11 febrero 2007

El PSOE le debe a Aznar una estatua

La intervención en Irak se justificó en su día en virtud de la existencia de armas de destrucción masiva a disposición de Sadam Husein y de los vínculos de éste y su régimen con el terrorismo de al-Qaeda. Todos sospechamos siempre que ninguno de estos dos casus belli respondía a realidad contrastada.

Nunca olvidaré el penoso espectáculo que Colin Powell se vio obligado a protagonizar ante el mundo tras asegurar que iba a mostrar ante la ONU pruebas de la existencia de armas de destrucción masiva y enseñarnos una serie baratísima de montajes fotográficos e infografías que a simple vista resultaba evidente que no probaban nada. En cuanto a al-Qaeda, todos los expertos sabían que Sadam Husein sería lo que fuese, que lo era, pero precisamente connivencia con los fundamentalismos no mantenía. Hoy sí hay estructura de al-Qaeda en Irak –otro logro de la pax bushiana–, por no hablar de los muchos miles de muertos ocasionados por esta guerra tan necesaria conforme a la lógica de las industrias petrolera y armamentística norteamericanas como torpemente justificada. Como todos los expertos previeron, nunca se encontraron armas de destrucción masiva tras la conquista. Claro que las tropas norteamericanas no buscaron a este lado del Jordán; entonces hubiera sido otro cantar.

Anteayer, José María Aznar confesó que sabe que nunca hubo tales armas en suelo iraquí, pero aseguró que en los días previos a la invasión no lo sabía; y cuando él no lo sabía, nadie lo sabía. Lo ha dicho con ese ceño de suficiencia que lo caracteriza, incluso con ese retintín que usa a veces y que él debe creer ironía, sin saber que ésta es un arte y que no hay nada más contraproducente para quien desea parecer brillante que una ironía fallida. Ni nada más indignante que el humor –aunque sea fallido– cuando estamos hablando de una decisión que lleva años costando decenas o cientos de muertos al día. Ni por un momento se le ha ocurrido pedir disculpas; entonces dijo “créanme” y ahora se avienta con un pedestre “el tiempo me dará la razón”: ¿dónde están los argumentos? Este hombre, que había moderado a la derecha española, que había protagonizado su retorno al poder, que contando con las bases establecidas por los gobiernos de Felipe González había colocado a España en los puestos de cabeza de la economía mundial, que prácticamente había acabado con el paro, que había mantenido a raya la corrupción a gran escala con que nos obsequió el felipismo y que casi había llegado a derrotar a ETA, arruinó su crédito y ensució su nombre para la posteridad con una política exterior errada. Secundó al tándem Bush-Blair en su aventura bélico-comercial, básicamente, para nada: España no ha sacado ni podía sacar nada bueno de aquella locura, pero, además, si lo hubiera sacado a costa de lo que está sucediendo, habría sido inmoral. Y hoy, después de reconocer que su ignorancia lo impulsó a apoyar la sangrienta guerra a la que todavía hoy asistimos, no es capaz de pedir disculpas, ni de dedicar siquiera una reflexión a tantas víctimas como han caído por ambos lados, pero sobre todo y con gran diferencia por el de los civiles iraquíes.

Lo malo es que el señor Aznar es, para bien y para mal, la máxima referencia para una gran mayoría de los militantes y electores del Partido Popular. Es su gran triunfo en el pasado, y es también el lastre del que deberán desprenderse si en el futuro quieren volver a aparentar honestidad y, sobre todo, humanidad. Mientras tanto, sufrirán (sufriremos todos) a personajes insufribles y políticamente quemados como Ángel Acebes o Eduardo Zaplana, que huyen hacia delante chillando cada vez más fuerte y arrastrando en su caída a un Mariano Rajoy que merecía un mejor final para su carrera política. O, en su defecto, a Esperanza Aguirre, una mujer que ha demostrado sobradamente carecer de una gran cultura, de dotes oratorias, de sentido del humor (lo cual es ciertamente peligrosísimo) y de escrúpulo a la hora de pasar por encima de las cabezas de sus propios compañeros de partido si piensa que pueden estorbar su ambición... Todo ello gracias a José María Aznar y su aventura en Irak. El PSOE debería ponerle un monumento. Periodista Digital.


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