de impunidad; la primera batalla que hay que librar es contra esas presuntas soluciones definitivas, fáciles y sin matices que únicamente sirven para eludir una acción política eficaz y madura, a costa de la equidad y la paz. Pese a lo fácil que resulta a veces desatar las pasiones, Europa es un gran matiz.

Habrá que diseñar protocolos que permitan diferenciar al inmigrante económico del asilado político, garanticen con pelos y señales sus derechos y sus obligaciones, señalen estrictamente los requisitos y establezcan los supuestos de revocación de los permisos. Habrá que estudiar el fenómeno del taharrush –de nada vale ignorar que existe–, identificar los lugares de los que procede y las comunidades en que se tolera, desterrar toda generalización hacia colectivos tan complejos y plurales como los árabes o los musulmanes y perseguir, en cambio, cualquier germen de organización delictiva y sus canales de coordinación. Habrá que tomarse en serio la educación para la ciudadanía como asignatura transversal a todo el currículo escolar y redefinirla para hacer frente a los retos reales de una sociedad distinta a la que conocíamos. Pero también habrá que conversar con los líderes de las comunidades musulmanas, que son quienes verdaderamente influyen entre los suyos, formar en la nueva realidad a policía, jueces y trabajadores sociales e informar a la ciudadanía de las prácticas de riesgo sobrevenidas, sin perder jamás de vista que la responsabilidad del delito es del delincuente. Habrá que agravar sin contemplaciones, si es necesario, las penas contra estos simios.

Que las futuras celebraciones de la Nochevieja se conviertan en una pesadilla y la vía pública en zona de riesgo para las mujeres europeas –incluidas las de origen árabe– es una perspectiva intolerable. Europa no debe tener ningún complejo en defender los valores que la han hecho grande, y en particular la libertad y la igualdad de la mujer; no debe tener, de hecho, duda alguna sobre la superioridad de estos valores. Pero, precisamente en su virtud, conviene no olvidar que, además de la piara de criminales del 1 de enero, viven entre nosotros –son también nosotros– musulmanes justos que condenan y se avergüenzan de esos hechos, que han asumido las reglas de la sociedad que los acogió, que son gran mayoría y que, con razón, nunca entenderían una criminalización general. El Español.


01 enero 2016

Zoofilias

Es algo que está en el ambiente. Está en el mensaje lleno de generosidad que cuelga en su muro de Facebook mi querida, admirada y vieja amiga belga: perdió su mascota no hace mucho y acaba de recoger otra gatita en un refugio donde la han recuperado. “¡Espero que quiera adoptarme!”, dice. Está en los vídeos de gatitos y está, ad odium, en los de perros maltratados que terminan con una llamada a la prohibición del consumo de carne de perro en China.

No es muy diferente a cuando Beatriz Talegón, en Twitter, hace unas semanas se refería a Patrás como “el perro que vive conmigo”. Ante mi perplejidad, y sin llegar a confesarme si comparten los gastos de la hipoteca o se turnan para cocinar, bajar la basura y todas esas tareas que comparten los compañeros de piso, me explicó que “un ser vivo no es propiedad de nadie”. “Un ser vivo” incluye a Patrás, a Laika y a Rintintín, pero también el hibisco de mi jardín y el ficus que vive con Talegón, las bacterias que extermino en mi cocina y las que comparten su cuarto de baño; si, a efectos de avanzar, pasamos por alto la imprecisión y limitamos su afirmación a los animales, que creo que es a lo que se refería Bea, volvemos a encontrarnos en ese limbo intelectual en cuyo arcádico seno, por mucho que los animales no puedan hacerse cargo de sí mismos, tienen derechos y los humanos no debemos poseerlos, so pena de ser etiquetados como seres insensibles, neoliberales, antropocéntricos, franquistas o cualquier otro improperio digno del capitán Haddock. ¡Rizópodo! ¡Zapoteca!

Se acordarán de la que lió el diputado Toni Cantó en el Congreso cuando, durante un debate sobre la prohibición de las corridas de toros, se atrevió a mencionar algo tan obvio como que los animales no tienen derechos. De aquí a que lo llamaran asesino fue cosa de segundos: en las redes sociales se desató una brutal y multitudinaria cacería contra el actor y político que jamás tuvo lugar (ni se habría tolerado) contra, por poner un ejemplo, el corrupto Jaume Matas. Recordarán también el malhadado perro Excalibur, víctima de una medida elemental de profilaxis mientras su dueña cursaba ébola en una clínica madrileña. Todos los que no habían vertido una lágrima por la muerte de dos heroicos misioneros contagiados en Sierra Leona gritaron al unísono y se manifestaron en la calle contra las malvadas autoridades que osaban “asesinar” aquel desafortunado animal convertido en símbolo. Todavía cuando se cumple un año de su sacrificio, algunos lo conmemoran de forma similar a aquella en que cada año que pasa menos españoles conmemoran a las víctimas del terrorismo separatista. Y, en este sentido, es cada vez más frecuente en contextos animalistas y no animalistas sustituir la expresión “sacrificio” por “ejecución”. Frecuente y tanto más indignante por cuanto trivializa hasta extremos ofensivos las verdaderas ejecuciones: las de nuestros congéneres a lo largo y ancho de este mundo.

Cuando digo que es obvio que un animal no tiene derechos lo digo porque ser titular de derechos exige reunir las condiciones necesarias para disfrutar los propios y respetar los ajenos. No parece coherente que la ley establezca límites para el ejercicio de los derechos de menores y discapacitados porque entiende que existe un déficit de autoconciencia o responsabilidad y, sin embargo, vaya a reconocer derechos a seres que biológicamente se hallan muy por debajo de ese listón. Desde el momento en que reconozcamos ciertos derechos subjetivos a los animales porque a Martha Nussbaum se le ocurrió un día esa memez de que son “personas en sentido amplio”, nada impedirá que puedan poseer propiedades y, por tanto, legarlas y heredarlas; disponer de sus relaciones sexuales y, por supuesto, de su integridad física; afiliarse a sindicatos; elegir sus tratamientos médicos; recibir asilo en otro país en caso de persecución política; contraer matrimonio con miembros de su especie o de otras; y votar en las elecciones municipales. Como en La vida de Brian: aceptemos que un hombre no puede tener bebés porque no tiene útero, pero luchemos por su derecho a tener bebés... La pregunta clave, que pocos parecen dispuestos a hacerse, es por qué no; pero su respuesta no es asunto de vísceras, sino de filosofía, y nuestra triste España no está para zarandajas.

La zoofilia, no como sinónimo de bestialismo, sino de amor por los animales, puede derivar fácilmente en el wishful thinking tan caro al lábil izquierdismo patrio, porque no hay nada más susceptible de generar simpatía, aportar placer y alumbrar derechos sentimentales que un vídeo de gatitos. No se debe a otra cosa que nos dé apuro asumir que poseemos un perro o que adoptamos un gato, y no deja de ser contradictorio que, más allá del humor británico, alguien crea o finja que puede ser adoptado por un animal que solo otros humanos, posiblemente contra la lógica de la selección natural, salvaron de un destino cruel, medicaron y confinaron hasta que se repuso, y que llevará a su casa dentro de una cajita en el vagón de un tren…; o que no es propietario de un ser que, sin concurso de su voluntad, alimentará, vacunará e incluso esterilizará para evitarle enfermedades y hábitos perjudiciales. Mi pobre madre decía que, cuando el Diablo no tiene qué hacer, con el rabo espanta las moscas. Agitadoras.

24 diciembre 2015

Molt més que música

Conocí la Fundació Més Música hace más de nueve años, cuando buscaba clases de violín para mi hija mayor. Hoy no puedo decir que Més Música sea la academia de música de mis hijos, porque es mucho más. E intentaré explicarlo, aunque no es fácil.

Porque nada es fácil. Para empezar, no es fácil enseñar música a los niños; me parece una de las tareas que requieren más vocación y más delicadeza de espíritu. Pero llegan los niños, con sus tres años, y en su primera navidad sus profes los sacan al escenario y les hacen protagonizar un relato musical conmovedor. No es fácil encajar horarios, organizar clases y ensayos y audiciones para tantos individuos y grupos, pero todo funciona y, cuando llega el día indicado, centenares de personas actúan con orden y, sí, concierto. No es fácil, pienso yo, reclamar y conseguir la atención y la disciplina de docenas de renacuajos de tres y cuatro años y, durante las horas que duran ensayos y concierto, haberlos tenido siempre controlados. No es fácil tampoco que tantos preadolescentes y adolescentes comprendan que la recompensa demorada del trabajo bien hecho es mucho más sabrosa que el ocio fácil e inmediato. No es fácil implicar a los padres de los alumnos hasta el punto de que formen una asociación, ABICA, para promover actividades en torno a la música, incluidos conciertos solidarios y unas fabulosas colonias musicales de verano. No es fácil tampoco establecer lazos estrechos y sólidos con asociaciones como Sonrisa Médica, Aspaprode, Projecte Home o Mallorca Sense Fam, tejiendo de manera ejemplar, desde la iniciativa privada, un entramado de auténtico interés social. No es fácil comprometer a alumnos y padres a improvisar un día, porque sí, un fantástico concierto en la vecina plaza de los Patines, para regocijo de los viandantes. No es fácil crear y mantener varias agrupaciones musicales (orquestas, coros, ensembles, combos y cameratas) con sus propios programas de actuaciones. Ni es fácil conseguir que profesores, alumnos y padres renuncien a numerosas horas y jornadas de descanso (en ensayos adicionales, en audiciones, en sus conciertos dominicales de navidad y verano) para participar juntos –sin reservas– en un espectáculo que, pese a su espíritu genuinamente familiar, ya alcanza la categoría de evento ciudadano: para el reciente concierto navideño, se agotaron las entradas del auditorio del Conservatorio.

No, no es fácil; pero los frutos, deben entender ellos, merecen la pena. Mis hijos conocen el valor de la paciencia, del esfuerzo y de la recompensa demorada. Obedecen desde muy pequeños esa mezcla de disciplina y buen rollo que parece marca de la casa y que los compromete a trabajar con responsabilidad. Gracias a la orquesta, desconocen el miedo a subir a un escenario, tienen la capacidad de coordinarse con otros músicos, saben disculpar los fallos de los demás y les resulta natural asumir los propios para seguir adelante. Aprecian que de su esfuerzo se beneficien niños enfermos o familias desfavorecidas a través de la recaudación de los conciertos en los que participan, integrando así los conceptos de solidaridad y servicio público. Su conocimiento del lenguaje musical les ayuda también en el colegio, a la hora de las matemáticas o la lengua. Será imposible, finalmente, que les describa el orgullo que siento cuando se sientan en la orquesta, agarran sus violines con esa combinación de firmeza y fluidez que se requiere y, junto a sus compañeros, interpretan a Bach o a Strauss.

Pero me resulta muy fácil reconocer la admiración y el agradecimiento que merecen los amigos de Més Música: porque comparto su visión de la enseñanza; porque me asombra su capacidad organizativa; porque llevan desde 2003 creando y gestionando una comunidad muy activa y en constante crecimiento, educando generaciones de muchachos, proporcionándoles patrones útiles de comportamiento, haciendo de ellos, además de músicos muy decentes, personitas cabales... Poca cosa. El Mundo-El Día de Baleares.

01 diciembre 2015

La vida de Ashraf Fayad

Ashraf Fayad es un poeta, artista y comisario artístico palestino de 35 años residente desde la infancia en Arabia Saudí. En 2013 fue detenido y en 2014 condenado a 800 latigazos y cuatro años de prisión; se le acusaba de blasfemo y de llevar el pelo largo. Presentó una apelación y no solamente esta fue desatendida, sino que el tribunal revisó la sentencia y hace unos días ha sido condenado a muerte por apostasía, incitación al ateísmo, relaciones ilícitas con mujeres (llevaba en el móvil que se le incautó teléfonos y fotografías de otras artistas con las que trabajaba) y otros cargos similares. En esta segunda fase de su calvario no solo no ha podido hablar nunca con el juez, sino que por su condición de stateless (refugiado palestino) se le ha privado de su derecho a un abogado.

Todo este delirio sería cómico si no fuera un drama cotidiano en aquel país, donde cientos de personas son ejecutadas o mutiladas cada año reas de blasfemia, homosexualidad, adulterio, y las mujeres son maltratadas sin reparos. La presunta apostasía de Fayad, que él ha negado con manifestaciones inequívocas de fe, se deduce del poemario Instrucciones en el interior, pubicado en 2008 en Beirut, donde deja por escrito pensamientos al parecer tan graves como lo siguiente: “mi abuelo se encuentra desnudo cada día,/ sin expulsión, sin creación divina…/ Ya he sido resucitado sin necesidad de un soplo divino en mi imagen./ Tengo la experiencia del infierno en la tierra…// la tierra/ es el infierno reservado a los refugiados.”

En realidad, parece que la persecución contra Fayad se desencadenó en el momento en que desafió a la policía de su ciudad, Abha, grabando imágenes de tortura y publicándolas. La denuncia de un estudiante sobre su libro “blasfemo” sirvió para que el régimen acosase a uno de los personajes más representativos de la comunidad artística saudí, que tiende lazos hacia el exterior y empieza a compartir muy moderadamente una visión más laica de la vida. Había que meter en vereda a los artistas y nada mejor para ello que ejecutar a uno de los que más se han significado, por más que su actividad siempre haya sido pacífica y circunscrita al mundo del arte.

Varias campañas de apoyo a Fayad se han puesto en marcha en los últimos días en todo el mundo y usando diversas plataformas. La campaña española en Change.org ha recabado 130.000 firmas, entre ellas las de escritores, artistas, filósofos, cantantes, directores de cine, diputados autonómicos, nacionales y europeos de todos los partidos y el vicepresidente de un gobierno autonómico. Ningún primer líder de la política vieja ni de la llamada nueva ha respondido aún. El eco en los medios periodísticos españoles, en comparación con los del Reino Unido y de otros lugares con un sentido quizá mayor de la solidaridad, ha sido escaso. Las redes sociales no se han movilizado especialmente. Nada que ver con la ola internacional de apoyos a Salman Rushdie cuando fue objeto de fetua por parte del régimen iraní, tras la publicación de sus Versos satánicos. Nada que ver con lo que habría sucedido si el poeta palestino hubiese sido (no diremos condenado a muerte, porque esto es impensable) multado en Israel por publicar un libro antisionista; la campaña contra el malvado régimen opresor habría sido de alivio. Debe ser que Arabia Saudí produce petróleo y nos compra cada año cientos de millones de euros en armas. Pero la muerte de Fayad no sería muy distinta a la que sufrieron los dibujantes del Charlie Hebdo: muertos por pensar.

Por eso la petición está dirigida al Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación: muchos creemos que España no puede mirar para otro lado por conveniencia. El ministro García-Margallo tiene la obligación de actuar: debe manifestar la posición rotunda del gobierno contra la pena de muerte; contra la persecución de los llamados delitos de conciencia; contra la ausencia de garantías procesales. Debe consultar con el embajador saudí y ejercer la labor diplomática prudente pero firme que requieren estos casos. No se entiende que, residiendo el hermano de Ashraf Fayad en España desde 1985 (ignoro si es nacional, pero poco importa), el Gobierno no se haya puesto en contacto con él para darle siquiera el pésame por la muerte de su anciano padre, cuyo sistema arterial no ha resistido la condena a muerte del hijo; para ver si necesita algo; para recabar información y ponerse a su lado. En España algunos nos enorgullecemos de pertenecer a un país pionero en lo que respecta a los derechos civiles. La omisión del gobierno en este caso no es de recibo. Hay una vida en peligro inmediato, y otras muchas más adelante si nadie pone coto por una vez a la teocracia saudí. Haga su trabajo, señor ministro, e intente evitar este drama bárbaro e injusto. El Español. Agitadoras.

01 noviembre 2015

Duelo de titanes

Con motivo de la reciente fiesta nacional de España, el debate público sobre la idoneidad de tal celebración se ha centrado en la polémica desatada por el actor Willy Toledo. Este comerciante de su propia mediocridad ha intentado insultar a los españoles cagándose en el 12 de octubre, en la Virgen del Pilar, en el himno y en no sé cuantos símbolos más de la nación y de alguna de sus instituciones. Han intervenido como vicetiples personajes que ocupan importantes magistraturas, como los alcaldes de Cádiz y Barcelona, que han añadido leña a ese fuego con los consabidos argumentos indigenistas del genocidio español en América y del eurocentrismo. Al paso de los insultos ha salido el también actor Francisco Javier Cuesta, conocido por su personaje televisivo Frank de la Jungla, que se ha encargado de contestar al mencionado mequetrefe mediante una carta abierta en la que le pregunta si tendría “los huevos de cagarse en el Corán”. Un duelo de titanes.

En esta España en permanente definición, sus enemigos, aun los más próximos al analfabetismo, acaparan portadas desde que tengo recuerdo; y salen en su defensa personas que se ganan la vida presentando reportajes amañados y aventuras de riesgo simulado, no precisamente teorizando con solvencia sobre la democracia ni sobre la esencia de España, sino más bien sobre asuntos de huevos. Es la misma España en la que el común del votante cree que un debate político es eso a lo que asistimos a veces en ciertos programas de televisión que priman descaradamente a los contertulios que suben su audiencia; y que opinión pública es la opinión del locutor de radio que le convence cada mañana de que sigue teniendo razón y de que, por tanto, no necesita escuchar otras voces.

Existen voces que llevan años clamando por la regeneración democrática de nuestra nación; voces que, desde la autoridad que confiere –por ejemplo- haber sido seleccionados entre los cien pensadores más influyentes del mundo, como Fernando Savater o Mario Vargas Llosa, opinan que en España la crisis institucional y la crisis de valores es anterior a la crisis económica y en consecuencia proponen dotar con urgencia a la ciudadanía española de contenidos cívicos. Voces que quieren la revisión consensuada del modelo de estado, sin caer en victimismos primarios, sino atendiendo a los derechos de la gente, al respeto de las libertades individuales y a la promoción ante todo de nuestra condición de ciudadanos frente a la de miembros de cualquier tribu. ¿Acaso escucha alguien estas voces? ¿Leemos sus columnas de opinión o más bien, muy mayoritariamente, escuchamos tertulias monolíticas, vemos programas venales, seguimos en redes sociales a chisgarabís sin más recursos políticos o morales que los que su paso por la vida, con suerte, les haya enseñado?

De este modo de entender el debate público, como un duelo entre posturas enfrentadas cuyos argumentos no importan mucho más allá del ingenio y de quién grite más, proviene nuestra postración política. Hoy asistimos al proceso de sustituir el viejo bipartidismo PP/PSOE por un nuevo bipartidismo en el que sus líderes no estén tan vistos. Los nuevos líderes son estrellas televisivas: dan la talla en los pseudodebates y su simpática imagen es acorde con aquello que se espera de un líder joven. Es exactamente lo que el establishment necesita para prolongar otros treinta años políticas que no cuestionen el enriquecimiento ilícito de las compañías eléctricas, tan lesivo para nuestra economía, que sigan manteniendo la administración de justicia y los órganos reguladores en estado de indigencia económica y de sutil pero argumentable sujeción al poder oligárquico, mientras se emplean ingentes recursos públicos en construir aeropuertos innecesarios o engrasar los sindicatos vía cursos ficticios: líderes resultones que nunca hayan dicho ni se espere que digan nada que suponga alterar el 'statu quo' en beneficio de los ciudadanos (y, por tanto, morder la mano de quienes los están promoviendo) mientras mantienen el espectáculo del enfrentamiento vivo con gestos incendiarios y sonrisas de gabinete de comunicación. Willys Toledo, Franks de la Jungla.

Existen voces, sí, pero España está entregada a los titanes de la televisión, del tertulianismo, de lo que Anna Grau, con tanto acierto, llama biperiodismo… El manejo de la prensa, de la demoscopia y de recursos públicos sin límite ha logrado que los españoles –solo así se explica el fracaso de UPyD- ignoren la coherencia y la honradez y prescindan del consenso y de cualquier propuesta que requiera reflexión. Los españoles, forofos, llevan años prefiriendo a los willys y a los franks de la política y votarán por los que menos les hagan cuestionarse sus ideas preconcebidas. Por más que algunos así nos lo quieran hacer creer, ni estamos en 1978 ni cabe esperar reforma útil del actual debate sobre España. Sobran actores y faltan líderes. Agitadoras.
 

06 julio 2014

Actualidad de Lord Acton

Si en el terreno social el liberalismo quedó perfeccionado gracias a los irrenunciables avances de la socialdemocracia, en el terreno político tengo por cierto que no hemos inventado aún nada mejor que el liberalismo que se abrió paso tras la Ilustración y las revoluciones de finales del XVIII. Nuestras democracias son, al cabo, fruto de ese pensamiento que coloca en el centro del trabajo político al ciudadano, de manera que tan pronto se alejan de una genuina preocupación por la libertad individual pierden entidad democrática.

En el contexto del liberalismo decimonónico, solemos recordar al barón John Dalberg-Acton, historiador, consejero de Gladstone, liberal y uno de los ingleses más cultos de su época, por un aforismo muy célebre: “El poder tiende a corromper; el poder absoluto corrompe absolutamente”. En esta sola línea se resume la necesidad de que los poderes del Estado encuentren un equilibrio y se controlen los unos a los otros: Montesquieu, al fin y al cabo, tan vigente en el siglo XIX como en el XXI. Sin embargo, encuentro mucho más interesante –y de similar o mayor actualidad– la siguiente afirmación de Lord Acton: “La libertad no es el poder de hacer lo que queremos, sino el derecho a ser capaces de hacer lo que debemos”.

En tan breve expresión se extracta todo lo que debe comportar nuestro sistema de libertades, más allá de la mera democracia formal. Efectivamente, la libertad no es poder hacer lo que queramos, pretensión que no deja de estar al alcance de un niño de cuatro años –manifestar un deseo y procurar su cumplimiento, independientemente de su valor de justicia y de su oportunidad. Si la voluntad no está determinada por el conocimiento, la madurez y el consenso con nuestros semejantes, la decisión no será fruto de la libertad, sino respectivamente de la ignorancia, del capricho y de la imposición. Y no hace falta explicar por qué la libertad está reñida con cualquiera de estas circunstancias: no se es verdaderamente libre cuando se actúa sin conocimiento de causa, ni cuando por imprevisión, precipitación o capricho la voluntad propia prevalece sobre la conveniencia general, ni cuando se impone sobre la voluntad de los demás sin atención a la opinión de la mayoría, o despreciando las de las minorías.

Es difícil hacer valer este principio en ua atmósfera viciada por el culto a la juventud y a la voluntad sin ataduras. En España, y me temo que en Occidente, sufrimos las consecuencias de haber descuidado durante décadas las tablas de la ley para adorar el dorado becerro de la juventud y, así, todo el proceso político está teñido de vicios muy propios de la adolescencia: impulsividad, improvisación, atolondramiento, cortoplacismo, falta de rigor intelectual... Unos hablan de derecho a decidir y de legitimidad como conceptos contrapuestos al estricto cumplimento de la ley. Otros desprecian las instituciones por mor de lo que quiere la gente... Disparates perfectamente inmaduros: populismo que abochorna la democracia y siembra el campo de frustración y de larvado enfrentamiento.

Recordar a Lord Acton (“libertad es el derecho a ser capaces de hacer lo que debemos”) significa no poner el acento en la expresión ruidosa de la voluntad sino, en primer lugar, en la necesidad de sentar las bases para una recta toma de decisiones; o, dicho de otra forma, en nuestro derecho a una educación de calidad, despolitizada y al alcance de todos y a una información libre de ataduras con el poder, así como en nuestra obligación de encarar la política con una actitud crítica y generosa, requisitos todos ellos sin los cuales o no hay democracia de calidad o no la hay en absoluto. Y, en segundo lugar, Acton nos recuerda que la libertad no es tal si nos lleva por la senda de nuestros maximalismos en lugar de la del compromiso con nuestros conciudadanos. Sus palabras, tan escuetas y tan preñadas, encierran toda una llamada a la responsabilidad (quiero acordarme también de Weber, que con tanta precisión supo distinguir la política del mesianismo) en la que queda claro que no es posible hacer lo que debemos si nuestro derecho a capacitarnos para hacerlo no está cubierto; y también que la libertad sin sujeción a la ley y a unos objetivos compartidos no es tal, sino capricho abocado al fracaso. Estas consideraciones, tan presentes en nuestra Transición, fallan hoy, por la pura negligencia de nuestros grandes partidos, en el régimen político que padecemos y en algunas de sus alternativas más vistosas.

Reformar las instituciones españolas es, más que necesario, urgente. Pero recurrir a los atajos, maniobrar los resortes más simples de un electorado decepcionado o asumir (explícitamente en algunos casos) la validez de la propaganda frente a la pedagogía democrática son, sin más vuelta de hoja, atentados contra la democracia y, por tanto, contra la misma libertad. Toda reforma que no siga los cauces de la participación institucional y del respeto a la Constitución y a las leyes estará sembrando las causas de su propia ruina. Yo me quedo con Lord Acton, con la responsabilidad y con el estado de derecho. mallorcadiario.com. El Español.


John Emerich Edward Dalberg-Acton (1834-1902), I barón Acton.
 

30 junio 2014

Pactos

La publicación del último sondeo del Instituto Balear de Estudios Sociales ha alborotado la escena política balear. En el panorama parlamentario que presenta tras las próximas elecciones autonómicas encuentro tres características principales: prolonga la tendencia atomizadora observada en los recientes comicios europeos; certifica, de esa manera, el fin de la hegemonía bipartidista que conocíamos, ya que tanto el PP como el PSOE pierden numerosos votos y escaños; y, por último, hace depender la mayoría de gobierno de una combinación en este momento indefinible de pequeñas fuerzas políticas: Més, Podemos, Izquierda Unida, UPyD, el PI y Gent per Formentera.

Aparentemente la vida parlamentaria balear a partir de 2015 será más complicada pero, al mismo tiempo, mucho más entretenida. En el debate parlamentario se observarán, así, las cualidades de cada fuerza y su potencia real de pegada política, lejos de la mera propaganda. Y de un debate más plural surgirán por fuerza leyes más representativas. El miedo a la inestabilidad, que agitan siempre los mayoritarios para disuadir al votante del partido aspirante, no va a cuajar esta vez, porque una parte cada vez mayor del electorado ya no puede percibir mayor fuente de inestabilidad que la permanencia del PP y el PSOE a la cabeza de las instituciones. Se viene demostrando.

Siempre que se publican sondeos aparecen, inmediatamente, reflexiones sobre pactos. Que si estos han de pactar con aquellos, que si Fulano nunca debería pactar con Mengano… Pocas reflexiones, en cambio, sobre programas, propuestas concretas y posibilidades reales de acuerdo, más allá de etiquetas cada vez menos operativas. Ante las noticias que dan a UPyD dos diputados en el Parlament de les Illes y nombran a este partido entre las formaciones “decisivas” con las que unos u otros deberán pactar, queremos dejar clara nuestra posición: Unión Progreso y Democracia, mientras sea un partido minoritario, solo se sentirá obligada a pactar con otros partidos si estos ofrecen medidas concretas de gobierno. No otorgaremos carta blanca a cambio de consejerías ni pedacitos de presupuesto; pactaremos reformas concretas de regeneración democrática y con plazo estricto de ejecución. De no haber acuerdo, entendemos que la responsabilidad de gobernar es de las fuerzas mayoritarias y, por tanto, la de no alcanzar acuerdos útiles lo será también de ellas.

Tenemos la experiencia asturiana, donde permitimos la investidura de un partido al que dejamos de apoyar tan pronto como incumplió sus promesas. También sabemos que una posibilidad cada vez más próxima, en su objetivo compartido de preservar el régimen bipartidista y los privilegios de los políticos, puede ser un gobierno de coalición PP-PSOE. Ya es así en Asturias, donde el PSOE gobierna apoyado por el PP desde su ruptura con UPyD; y en Andalucía, donde PP y PSOE han votado juntos contra la iniciativa legislativa popular defendida por UPyD en aquel Parlamento para una justa reforma electoral. Por no hablar del Parlamento Europeo, donde, tras una campaña en que el PSOE se esforzó por proponer el “cambio hacia una política no de derechas”, finalmente vota al candidato popular, Juncker, para la presidencia de la Comisión y el consiguiente reparto de asientos entre socialistas y populares. Sabemos que lo que los une es más que lo que los separa, pero de eso también se tendrán que hacer responsables ante los ciudadanos. Y los ciudadanos ya los tienen muy conocidos.

Por nuestra parte, volvemos a ratificarnos en nuestro único compromiso: la defensa de los intereses de los ciudadanos y el cumplimiento de nuestro programa. En estos términos, y no en otros, podrá haber pactos con UPyD. mallorcadiario.com.

 

23 junio 2014

La República: cuatro petisuís de chocolate

Con el asunto monarquía-república, el debate político español ha descendido a niveles de Preescolar. Es frecuente escuchar cosas tan simples como que “la monarquía es una institución medieval”, que “al Rey lo impuso Franco” o, alegada la existencia de una Constitución democrática, aquello de “pero yo no voté la Constitución”. Por no hablar de los populares mantras “tener Rey no sirve para nada” o “es que nos salen muy caros”.

No es cierto que la monarquía no sea democrática. No sería democrático que no eligiéramos a quien nos gobierna, pero el Rey no nos gobierna. De la misma manera que no elegimos cada cuatro años los colores de la bandera, el himno nacional o el trazado de nuestras fronteras, que son importantes elementos simbólicos y fácticos en la configuración de nuestro estado, tampoco es necesario que sometamos a referéndum la forma de la jefatura de Estado, una magistratura que no tiene nada que ver con ninguno de los tres poderes en que desde Montesquieu sabemos se basa una organización política.

Antes de toda democracia hubo, sí, una dictadura o un régimen absolutista, pero en la monarquía española (como en la sueca, como en la canadiense) no hay imposición de régimen totalitario alguno, sino una Constitución votada por todos los españoles en 1978 que le presta una legitimidad completa. Imposición antidemocrática sería, precisamente, ignorar lo que dice la Constitución. La monarquía no es una institución medieval, aunque tenga raíces milenarias, por el mismo motivo por el que viajar en tren no es propio del siglo XIX, usar ordenadores no es una práctica de los años cincuenta o nos sigue siendo útil la división del año en meses que estableció Julio César hace dos mil años. La monarquía de Suazilandia nos indigna, pero la noruega representa una nación próspera y con índices de libertad envidiables (siete de los diez países reconocidos como los más democráticos del mundo, por cierto, son monarquías). La vigencia de la monarquía se actualiza en cada proceso constituyente, y para que una constitución nos vincule no hace falta que cada vez que alguien cumple 18 años sometamos todo a referéndum: ahí están los americanos, con una Constitución de 1789 que nadie vivo ha votado pero con la que todos los norteamericanos se sienten felizmente comprometidos. La continuidad de una nación y de sus instituciones no depende de cada voluntad individual, sino de la suma consensuada de todas; y solo en los momentos constituyentes, no cada día de nuestras vidas.

Tampoco es cierto que el Rey no valga para nada: vale para lo mismo –funciones representativas, simbólicas y arbitrales– que el presidente de una república parlamentaria; o más, porque un rey sí está al margen de la lucha partidaria y de las rivalidades territoriales, lo cual, a mi juicio, supone una gran ventaja. Ni es cierto que nos cueste mucho dinero: los gastos de la Casa del Rey y los gastos ministeriales asociables son en España mucho más modestos que los de la presidencia de la República Federal Alemana.

Dicho todo esto, por supuesto que hay que pulir el modelo monárquico y, también, reformar la Constitución. El nuevo Rey, Felipe VI, ha asegurado en su discurso de proclamación haber entendido las necesidades de regeneración de nuestro régimen y de la misma institución monárquica. Conviene que el Congreso tramite una Ley de Sucesión que impida cierta improvisación que ha presidido el reciente relevo. Es imprescindible, sobre todo, que la transparencia en la gestión que exigimos en todos los ámbitos de las administraciones sea aplicada también a la Casa del Rey. Es necesario, también, reformar la Constitución para acabar con el anacronismo –impropio de una sociedad respetuosa de la igualdad sexual como es la española– de la preeminencia del varón sobre la hembra en el mismo grado de la sucesión a la Corona.

Habrá que reformar la Constitución de 1978, sí, pero por el cauce legal (ya que sin estado de derecho, con rey o sin rey, no hay democracia) y atendiendo a nuestros problemas reales: no precisamente para abrir el melón monarquía/república, sino porque, en pocas palabras, es necesario fortalecer el modelo de estado y garantizar la separación de poderes. Pese a los argumentos infantiles y las consignas irresponsables agitadas por algunos partidos de izquierda, el peligro para nuestras libertades no está en que haya Rey, sino en que los partidos políticos invaden espacios que no les corresponden y, en general, en el sectarismo. En la pobre separación de poderes que aqueja a nuestra régimen. En la inoperancia de un sistema autonómico concebido como cauce para la rivalidad y no para la colaboración. En todo lo que impide que salgamos a flote en estos momentos. El pensamiento republicano es más que digno, pero agitar la bandera republicana para adquirir notoriedad es una manipulación.

Da vergüenza ajena escuchar a algunos clamar por la República mientras han participado en el expolio de las cajas de ahorro, participan en el reparto del Poder Judicial, se niegan a revisar los 10.000 aforamientos de los políticos, se bajan a duras penas de los coches oficiales e impiden –contra lo prometido en su programa– que los andaluces mejoren su participación democrática mediante una reforma electoral que mejora la calidad de la representación política. Me recuerdan a mis hijos cuando protestan porque hay coliflor de cena: “no hay derecho”, dicen, “es injusto”; pero se comerían cuatro petisuís de chocolate de postre si les dejara. La diferencia es que mis hijos tienen 11 y 9 años y es natural que su noción de lo que es justo y de lo que es necesario esté un poco verde.

No hay ni que decir que al final se comen la coliflor y, de postre, solo un petisuís de chocolate. Y eso después de una buena pieza de fruta. mallorcadiario.com.

 

16 junio 2014

Un paso al frente

El Ejército de Tierra quiere acabar con la carrera del teniente de complemento Luis Gonzalo Segura de Oro-Pulido. El oficial, al que por su segundo apellido supongo descendiente del fundador de El Aaiún, ha publicado una novela que, bajo el título Un paso al frente, contiene la descripción nada halagüeña de un ejército corrupto en el que prácticas delictivas y abusos de poder están a la orden del día y se cierra con la polémica carta de un personaje al ministro de Defensa. El Ejército ha abierto un expediente que puede culminar con cuatro meses de arresto y la expulsión del Ejército por la presunta comisión de un acto gravemente contrario a la dignidad militar.

Uno es de los que todavía hicieron la mili y, si para algo puede servir, puedo testificar que la realidad que pinta Un paso al frente a mediados de los años 90 era plenamente actual. Doy fe de que cierto sargento de mi compañía afanaba con gran descaro los mejores alimentos que llegaban al cuartel: los mismos soldados destinados en cocina se ocupaban de cargarle el maletero del coche a plena luz del día con cajas de las gambas o las chuletas que ya no iban a catar. Doy fe igualmente de que cierto oficial temporalmente asignado a aquella agrupación logística se embriagaba metódicamente en todas y cada una de sus guardias, hecho que no parece que contribuyese positivamente a la seguridad del cuartel durante las largas noches del verano canario. También puedo recordar las ocasiones en que los soldados de reemplazo trabajamos como obreros no cualificados (y, por supuesto, no remunerados ni asegurados) cada vez que algún oficial hacía obra de reforma o necesitaba pintar la fachada en su residencia particular.

Con todo, la conclusión más triste que extraje de mi servicio militar es que, a su término tres trimestres más tarde, yo no había aprendido nada que sirviera para defender mejor la Patria. No se me inculcó ninguna virtud, pero tampoco aprendí a manejar correctamente un CETME, ni a sobrevivir en el Atlas marroquí con una mochila cargada de granadas, ni a gestionar una operación de municionamiento, por decir algo. El enorme dineral que el Estado se gastó en aquel año de 1994 en hacernos pasar por una de sus agrupaciones de apoyo logístico a mí y a otros cientos de compañeros no sirvió para nada ni en mi caso ni en el de ellos. Al menos sirvió para costear cenas privadas en casa del sargento. El ejército que yo viví era una rueda gigantesca que rodaba por mera inercia con las yantas agrietadas, los neumáticos deshinchados y rumbo a ninguna parte.

Ignoro lo que puede haber cambiado de entonces acá. Entonces también existían, como ahora, militares de enorme profesionalidad, equiparable a la de los mejores profesionales de la sociedad civil, que permitían afirmar que aquel ya no era el ejército de Franco, por mucho que todavía le quedase mucho para homologarse con los de nuestros aliados en la OTAN. Conozco oficiales magníficos, que se dejan la piel y someten a su familia a costosos sacrificios por servir a su país sin protestar jamás por las injusticias y las desconsideraciones de los políticos (que no las proclamen no quiere decir que no las sufran), militares que han superado ciclos de formación muy exigentes y que dirigirían una gran empresa con la misma destreza con que capitanean una compañía. Pero junto a esos profesionales siguen conviviendo chusqueros mediocres que podrían protagonizar una de Torrente, oficiales embrutecidos por el mando irreflexivo, el alcohol, las drogas, las putas o todo ello junto, que hacen del Ejército el submundo opaco y corrupto que denuncia el teniente Segura en su novela.

Como la libertad de creación aún existe en España, si Segura es expulsado del Ejército y decide recurrir, el Tribunal Supremo anulará con toda seguridad una sanción basada en las declaraciones de un personaje de novela. Con Un paso al frente, Defensa haría bien en dar un paso atrás y, en lugar de mirar el dedo que señala la Luna, reparar en las imperfecciones que presenta el satélite e intentar corregirlas. España se merece un Ejército del que pueda sentirse orgullosa, que defienda con la máxima profesionalidad y absoluta transparencia en la gestión los valores de la sociedad a la que sirve y que nunca pueda ser identificado con la persecución de las ideas. Ya lo saben: el mensajero nunca tiene la culpa. mallorcadiario.com.

09 junio 2014

O liberales o excéntricos

Cuando el sábado pasado Rosa Díez anunció en el Consejo Político de UPyD, poco antes de dar la noticia a la prensa, que UPyD se integra finalmente en el grupo parlamentario ALDE (el de los liberal-demócratas en el Parlamento europeo) a cambio de su compromiso con la integridad territorial de los estados miembros, una ovación llenó el salón de actos del Ayre Colón de Madrid.

Durante la campaña europea habían sido insistentes las llamadas a definirse: ¿en qué grupo parlamentario se integraría UPyD? ¿Había algún compromiso cerrado? ¿Negociaciones? El candidato liberal progresista, Francisco Sosa Wagner, como todos los que componíamos su lista, tuvo que contestar una y otra vez que nosotros no damos cheques en blanco y que no nos interesa la política de etiquetas. Que primero queríamos saber qué compromisos podíamos obtener de ALDE a cambio de sumar nuestros diputados a su grupo y, después, llegaríamos a acuerdos con contenidos concretos. Algunos (interesadamente) interpretaban este principio lógico de la negociación como indefinición rechazable. Otros, incluso, bromeaban con que, en el fondo, los de UPyD éramos unos apestados políticos a los que ningún grupo parlamentario decente querría aproximarse. Esto lo decían, claro, nuestros nacionalistas periféricos.

Lo cierto es que, ya mucho antes de la campaña, UPyD había recibido solicitudes de por parte de más de un grupo. El más insistente fue, sin duda, ALDE, en cuyo seno se encontraban hasta entonces los representantes de CiU y el PNV. Los liberales europeos deseaban incorporar a su grupo una alternativa española de carácter nacional, lejana al folclorismo político y a la permanente confrontación antiespañola y antieuropea que encarnan los separatismos catalán y vasco. Antes, durante y después de la campaña, representantes de ALDE viajaron a Madrid para intentar lograr un compromiso de integración de UPyD. La respuesta siempre fue la misma: después de las elecciones hablaremos, y cualquier acuerdo pasará por la defensa de la integridad y de la unidad de los estados miembros de la Unión Europea contra cualquier populismo centrífugo.

Rematadas las elecciones y echadas las cuentas, ALDE propuso a UPyD un documento que hubo de ser corregido hasta tres veces antes de cumplir con las condiciones requeridas por nuestro partido. Alcanzado el acuerdo, UPyD se integra en ALDE y los liberales europeos se comprometen explícitamente a defender “la integridad territorial de los Estados en los términos establecidos en sus respectivos órdenes constitucionales”. No ha sido el gobierno de la Nación, ni el grupo popular, ni el socialista, no; una vez más ha tenido que llegar UPyD a una institución para que esta se pronuncie explícitamente en favor de lo obvio: del estado de derecho y de los principios integradores que conformaron la Unión Europea. ¿Se acuerdan de aquello del voto útil, aquello de “hay que votar a los partidos grandes que son los únicos que pueden hacer política grande”…? Pues UPyD ya ha empezado a hacer política incluso antes de empezar el curso. Política de la grande, de la que nunca han hecho otros: defendiendo los intereses reales de todos los ciudadanos.

Ahora, CiU y el PNV deben decidir si se van a integrar o no en un grupo cuya declaración habla de la unidad de España y, por lo tanto, asumirla o buscar un grupo más conforme con sus excentricidades. En la vida hay que elegir. mallorcadiario.com.

04 junio 2014

Los miserables

Lo primero en que pensé fue cómo la abdicación repercutiría en los asuntos de España. En cuanto a la intención del Rey, no me cupieron dudas. En uno de los pocos actos en que aún es verdaderamente soberano –el de renunciar al trono–, el monarca ha escogido las circunstancias más beneficiosas: el momento mejor para favorecer la recuperación del prestigio de la institución monárquica, mejor para eludir la interferencia con procesos electorales, mejor porque hay estabilidad parlamentaria y, en definitiva, mejor para los intereses de la nación, cuyas instituciones requieren hoy una regeneración honda y creíble. El relevo del titular la Corona, por el carácter eminentemente simbólico de la Monarquía, invita al resto de las instituciones a renovarse con credibilidad y sin salirse de la normalidad que supone –echemos un vistazo al entorno de las monarquías europeas– la abdicación de un monarca provecto.

A continuación pensé en Don Juan Carlos. A lo largo de su reinado su reputación ha conocido tiempos mejores; sin embargo, hoy, un día seguramente emocionante para el Rey y su familia, nada me parece peor que la orgullosa ingratitud de algunos hacia quien rescató a todos los españoles de las garras del Movimiento Nacional, primero, y de la letal combinación de golpismo y terrorismo en 1981.

Hoy, algún descerebrado con nombre y siglas saca una bandera preconstitucional al balcón del ayuntamiento de Palma. Se ha convocado una manifestación en cada plaza de España para pedir el retorno de la República. Twitter hierve de tosquedad antimonárquica. Uno, que no es amigo del plebiscitarismo, no ve en estas manifestaciones presuntamente populares otra cosa que agitprop: nada positivo que defender, pero sí la posibilidad para algunos de pescar en río revuelto a costa de la honorabilidad del hombre sin cuyo concurso jamás habrían disfrutado de sus libertades… Amo la discrepancia, respeto la fe republicana e incluso me he acostumbrado a vivir con que, en el discurso de algunos, una deplorable mezcla de ignorancia y romanticismo tome el lugar de la razón y del sentido de la oportunidad; pero detesto la ingratitud y no puedo perdonar el insulto a mansalva desde el calor de la manada.

El monarca oye, calla como siempre y, permanentemente al servicio de quienes gratuitamente lo agravian, no dudaría en recuperar para ellos la libertad de hacerlo si otra asonada la pusiera en peligro. Entrega el trono a su sucesor constitucional porque es el momento, pero su nombre queda para la historia. A cambio, hemos de soportar que los miserables disfruten de sus cinco mezquinos minutos sobre el escenario. El Mundo-El Día de Baleares.

02 junio 2014

Gracias por todo, Señor

Los motivos de la abdicación de S.M. el Rey Don Juan Carlos están dichos en su discurso de despedida. Cabe especular sobre su salud, su cansancio, la necesidad de evitar la erosión aparejada a un ulterior empeoramiento de la situación procesal de Cristina de Borbón… Pero yo me quedo con los motivos aducidos por el monarca.

Alegar el servicio a España parece una declaración puramente institucional, exigida por la formalidad del caso. Sin embargo, la experiencia de 39 años de un reinado lleno de sentido común nos indica que es así: el Rey ha escogido el momento que le ha parecido mejor para favorecer la recuperación del prestigio de la Corona, mejor para eludir la interferencia con procesos electorales, mejor porque hay estabilidad parlamentaria y mejor, en definitiva, para los intereses de España, cuyas instituciones requieren hoy una regeneración honda y creíble. El relevo en la Corona, por el carácter eminentemente simbólico de la Monarquía, invita al resto de las instituciones a renovarse con credibilidad y sin salirse de la normalidad que supone –echemos un vistazo al entorno de las monarquías europeas– la abdicación de un monarca provecto.

Está por ver el desempeño de Don Felipe: por su formación, la mejor de un príncipe español en toda la historia, estoy seguro de que se acreditará como un buen jefe de estado, más flexible y acorde con los tiempos que un don Juan Carlos casi octogenario. Lo que sí podemos ya juzgar es la trayectoria del monarca que se va: convocó a un puñado de hombres comprometidos con las libertades y con el consenso y, junto a ellos, devolvió a España la democracia en 1978. Volvió a rescatarla de las garras del golpismo en 1981. Fue el mejor embajador de España y, con una paleta y el cemento de la Monarquía, propició el período de paz y prosperidad más prolongado que ha conocido nuestra nación desde 1800, y el único de verdadera calidad democrática de toda nuestra historia. Le debemos nuestras libertades. El deterioro de las instituciones democráticas con que concluyen estas casi cuatro décadas, no obstante, hace necesarios cambios profundos, y nada significa mejor esa necesidad que un relevo institucional al máximo nivel.

Se trata del último servicio del Rey, entre cuyos defectos está acreditado que no figura el egoísmo, y que nunca ha echado en saco roto el consejo que le diera Juan III al final del acto en que, a su vez, abdicaba en su hijo sus derechos, allá por 1977: “Majestad: por España, todo por España”. Felipe VI será rey a partir de esta hora, pero sería profundamente ingrato olvidar los servicios de Juan Carlos I a la causa de la democracia. Yo no lo haré. mallorcadiario.com.

26 mayo 2014

Regenerar las instituciones europeas

Los buenos resultados obtenidos en las elecciones de ayer por las ultraderechas nacionales (Frente Nacional francés, Partido Popular danés, UKIP británico), las izquierdas radicales (la Syriza griega o las españolas Izquierda Unida y Podemos) y los regionalismos exacerbados (como el de ERC o CiU) confirman los temores que muchos teníamos: suben en Europa los identitarismos excluyentes. El nacionalismo es eso: exclusión, miedo/odio a lo distinto, recetas simples para problemas complejos, oportunismo en el aprovechamiento de las ventajas del sistema, ensalzamiento irracional de lo propio, violencia explícita o implícita, populismo. Pero también el radicalismo de izquierdas se define por un rechazo primario –identitario– de lo instituido: los estados, la troika, las instituciones europeas, el norte colonial o el capitalismo diabólico. Todo simplismo es, en puridad, mentir y –lo que es peor– estorbar los intereses que a mí me parecen verdaderamente progresistas: los de avanzar en la integración y en la protección de los derechos de ciudadanía de todos –vengamos de donde vengamos y pensemos lo que pensemos–, que solo una Europa fuerte y unida en torno a sus ideales históricos de libertad podrá garantizar.

Paradójicamente, el mayor peligro para la continuidad de la Unión Europea no proviene de los partidos declaradamente euroescépticos ni del radicalismo antisistema, sino del europeísmo superficial de los grandes partidos. Angela Merkel anunció no hace muchos días –en un momento de sinceridad que delata un escaso aprecio por el parlamentarismo– que la Comisión se formará mediante una gran coalición popular-socialista que ya había sido negociada prescindiendo de los resultados que se iban a sumar ayer domingo. La política europea la siguen protagonizando legalmente actores que creen en Europa menos que en las pequeñas naciones. Mientras los líderes nacionales sigan puenteando el Parlamento Europeo y la Comisión no sea un verdadero gobierno europeo emanado de la cámara, y no de los acuerdos de cuotas entre naciones y grandes partidos, la Unión seguirá siendo un fantasma de lo que podría ser y no defenderá los intereses comunes de los europeos. Los que llevan décadas gobernando Europa de común acuerdo, socialistas y populares, no creen en Europa; la prueba es que, pese a haber ya pactado secretamente la Comisión Europea a pachas, PP y PSOE han desplegado sendos discursos electorales centrados en las consignas más manidas de la política española, en la herencia recibida y en el y tú más. Han ignorado la construcción europea porque estaban calentando para las generales de 2015, y el resultado, también en clave española, ha sido una gran debacle: partiendo del 80% que sumaron en 2009, PP y PSOE no alcanzan hoy el 50% de los sufragios para Europa.

Afortunadamente y gracias a la potente subida de UPyD y a sus cuatro flamantes diputados, hay ya una oportunidad para quienes pedimos una profunda reforma institucional de la Unión que dé protagonismo al Parlamento y suprima el Consejo donde solo se ventilan intereses nacionales; para quienes reclamamos la unión fiscal y financiera y una seguridad social y una inspección laboral comunes: para quienes sí creemos en Europa y en un futuro de mayor integración federal. Porque los europeístas superficiales, por su pobre legitimidad democrática, dan la razón a los euroescépticos y, por su escasa fe en las instituciones y en los valores comunes, jamás serán capaces de hacer frente ni a los xenófobos ni a los antisistema. ¿Para qué votar al Parlamento Europeo –dirían ayer algunos– si el gobierno de Europa lo acuerdan el PP y el PSOE a instancias de Merkel? Precisamente para que entrasen en esa cámara personas y partidos que sí creen en la importancia de profundizar en la Unión y la defiendan, como en España, contra la perniciosa hegemonía del bipartidismo. De encarar correctamente este asunto depende seriamente nuestro futuro. mallorcadiario.com.


23 mayo 2014

O más Europa o menos libertades

Cuando el político se mete en un jardín es de los pocos momentos en que podemos confiar en su sinceridad. Cañete, con su frustrada exculpación, se delató como el machista visceral que es y, por lo tanto, sincero e inocente: incapaz de entender que nadie aborde el asunto de acuerdo con sus mismos prejuicios. Ya nunca se librará del remoquete de Homo cañetus con que lo han bautizado las redes sociales.

Los líderes del euroescéptico UKIP británico de Nigel Farage, por ejemplo, se delatan un día sí y otro también en sus palabras y en sus actos. Uno de sus candidatos, Roger Helmer, atacó el otro día a un ciudadano que le había preguntado por sus gastos y tuvieron que separarlos, ¡con el agravante de que el agredido solo tenía un brazo! Una forma expeditiva de demostrar a los votantes firmeza de carácter, a la par que sutil de solicitar su voto. Esto sucedió un día después de que un ayudante de Farage se encontrara, mientras repartía folletos, a unos ciudadanos que se manifestaban contrarios al UKIP; ni corto ni perezoso, los mandó textualmente “a tomar por el culo”. Por su parte, la asesora de prensa del partido de Farage (una experta en las sutilezas de la comunicación, se entiende) llamó gorda a una adversaria y remató la actuación haciéndole una higa. Al parecer, los miembros de este partido creen que, para defender la xenofobia, la homofobia y el resto de sus fobias (a las críticas y a las mujeres con sobrepeso, por ejemplo) y conseguir el voto de unos ciudadanos, es necesario agredir a otros. A su lado, Cañete es la discreción personificada. Es sorprendente pero varios sondeos dan al UKIP la victoria en estos comicios.

Como en el fondo son unos blandos, existe un grupo escindido del UKIP, el partido An Independence From Europe, que considera a Farage poco menos que un vendido a Bruselas. En su propaganda ofrecen cuatro lemas: "reclamar nuestra soberanía"; "mantener el dinero de nuestros contribuyentes en el Reino Unido", "detener la inmigración" y "recobrar el control de nuestro comercio internacional". Los lemas se explican en la letra pequeña así (los resumo): “nos molesta que otros europeos participen en el dictado de normas que nos afectan”; “si no compartimos nuestros impuestos con otros europeos más pobres tendremos más empleo y mejores servicios”; “los de fuera nos quitan el trabajo”; y “la independencia será mucho más beneficiosa que confundirnos con toda esa gentuza europea a la hora de vender nuestros productos”. ¿Les suena todo esto?

Curiosamente, la candidata de este grupo de modernos australopitecos en la circunscripción sureste de Inglaterra es la eurodiputada Laurence Stassen, del neerlandés Partido de la Libertad (PVV) de Geert Wilders, una mujer y un partido que se benefician, así, del ordenamiento jurídico transnacional y de las instituciones que afirman querer destruir. Al PVV también le espera un buen resultado electoral, gracias a su cóctel de antiislamismo y euroescepticismo, y en la cámara se aliará con el Front National de Le Pen y probablemente con el UKIP o con su escisión.

Se trata del mismo discurso insolidario y excluyente cuyas proclamas hemos leído todos los santos días de nuestras vidas en las portadas de los periódicos españoles, solo que nuestros equivalentes a Farage y Wilders, debido a los complejos posfranquistas de la democracia, siempre han conservado contra toda lógica una vitola de progresismo pese a que en algunos casos incluso defendieron sus ideas ya no a bofetadas, como Helmer, sino con bombas. El nacionalismo es eso: exclusión, miedo/odio a lo distinto (el alcalde nacionalista de Sestao, un impresentable racista llamado Josu Bergara, lo acaba de demostrar), recetas simples para problemas complejos, oportunismo en el aprovechamiento de las ventajas del sistema, ensalzamiento irracional de lo propio, violencia explícita o implícita, populismo. Es, en puridad, mentir y –lo que es peor– estorbar los legítimos intereses que a mí me parecen verdaderamente progresistas: los de avanzar en la integración y en la protección de los derechos de ciudadanía de todos –vengamos de donde vengamos, pensemos lo que pensemos e, incluso, pesemos lo que pesemos–, que solo una Europa fuerte y unida en torno a sus ideales históricos de libertad podrá garantizar.

Paradójicamente, el mayor peligro para la continuidad de la Unión Europea no proviene de los partidos declaradamente euroescépticos, sino del europeísmo superficial de los grandes partidos. Angela Merkel acaba de anunciar –en otro de esos momentos de sinceridad que delatan, en este caso, un escaso aprecio por el parlamentarismo– que la Comisión se formará mediante una gran coalición popular-socialista que ya ha sido negociada prescindiendo de los resultados que se sumen el próximo domingo. La política europea la siguen protagonizando legalmente actores que creen en Europa menos que en las pequeñas naciones. Mientras los líderes nacionales sigan puenteando el Parlamento Europeo y la Comisión no sea un verdadero gobierno europeo emanado de la cámara, y no de los acuerdos de cuotas entre naciones y grandes partidos, la Unión seguirá siendo un fantasma de lo que podría ser y no defenderá los intereses comunes de los europeos. Los que llevan décadas gobernando Europa de común acuerdo, socialistas y populares, no creen en Europa; la prueba es que, pese a haber ya pactado secretamente la Comisión Europea a pachas, PP y PSOE prosiguen su teatro electoral centrado en las consignas más manidas de la política española, en la herencia recibida y en el y tú más. Ignoran el Parlamento Europeo y siguen calentando para las generales de 2015.

Es hora de dar una oportunidad a quienes pedimos una profunda reforma institucional de la Unión que dé protagonismo al Parlamento y suprima el Consejo donde solo se ventilan intereses nacionales; a quienes reclamamos la unión fiscal y financiera y una seguridad social y una inspección laboral comunes: a quienes sí creemos en Europa y en un futuro de mayor integración federal. Porque los europeístas superficiales, por su pobre legitimidad democrática, dan la razón a los euroescépticos; y, por su escasa fe en las instituciones y en los valores comunes, jamás serán capaces de hacer frente a los xenófobos. ¿Para qué votar al Parlamento Europeo –dirán algunos– si el gobierno de Europa lo acuerdan el PP y el PS europeos a instancias de Merkel? Precisamente para que entren en esa cámara personas y partidos que sí crean en la importancia de profundizar en la Unión y la defiendan, como en España, contra la perniciosa hegemonía del bipartidismo. De este asunto depende seriamente nuestro futuro.

19 mayo 2014

La importancia de votar

El chiste de Forges lo deja bien claro. “Todos los políticos son iguales”, dice el político (uno de esos de Forges, corpulento, con bigotito, traje y gafas negras); y el ciudadano, menudo y más bien despeinado pero socarrón, le contesta: “Eso es lo que ustedes quisieran”.

Efectivamente, a algunos les gustaría que los ciudadanos llegasen definitivamente a esa conclusión y, desesperados, dejasen masivamente de votar. Sé que esta afirmación me ganará acusaciones de demagogo y populista (milito desde hace casi siete años en UPyD y ya me lo habían dicho), pero fíjense ustedes en la campaña de perfil bajo que están haciendo el PP y el PSOE; fíjense en las dificultades y los recortes que la Junta Electoral de España ha impuesto en la campaña institucional europea de fomento del voto; observen que ninguno de los dos partidos grandes habla en esta campaña de Europa: se centran en si los unos son machistas y los otros feministas, se hacen fotos con sobrasadas, se acusan de los zapateriles males del pasado y de los dramas marianos del presente y, en definitiva, se comportan como si dos terceras partes de la legislación que nos afecta a diario no se aprobase en esa cámara europea que estamos convocados a elegir el próximo domingo, 25 de mayo. La campaña europea del PP y del PSOE está siendo un eco modesto del debate político nacional y un precalentamiento nada disimulado para las elecciones generales, autonómicas y locales del año que viene. Toda interpretación de los comicios del 25 de mayo hecha por el PP y el PSOE lo es en clave nacional. Electoralismo de la peor especie, rancio y desnortado. Lo que seguramente tiene bastante que ver con el hecho de que, a estas alturas, solo un 17% de los consultados en cierta encuesta estén seguros de que el domingo es la fecha de las elecciones europeas.

Si alguno duda que lo que digo sea cierto, aplique ese principio tan útil en criminología que suele enunciarse mediante unos versos de la Medea de Séneca: Cui prodest scelus, is fecit. ¿Quién se beneficia si el personal, hastiado porque todos los políticos son iguales o por simple desinterés hacia Europa, se queda en casa el domingo y no vota? Es evidente que los partidos grandes, porque los votos que los descontentos del PP y del PSOE no emitan no iban a ser, en todo caso, para ellos. Los perjudicados del desánimo electoral son los partidos pequeños, esos que pueden ser clave para que las reformas necesarias se lleven a cabo; y eso lo saben muy bien el PP y el PSOE.

Por eso fingen pelearse entre ellos dos en la televisión, en algo que llaman debate y no es más que una lectura de invectivas por turnos, pero previamente pactan no sacar a relucir la corrupción, uno de los problemas más graves que tiene España y que mancha por igual a los dos grandes partidos. Algo muy parecido al pressing catch, donde los actores fingen hacerse daño pero en ningún momento se lo hacen. Rosa Díez lo ha dicho hace muy poco: si el domingo nos abstenemos, estaremos indultando a los responsables de tanta corrupción e ineficacia; estaremos validando esas extrañas prioridades por las que preferimos rescatar a los bancos con el dinero de los ciudadanos mientras a estos se les recorta el sueldo; estaremos primando maquinarias obsoletas e hiperdimensionadas que se han financiado irregularmente, que han permitido que algunos sinvergüenzas roben el dinero que se nos concedía en Europa para la formación de los parados, o que podamos sospechar fundadamente que se otorgaron contratos públicos a cambio de sobres.

Aunque al PP y al PSOE les interese que pensemos que todos los políticos son iguales, el ciudadano de Forges tiene razón: no es cierto. Mientras unos se han colocado durante décadas en los consejos de las Cajas de Ahorros que llevaron a la quiebra, UPyD ha denunciado sus malas prácticas en el Parlamento y ante los tribunales. Mientras unos miraban para otro lado mientras sanguijuelas sin escrúpulos estafaban a miles de españoles escandalosamente, UPyD se querelló por el caso de las preferentes. Mientras sus imputados se atrincheran en sus 10.000 aforamientos judiciales, UPyD pide la abolición de este privilegio indigno de una democracia. Mientras se reparten el Consejo General del Poder Judicial, UPyD pide su despolitización. Mientras otros se aferraban al coche oficial, UPyD se encargaba de reducir el absurdo parque móvil madrileño. Mientras siguen colocando miles de cargos a dedo en toda España, UPyD pide la supresión de las diputaciones provinciales, la fusión de ayuntamientos y la supresión de toda duplicidad administrativa. Mientras todos los partidos asignan a sus fieles los jugosos cargos que la ley les otorga en los consejos de las televisiones públicas, UPyD se queda fuera porque entiende que la prensa debe ser independiente. Por lo mismo, mientras otros siguen gastando en subvenciones y publicidad institucional en la prensa, UPyD pide su supresión. Mientras algunos hablan de establecer nuevas fronteras, nosotros seguimos emperrados en que debemos propiciar más y mejor unión, yendo hacia una España federal dentro de una Europa federal. En cuanto a gestión interna, mientras el reciente informe de Transparencia Internacional suspende al PP (4,5) y al PSOE (3), a UPyD le asigna un sobresaliente (9), a enorme distancia del siguiente partido, que es IU (6).

No es cierto, por tanto, que todos los partidos políticos sean iguales. Y entre la ciudadanía ya ha cundido y corre como la pólvora un concepto que inauguró UPyD en la política española (¡uno más!): el del bipartidismo. O, como circula por las redes sociales, el PPSOE. No en vano el PSOE gobierna en Asturias con el apoyo del PP, después de romper su acuerdo con UPyD con tal de no reformar la ley electoral. No por nada escuchamos cada vez más llamadas a un gobierno de gran coalición PP-PSOE (entre ellas la de Felipe González). Ellos preferirán aliarse entre sí para salvaguardar todos los intereses que comparten desde hace muchos años, y que pocas veces coinciden con los de los españoles. Así se lo confesó José Manuel García-Margallo hace muy poco a Rosa Díez, al mencionar esta la imparable decadencia del bipartidismo. El ministro de Exteriores contestó a la portavoz magenta: “No te equivoques; si ponéis en riesgo el bipartidismo, el PP y el PSOE nos aliaremos y os aplastaremos como se aplasta una nuez”. Esa es la partida real; el debate a dos televisivo es teatro para seguir rodando.

El domingo los ciudadanos somos soberanos. No faltarán las llamadas al voto útil, pero ¿qué voto es más útil? ¿El otorgado a un partido que dispone de muchos escaños pero no cumple con las mínimas exigencias del decoro democrático, ni tiene fe en la separación de poderes, ni aprueba en transparencia ni acepta debatir sobre la corrupción, ni cumple sus promesas ni aporta soluciones valientes? ¿O el voto dado a un pequeño partido que con sus pocos diputados es capaz de poner sobre la mesa las reformas necesarias? Por no mencionar el hecho de que, por tratarse de una sola circunscripción, las elecciones europeas son las más proporcionales y justas de todas aquellas en las que participamos y todos los votos se traducen, así, en escaños. Aprovechemos esta circunstancia.

Mi obligación como portavoz y candidato de UPyD es pedir al lector el voto de este domingo para mi partido; pero, antes que eso, es mi deseo de ciudadano que nadie se quede en casa y que, entre todos, votemos a quien votemos, pongamos a los responsables del desaguisado donde merecen. Porque no sé si lo había mencionado pero en Europa también llevan muchos años viajando juntos y ya va siendo hora de darles el primer susto. mallorcadiario.com. El Mundo-El Día de Baleares.


12 mayo 2014

Una Europa más integrada

No es verdad que todos los partidos sean iguales, ni es cierto que todos usen Europa como trampolín para las generales o las autonómicas. De hecho, muy al contrario, algunos llevamos mucho tiempo diciendo cosas en España que son coherentes, antes que nada, con la construcción europea.

La mayor amenaza para esa tarea histórica son sin duda los nacionalismos, sean estos antieuropeos o antinacionales. Por eso UPyD, que lleva años advirtiendo de la incompatibilidad del nacionalismo con el progreso, va a trabajar en el Parlamento Europeo para impedir el traslado de la mezquina perspectiva nacionalista a las instituciones europeas. Vamos a primar, una vez más, lo que nos une. Avanzar en la unidad financiera y fiscal, y no solo monetaria, permitirá ofrecer un frente común contra la actual crisis y contra las que se sucedan. Y eso requiere también una mayor integración política, social, laboral y educativa. Cualquier nacionalismo opera en el sentido contrario, generalmente asociado a la xenofobia y el rechazo del inmigrante. Progreso es, precisamente, eliminar fronteras y no levantarlas donde no las había.

Una Europa más integrada debe contar con instituciones que dispongan de competencias claramente definidas y que atiendan tanto la pluralidad de sus componentes como la aspiración a una política y un futuro comunes. El modelo que UPyD ha defendido y defiende para España, el federalismo cooperativo, es también el modelo que conviene al crecimiento de Europa. Creemos, además, que la Unión Europea debe contar con un gobierno más democrático: la Comisión debe ser ese gobierno, elegido por todos los ciudadanos de Europa conforme a una normativa única que genere un espacio electoral europeo consistente y que garantice la proporcionalidad en la representación; y por eso proponemos suprimir el Consejo, donde no están representados los ciudadanos sino los nacionalismos. Queremos más transparencia, más control parlamentario de las políticas y una perfecta rendición de cuentas, tanto en el contexto nacional como en el continental. Por economía, pero sobre todo por eficacia, la Unión Europea debe racionalizar sus instituciones: evitar duplicidades, ganar en agilidad, transparencia y simplicidad, establecer protocolos claros para la toma de decisiones, clarificar y catalogar las competencias de cada órgano.

La similitud entre nuestras aspiraciones institucionales para España y para Europa son fruto de nuestra nítida concepción de la política como servicio al ciudadano, tenga este el apellido que tenga –ciudadano balear, ciudadano español, ciudadano europeo– porque, al final, de lo que se trata es de que las administraciones sirvan al administrado. Todo lo demás –las llamadas a la identidad nacional o regional, los intentos de presentar estas elecciones como un mero conflicto entre los partidos viejos– no son más que una pérdida de tiempo y de recursos. La construcción de Europa no se beneficiará de tales mezquindades. mallorcadiario.com.