01 enero 2016

Zoofilias

Es algo que está en el ambiente. Está en el mensaje lleno de generosidad que cuelga en su muro de Facebook mi querida, admirada y vieja amiga belga: perdió su mascota no hace mucho y acaba de recoger otra gatita en un refugio donde la han recuperado. “¡Espero que quiera adoptarme!”, dice. Está en los vídeos de gatitos y está, ad odium, en los de perros maltratados que terminan con una llamada a la prohibición del consumo de carne de perro en China.

No es muy diferente a cuando Beatriz Talegón, en Twitter, hace unas semanas se refería a Patrás como “el perro que vive conmigo”. Ante mi perplejidad, y sin llegar a confesarme si comparten los gastos de la hipoteca o se turnan para cocinar, bajar la basura y todas esas tareas que comparten los compañeros de piso, me explicó que “un ser vivo no es propiedad de nadie”. “Un ser vivo” incluye a Patrás, a Laika y a Rintintín, pero también el hibisco de mi jardín y el ficus que vive con Talegón, las bacterias que extermino en mi cocina y las que comparten su cuarto de baño; si, a efectos de avanzar, pasamos por alto la imprecisión y limitamos su afirmación a los animales, que creo que es a lo que se refería Bea, volvemos a encontrarnos en ese limbo intelectual en cuyo arcádico seno, por mucho que los animales no puedan hacerse cargo de sí mismos, tienen derechos y los humanos no debemos poseerlos, so pena de ser etiquetados como seres insensibles, neoliberales, antropocéntricos, franquistas o cualquier otro improperio digno del capitán Haddock. ¡Rizópodo! ¡Zapoteca!

Se acordarán de la que lió el diputado Toni Cantó en el Congreso cuando, durante un debate sobre la prohibición de las corridas de toros, se atrevió a mencionar algo tan obvio como que los animales no tienen derechos. De aquí a que lo llamaran asesino fue cosa de segundos: en las redes sociales se desató una brutal y multitudinaria cacería contra el actor y político que jamás tuvo lugar (ni se habría tolerado) contra, por poner un ejemplo, el corrupto Jaume Matas. Recordarán también el malhadado perro Excalibur, víctima de una medida elemental de profilaxis mientras su dueña cursaba ébola en una clínica madrileña. Todos los que no habían vertido una lágrima por la muerte de dos heroicos misioneros contagiados en Sierra Leona gritaron al unísono y se manifestaron en la calle contra las malvadas autoridades que osaban “asesinar” aquel desafortunado animal convertido en símbolo. Todavía cuando se cumple un año de su sacrificio, algunos lo conmemoran de forma similar a aquella en que cada año que pasa menos españoles conmemoran a las víctimas del terrorismo separatista. Y, en este sentido, es cada vez más frecuente en contextos animalistas y no animalistas sustituir la expresión “sacrificio” por “ejecución”. Frecuente y tanto más indignante por cuanto trivializa hasta extremos ofensivos las verdaderas ejecuciones: las de nuestros congéneres a lo largo y ancho de este mundo.

Cuando digo que es obvio que un animal no tiene derechos lo digo porque ser titular de derechos exige reunir las condiciones necesarias para disfrutar los propios y respetar los ajenos. No parece coherente que la ley establezca límites para el ejercicio de los derechos de menores y discapacitados porque entiende que existe un déficit de autoconciencia o responsabilidad y, sin embargo, vaya a reconocer derechos a seres que biológicamente se hallan muy por debajo de ese listón. Desde el momento en que reconozcamos ciertos derechos subjetivos a los animales porque a Martha Nussbaum se le ocurrió un día esa memez de que son “personas en sentido amplio”, nada impedirá que puedan poseer propiedades y, por tanto, legarlas y heredarlas; disponer de sus relaciones sexuales y, por supuesto, de su integridad física; afiliarse a sindicatos; elegir sus tratamientos médicos; recibir asilo en otro país en caso de persecución política; contraer matrimonio con miembros de su especie o de otras; y votar en las elecciones municipales. Como en La vida de Brian: aceptemos que un hombre no puede tener bebés porque no tiene útero, pero luchemos por su derecho a tener bebés... La pregunta clave, que pocos parecen dispuestos a hacerse, es por qué no; pero su respuesta no es asunto de vísceras, sino de filosofía, y nuestra triste España no está para zarandajas.

La zoofilia, no como sinónimo de bestialismo, sino de amor por los animales, puede derivar fácilmente en el wishful thinking tan caro al lábil izquierdismo patrio, porque no hay nada más susceptible de generar simpatía, aportar placer y alumbrar derechos sentimentales que un vídeo de gatitos. No se debe a otra cosa que nos dé apuro asumir que poseemos un perro o que adoptamos un gato, y no deja de ser contradictorio que, más allá del humor británico, alguien crea o finja que puede ser adoptado por un animal que solo otros humanos, posiblemente contra la lógica de la selección natural, salvaron de un destino cruel, medicaron y confinaron hasta que se repuso, y que llevará a su casa dentro de una cajita en el vagón de un tren…; o que no es propietario de un ser que, sin concurso de su voluntad, alimentará, vacunará e incluso esterilizará para evitarle enfermedades y hábitos perjudiciales. Mi pobre madre decía que, cuando el Diablo no tiene qué hacer, con el rabo espanta las moscas. Agitadoras.